Texto: 1 Ped 1: 3-12
Predicador: Jacobis Aldana
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Cuando tenía 11 años enfrenté una de las lluvias más fuertes que jamás haya visto. Recién salía del colegio en el que cursaba primer año de bachillerato cuando la lluvia comenzó. Sólo pude avanzar unos cuantos metros hasta que logré refugiarme en la terraza de una casa cercana. Pronto empecé a ver como los padres de cada uno de mis compañeros venían a buscarlos. Unos en motocicleta, otros con paraguas para llevarlos cargados mientras para mi se hacía más oscuro, hasta que quedé completamente sólo, en una fuerte lluvia, con relámpagos y un rio en la calle. A las 2 horas y media de haber comenzado la lluvia apareció mi padre, en una bicicleta y completamente empapado en agua. Traía en su bolsillo una bolsa plástica grande con la que cubrió mis libros y algo de mi cabeza y pudimos así ir a casa.

Muchos años después reflexioné al respecto de por qué en ningún momento tuve miedo; después de todo era la lluvia más fuerte de la cual yo tenga memoria  y recordé que era porque sabía que mi padre llegaría. Yo sabía que él estaba preocupado por mí y que no descansaría hasta ir a donde yo estaba, lo conocía muy bien como para saber que él debía ayudar a su hijo en peligro; eso me mantuvo tranquilo durante todo el tiempo que estuve solo.

Contexto: En los versículos introductorios notamos cómo el saludo de Pedro estaba carado de esperanza para los hermanos que estaban preparándose para la más cruenta persecución de la época por parte del emperador Nerón. Él afirma que ellos son escogidos de Dios y que esa escogencia fue desde antes de la fundación del mundo para santificación y perdón de pecados en Cristo.

En el siguiente segmento (1 Ped 1:3 – 2:10) el Apóstol desarrolla el tema de la elección como un hecho esperanzador que además debe producir una vida de santidad en los creyentes.

No cabe duda, que la verdad de que hemos sido escogidos por Dios debe llenarnos de consuelo. Eso implica que él nos ha hecho renacer a una nueva esperanza, pero es esa a la lucha a la que continuamente nos enfrentamos. Cuán fácil perdemos el ánimo ante las circunstancias, pero los que realmente creen que han sido escogidos, mantienen su esperanza puesta en que el que empezó la buena obra, no terminará hasta darla como un hecho definitivo en la glorificación. Esa misma esperanza hace que nos mantengamos gozosos en medio de las pruebas, sabiendo que la prueba de la fe traerá frutos y esa esperanza que tenemos, esta descansa en el inmutable Dios que la prometió a nosotros desde tiempos pasados.

Los versículos que consideraremos en esta ocasión los estudiaremos a la luz de tres encabezados: Una esperanza futura, un gozo presente y un anuncio pasado.

Una esperanza futura y segura (v3-5)

En el versículo 3, el apósto Pedro introduce una nota de alabanza al Señor, como si se  tratara de una oración bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo . Cuando pensamos en una esperanza, no debemos pensar otra cosa sino que esa esperanza proviene de nuestro gran Dios y Salvador y que es el resultado e la misericordia de Dios. Es decir; en lugar de darnos el Señor el castigo por nuestros pecados, nos ha dado una esperanza que viene gracias a la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, manifestada en el nuevo nacimiento.

Nuestra  esperanza está basada en la resurrección de Cristo

Nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos

Los cristianos que padecen deben tener claro que tales padecimientos no son mayores que la esperanza a la que hemos sido llamados. Cuando estábamos muertos en delitos y pecados, no teníamos esperanza alguna. Éramos por naturaleza hijos de Ira; pero Dios por su gracia, obró en nuestros corazones haciéndonos nuevas criaturas y esas nuevas criaturas sí tienen esperanza.

Nosotros hemos sido regenerados y nuestro cambio no ha sido un asunto sicológico o de la mente; se trata del poder de Cristo obrando en nosotros. El mismo poder que obró para levantar al Señor de entre los muertos, es el que obró en nosotros para traernos de las tinieblas a la luz, y de la misma manera en que el Señor fue levantado de la tumba para luego ser llevado a la Gloria; nuestro nuevo nacimiento está basado exactamente en el mismo poder y propósito; llevarnos a la Gloria.

En cualquier momento debemos recordar esta verdad. El Señor nos ha hechos nuevas criaturas y los padecimientos no son más grande que lo que el Señor tiene preparado para aquellos que él ha levantado de entre los muertos.

Nuestra esperanza incomparable

Para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros

Nuestra esperanza no sólo es gloriosa por el poder de la resurrección de Cristo, sino que es una esperanza incomparable. Muchas personas ponen su esperanza en que sus problemas sean resueltos por hombres y cuando eso no pasa pierden todo ánimo; pero los que esperamos en el Señor tenemos la certeza de que nuestra esperanza no falla. No se trata de algo terrenal sino celestial, de algo que es mucho más grande y glorioso que cualquier cosa que podamos concebir en este mundo.

No importa cuántas pruebas podamos estar enfrentando o cuánto sufrimiento podamos estar atravesando; no espera un cielo incorruptible, más grande que cualquier cosa de este mundo que consideremos de consuelo.

Nuestra esperanza es segura

Que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.

Pedro quiere hacer saber a sus destinatarios, que el Dios que les ha escogido, ese mismo Dios los preservará hasta el fin por medio de la fe. La esperanza nuestra no se esfuma. Dios no nos hizo nacer de nuevo para luego dejarnos a expensas de nuestras propias debilidades: Oh, no. Él en su fidelidad se encarga de que aquellos que han sido resucitados con Cristo, puedan llegar hasta el final y que nada podrá separarlos de esta eterna promesa.

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Rom 8:38-39)

Los que son escogidos por Dios, son guardados por él hasta el final y preservados, de manera que ellos siempre ejercerán fe y perseverarán en santificación a fin de ser levados a la Gloria.

Un gozo presente (v6-9)

Los creyentes no solo tiene  en Cristo la esperanza de ser librados, sino que también pueden gozarse aún en medio de los padecimientos.

El Apóstol anima a los hermanos diciéndoles que la esperanza futura produce en nosotros un gozo en el presente, al saber que estos padecimientos hacen parte del Eterno propósito de Dios que terminará en nuestra redención final.

Son pruebas temporales

En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas

Nuestras pruebas en este tiempo, debemos saber, no serán Eternas. La vida que vivimos es “poco tiempo” comparado con la plenitud de la Eternidad y esas pruebas no solo serán temporales sino necesarias.

Son pruebas necesarias

para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso.

El propósito de las diversas pruebas es hacer evidente el tipo de fe que tenemos. Los verdaderos cristianos son probados (ver ejemplo de la casa sobre la arena y sobre la roca). Las personas pueden decir que tienen fe, pero la prueba tarde o temprano hará evidente el tipo de fe que dicen tener.

Al mismo tiempo, las pruebas nos acercan al Señor. No podemos verlo, pero padecer por su causa hace que nos identifiquemos con él de manera íntima. Eso también nos anima y fortalece. Tal como dice el autor de Hebreos:

 Pestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.  Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

 

Un anuncio pasado (v 10-12)

Luego de presentar la esperanza futura que produce un gozo presente como resultado de la salvación en el nuevo nacimiento. El apóstol Pedro pretende probar a sus creyentes que dicha esperanza y salvación es segura porque ha sido anunciada desde el tiempo antiguo a través de los profetas.

Nuestra salvación no ha sido accidental, ni tampoco un “plan B” de Dios. No. Él en su soberanía había anunciado por medio de los profetas del pasado la manera en que Cristo sufriría por los pecados de los hombres (Isaías 53) a fin de redimir un pueblo para sí. El mismo Señor Jesús da evidencia de eso cuando en el camino a Emaús mostró a unos discípulos todo lo que los profetas y el Antiguo Testamento decían de él (Lc 24:13-35)

Moisés, David, Isaías, Zacarías etc; no sabían a qué apuntaban las cosas que escribían; pero el Espíritu de Cristo que estaba en ellos dejaba registro de una gran salvación futura basada en los padecimientos del Señor.

La razón por que la que indagaron, no fue para probar si tales promesas eran para ellos, sino para dejar registro como testigo a nosotros de esta salvación tan grande. El Evangelio que hemos recibido no es un mensaje que se fabricó luego de la muerte de Cristo; ya venía siendo anunciado aunque no de manera perfecta, pero si revelando su gran alcance; y esto resulta en asombro de los ángeles.

Los profetas hablaron de que Cristo primero padecería y luego sería exaltado a la Gloria y eso es también para nosotros. Debemos animarnos al saber que si los padecimientos del Señor fueron anunciados con anterioridad y estos desembocaron en la glorificación, también los nuestros tendrán el mismo fin, su Palabra lo asegura.

Conclusiones:

  • Hemos sido escogidos, hemos nacido de nuevo y eso nos da esperanza
  • La esperanza que tenemos también produce en nosotros el gozo mientras padecemos, sabiendo que estaremos con el Señor en la Gloria, si somos semejantes a él en laa tribulaciones.
  • Nuestra fe debe ser probada como se prueba el oro, pero tales pruebas son solo temporales, comparadas con la Gloria que ha de venir sobre nosotros.
  • La seguridad de nuestra salvación y también de nuestra esperanza, no descansa en algo que puede esfumarse, sino en la inquebrantable Palabra de Dios.

 

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