Una de las cuestiones teológicas más disputadas es acerca de a quién se debe la salvación: Es algo que el hombre decide tomar o dejar o se trata de algo que solamente Dios puede dar.

Algunos podrían resolver esta disyuntiva de manera simplista; sin embargo, gran parte de lo que un creyente es, está definido por la manera en que responda a esa pregunta.

La vida del cristiano se cae o se levanta aquí. Si la salvación es una obra humana, entonces todo cuanto hagamos será para dar gloria a nosotros, pero si la salvación es una obra de Dios, entonces todo cuanto hagamos será para su Gloria.

Después de haber descrito de manera maravillosa la manera en que el hombre caído, perdido en sus pecados y sin esperanza, es restaurado por el poder y la gracia de Dios, ahora Pablo pasa a explicar cómo y para qué es que eso ocurre.

Ya en el versículo 5 se había hecho mención de que la salvación es un acto de la gracia de Dios, así que en los versículos 8-10 lo que hace el apóstol es explicar la naturaleza y propósito de esa gracia.

Además, algunos podrían estar preguntándose, Si solo somos salvos por Dios ¿qué tengo que hacer par que Dios me salve? La respuesta de Pablo sigue siendo la misma, NADA y no solo eso, aun cuando alguien intente hacer cosas para ser salvo, tales obras no servirán para ese propósito.

Nos propondremos entonces examinar este pasaje a la luz de tres encabezados: (1) La eficacia de la fe, (2) La ineficacia de las obras y (3) Las obras como resultado de la fe.

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