Cuando las personas piensan en la Santidad de Dios la mayoría de veces no alcanzan a tener una dimensión clara de lo que eso significa y qué relación tiene con nosotros.
Algunos usan la palabra “santo” para referirse a algo que es moralmente puro o que no es profano; pero en la Biblia, Dios es llamado Santo y dicha santidad no es meramente moral; es Divina. Es un atributo propio de Dios y que nadie más posee en la misma dimensión. Su santidad es la suma de su justicia, de su misericordia, de su pureza y de su majestad; de manera que solo él posee la perfecta santidad.
La Santidad de Dios es como la luz brillante del sol que entra en el rincón más oscuro de una caverna, para revelar nuestra impureza y la necesidad de ser limpiados. Peor una vez eso sucede, por su misericordia y gracia, entonces no queda más que vivir para su Gloria y hacer su voluntad, dando a conocer a otros todo lo que hemos visto y oído.
Es en ese sentido en que hablaremos en este sermón esta mañana. A la luz de la descripción del Profeta Isaías veremos cómo la Santidad de Dios es lo que permite ver nuestro pecado, pero que al mismo tiempo motiva nuestro servicio.
Dividiremos nuestro pasaje en 3 grandes encabezados: (1) La santidad de Dios (2) Nuestro pecado y (3) Nuestro llamado.

Pero antes de entrar en detalles creo que es necesario considerar algunos aspectos del texto que merecen nuestra atención.

Ha habido varios cuestionamientos a la luz de los elementos que Isaías presenta en los primeros versículos. Algunos consideran que hay contradicciones y que tiene problema cronológico.

Por un lado, algunos estudiosos debaten al respecto de la cronología; es decir, si Isaías fue llamado en el capítulo 6, ¿cómo entonces profetizó juicio durante los primeros 5 versículos? La cuestión es que en el capítulo 1:1 Isaías dice que ministró en el reinado de Uzías (739 AC) Sin embargo, es posible que las dos cosas hayan dado en el mismo año. Es decir, que Isaías haya recibido la visión 12 meses antes de la muerte del Rey o 12 meses después y eso permite que él haya podido ministrar todo el año en que le fue dada la visión.

Por otro lado, es posible que el Profeta haya recibido la visión al inicio de su ministerio, pero la contó en el capítulo 6 para que contrastara con la pecaminosidad de Israel.

Habiendo atendido lo anterios, vayamos al primer encabezado

La Santidad de Dios

El año en que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el Templo. Por encima de él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo:

«¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos!
¡Toda la tierra está llena de su gloria!»

Los quicios de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la Casa se llenó de humo

Los primeros 4 versículos son una descripción de la Santidad de Dios pero también de su majestad. Es interesante que esta visión tiene un contraste muy llamativo; por un lado Isaías menciona que en el año en que murió Uzias, el vio al Rey soberano que no muere.

Uzias había sido considerado uno de los reyes más exitosos de Israel, el pueblo debió haber llorado su muerte, pero Isaías vio a un Rey que es excelso, sentado sobre un trono Alto y Sublime

¿A quién vio Isaías?

En la descripción de Isaías él dice que vio a <Adonai>; al Señor. Isaías quiere resaltar el dominio de Dios sobre la tierra. Algunos sugieren que esto es una contradicción puesto que algunos pasajes hablan de que nadie puede ver a Dios y vivir (Ex 33:20), pero meditar en este trae a nuestra mente algo glorioso.

Ciertamente no hay nadie que pueda ver la Divinidad y vivir, Dios habita en luz inaccesible, pero en la biblia Dios ha encontrado maneras de revelarse en el Antiguo Testamento de modo que pudieran verlo y no morir  y es lo que en teología se conoce como una Teofanía.

Según el evangelio de Juan (Juan 12:42) la Gloria que Isaías vio no era más que a Cristo mismo. En su estado preencarnado, pero lleno de Gloria y majestad. Sentado, ejerciendo Señorío en un trono.

Esto podía ser algo terrible para el profeta. Dios sólo se manifestaba en el arca del pacto cuando se ofrecía un sacrificio y existía la idea generalizada de que Dios habitaba solo allí, pero él lo está mostrando como sentado en un trono alto.

Isaías también vio como las faldas de Dios llenaban el templo. Esto habla de su realeza y de su constante presencia en el templo de Dios. Por supuesto, esta visión de Isaías no era una visión acerca del templo terrenal construido por Salomón, sino al templo celestial, sin embargo también es una referencia y un llamado a la pecaminosa nación de Israel a volver al templo terrenal porque él lo llena, no sólo el lugar Santísimo sino todo el lugar.

Los serafines

Por encima de él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo:

«¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos!
¡Toda la tierra está llena de su gloria!»

Isaías continúa describiendo su visión y en la medida en que van apareciendo elementos más majestuosa se hace. El profeta dice que encima del trono había unos seres angelicales que sólo son descritos aquí. Serafines (Heb  saráf).  Su imagen está asociada al fuego, a algo que está constantemente encendido. En el templo terrenal Dios descendía en medio de querubines, pero estos seres tenían una gloria mayor y su función era una constante adoración; como un fuego encendido continuamente y sin apagarse.

De ellos se nos dice que tenían 6 alas. Parece haber una relación entre esta visión y la de Ezequiel (1:5; 11) y en la visión de Juan en Apocalipsis  4:8. Con dos alas cubrían su rostro, probablemente para mostrar la grandeza del que está sentado en el trono y su humildad ante él; con otras dos cubrían sus pies y esto puede ser una referencia al servicio y con las otras dos volaban, para referirse a una actividad de adoración constante; como si revolotearan.

Ellos de manera antifonal entonaban un canto: «¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos!
¡Toda la tierra está llena de su gloria!»

Esto es glorioso. Lo vemos también en Apocalipsis y es una hermosa declaración de la santidad de Dios. El hecho de que se use tres veces no es propiamente una alusión a la trinidad, esta doctrina puede ser probada en otros múltiples pasajes; sino más bien un uso hebreo para enfatizar algo. (ver: Jer. 22:29; Ez. 21:27) Cuando se quería afirmar la vehemencia de algo se usaba en tres ocasiones; se trataba de algo indefectible, innegable e irrefutable.

Pero no sólo reconocen su Santidad sino su la extensión de su reinado: Toda la tierra está llena de su Gloria. Esta verdad la encontramos en el Nuevo Testamento en Romanos capitulo 1:18-21.

Dios ha manifestado su Gloria a los hombres pero los hombres se han reusado a reconocerla. Cuando alguien desconoce la santidad y señorío de Dios el resultado es una vida de pecado en línea descendente; esa es la descripción que Pablo hace:

… Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, 25 ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.

Por el contrario; contemplar la santidad de Dios y reconocerla puede llevarnos a ver nuestro propio pecado y ser movidos al arrepentimiento. Y eso nos lleva a nuestro segundo encabezado.

Nuestro pecado

Los quicios de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la Casa se llenó de humo. Entonces dije:

«¡Ay de mí que soy muerto!,
porque siendo hombre inmundo de labios
y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos,
han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.»

La visión que Isaías estaba contemplando trajo una consecuencia y fue que él se viera como un pecador. Cuando vemos los primeros 5 capítulos de Isaías lo que notamos es que él está señalando a una nación plagada de pecado; pero era necesario que él también viera su propia inmundicia, pues era probable que al compararse con el pueblo inmoral de Israel él pudiera apreciarse como justo, pero no es con otros que debemos contratarnos para evaluar nuestra vida sino con la misma santidad de Dios.

Nadie puede mantenerse en pie ante él como justo. Todos, al ver su santidad somos exhibidos aun en lo más oculto de nuestras almas, hasta en lo que hemos olvidado. La santidad de Dios nos desnuda, nos alumbra con intensidad en la oscuridad de nuestro propio pecado y allí, casi consumidos debemos responder de alguna manera.

Isaías respondió con las misma palabra con la que había condenado a Israel: “¡Ay de mi!. Es así como respondió también Juan en Apocalipsis; él cayó como muerto ante el Señor. Eso es la Santidad de Dios, un fuego consumidor que convierte nuestra propia justicia en cenizas. Eso es lo que sentirán los pecadores al estar de pie ante el trono. No serán necesarias palabras; su sola presencia consumirá cualquier intento de auto justicia.

Isaías reconocía la inmundicia de sus labios los cuales seguramente eran el reflejo de su corazón. Él se reconoció pecador junto a Israel con sólo ver al verdadero Rey.

Se dice de algunos reyes del oriente que nadie podía entrar a su presencia sin ser autorizado porque debía morir; ellos a causa de su autoridad; pero este Rey a causa de su Santidad, pureza y suprema majestad.

El pecado limpiado

Y voló hacia mí uno de los serafines, trayendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas. Tocando con él sobre mi boca, dijo:

—He aquí que esto tocó tus labios,
y es quitada tu culpa
y limpio tu pecado
.

Luego de reconocimiento de Isaías de su pecaminosidad vino la respuesta de Dios. Uno de los serafines tomó un carbón encendido del altar, ardiendo y tocó su boca. Todos habremos de imaginar tal dolor. Los labios son nuestro lugar del cuerpo más sensible, pero es allí donde Dios obró pureza en el profeta.

Eso sin duda apunta a una obra mucho mayor y es como el Señor mismo limpiaría, no nuestros labios, sino nuestro corazón y no con el fuego de un carbón sino con el rojo de su sangre. Este pasaje habla de redención y de perdón. Un proceso doloroso. El arrepentimiento es doloroso en efecto; pero también necesario., Todo el pecado de Isaías era quitado, y también la culpa. Es decir: La culpa por la maldad de sus pecados pasados había sido quitada, y el pecado que de continuo obraba en su corazón ahora era limpiado. Esa es la maravillosa obra de Dios.

Todo esto proviene de su sola santidad: Nuestro pecado y también su redención, pero ¿para qué? ¿Cuál es el propósito?

Nuestro llamado

Después oí la voz del Señor, que decía: — ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?

Entonces respondí yo: —Heme aquí, envíame a mí.

La voz que hizo temblar los quiciales, ahora era una petición en los oídos de Isaías, un llamado. Quien irá por nosotros, dijo el Señor, en una clara referencia a la trinidad; a lo que responde el ahora limpio profeta: heme aquí envíame a mí.

Dios no llamó a Isaías hasta que no fue purificado. Era una señal de lo que el pueblo de Israel necesitaba, pero también es una alusión a la obra de Dios en nosotros.

Cuando somos conscientes de nuestro pecado, también lo somos del compromiso de ir a otros.

Dios pudiera salvar sin necesidad de nosotros, pero a él le ha placido usar a pecadores para llevar su mensaje, para llamar a otros al arrepentimiento, y como en el caso de Isaías, e probable que la gente no responda a ese llamado, pero nosotros debemos ser consumidos por ese deseo que proviene del Dios santo. En otras palabras, servimos al Señor por lo que él ha hecho en nosotros, debemos la vida a él, no en pago, sino en agradecimiento.

Sospecho que alguien que no tiene una pasión por el servicio a Dios es porque aún no ha logrado dimensionar la santidad de Dios y por tanto tampoco su propio pecado y menos  la redención que hemos recibido.

Esto se puede ver claramente en el mensaje de Pablo a los corintios en su segunda carta (2 Cor 3:16 – 4:6)

Conclusión

Hay un efecto colateral en el creyente al contemplar la Gloria del Señor y su Santidad revelada en las Escrituras. La santidad hace que veamos nuestro pecado, que nos arrepintamos, que somos limpiados y que en agradecimiento por esa redención, sirvamos con todo nuestro corazón al Señor. Que él nos ayude.

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