Un sacerdote según otro orden
Llevamos cinco días caminando por Hebreos y el argumento se va profundizando. Jesús es superior a los ángeles que trajeron la ley, superior a Moisés que llevó a Israel por el desierto. Y ayer vimos algo interesante: tenemos un sumo sacerdote que simpatiza con nuestras debilidades. Pero eso nos deja con una pregunta, ¿cómo es posible que Jesús sea sumo sacerdote si no era de la tribu de Leví?
Entendiendo el pasaje
El sacerdocio en Israel tenía reglas claras. Solo los descendientes de Aarón, de la tribu de Leví, podían ser sacerdotes. Jesús vino de Judá, la tribu de los reyes. Genealógicamente hablando, Jesús no calificaba para el oficio sacerdotal del antiguo pacto. El predicador lo sabe, y por eso introduce un concepto que desarrollará en los próximos capítulos: Jesús es sacerdote según el orden de Melquisedec.
¿Quién era Melquisedec? En Génesis 14, cuando Abraham regresaba victorioso de una batalla, se encontró con un personaje misterioso: Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. Este hombre bendijo a Abraham y Abraham le dio el diezmo de todo. Observa lo inusual de esto. Melquisedec no era israelita, aparece sin genealogía, sin registro de nacimiento o muerte. Era rey y sacerdote al mismo tiempo, algo prohibido en el sistema levítico donde estas funciones estaban separadas. Y Abraham, el padre de la nación, reconoció su superioridad al darle el diezmo y recibir su bendición.
El Salmo 110, un salmo mesiánico de David, profetizó que el rey futuro de Israel sería «sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec». Esto era radical. David está diciendo que el Mesías tendría un sacerdocio diferente, superior al sacerdocio levítico que vendría a través de Aarón. Jesús cumple esta profecía. Él no necesitaba ser levita porque su sacerdocio es de un orden completamente distinto y superior. Mientras los sacerdotes levíticos eran mortales, imperfectos, necesitaban ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados, Jesús es eterno, sin pecado, y se ofreció a sí mismo una vez y para siempre.
Ahora bien, el predicador pinta un retrato de Cristo como sumo sacerdote que es profundamente humano y profundamente divino. En los versículos 7 al 9 leemos algo que debería dejarnos asombrados: Cristo en su vida terrenal ofreció oraciones y súplicas «con gran clamor y lágrimas». Piensa en Getsemaní. Jesús sudando gotas de sangre, rogando que si era posible pasara de él esa copa. El Hijo de Dios sintió el terror de la muerte, la agonía de llevar el pecado del mundo. Aprendió obediencia a través del sufrimiento. Esto no significa que era desobediente antes, significa que experimentó en carne propia lo que cuesta obedecer a Dios cuando todo en ti quiere huir. Y fue precisamente a través de ese sufrimiento que fue hecho perfecto, completo, plenamente calificado para ser fuente de eterna salvación.
Pero al final del capítulo el tono cambia abruptamente. El predicador quiere explicar más sobre Melquisedec pero se detiene. Les dice a sus lectores: «Tenemos mucho que decir sobre esto, pero es difícil de explicar, porque ustedes se han vuelto lentos para entender». El diagnóstico es duro. Deberían ser maestros por el tiempo que llevan como cristianos, pero necesitan que alguien les enseñe de nuevo los principios básicos de la fe. Han retrocedido. Solo pueden digerir leche, no alimento sólido. ¿Por qué importa esto? Porque su desánimo en medio de la persecución tiene raíz en su falta de madurez espiritual. No han profundizado en las verdades del evangelio y por eso están tambaleando.
Tres verdades bíblicas
- Cristo fue perfectamente humano en su sacerdocio. Esto debe consolarte profundamente. Tu sumo sacerdote oró con gran clamor y lágrimas. Conoce el miedo, la angustia, la tentación de rendirse. Cuando llegas a él con tus luchas, no estás hablando con alguien distante que no entiende. Él padeció. Aprendió obediencia a través del sufrimiento. Fue tentado a evitar la cruz. Esto significa que cuando oras en medio de tu propio Getsemaní, cuando todo en ti quiere abandonar el camino difícil que Dios te pone delante, tienes un sumo sacerdote que sabe exactamente lo que sientes. Y también sabe cómo vencer.
- Cristo tiene un sacerdocio superior al de Aarón. Los sacerdotes levíticos servían en un sistema temporal. Morían y eran reemplazados. Ofrecían sacrificios que cubrían los pecados pero no los quitaban. Necesitaban primero purificarse a sí mismos antes de interceder por otros. Jesús es completamente diferente. Su sacerdocio es según el orden de Melquisedec, que es eterno, real y sin genealogía terrenal. Él es perfecto, sin pecado, y vive para siempre para interceder. Cuando te acercas a Dios a través de Cristo, te acercas con la certeza de que tu mediador es completamente capaz de representarte. No hay fallo en su intercesión. No hay límite en su comprensión. No hay fin a su disponibilidad.
- La madurez espiritual importa para la perseverancia. El predicador es directo con su audiencia. Su desánimo bajo persecución está conectado con su falta de crecimiento espiritual. No han profundizado en las verdades del evangelio. Siguen estancados en lo básico. Esto los deja vulnerables cuando vienen las pruebas. Tú también puedes estar en ese lugar. Has creído en Cristo, pero no has crecido. No te has ejercitado en la Palabra. No has desarrollado discernimiento espiritual. Y ahora, cuando la vida se pone difícil, te encuentras tambaleando. La solución es crecer. Dejar atrás la leche y comenzar a comer alimento sólido. Dedicarte a conocer las profundidades de quién es Cristo y qué ha hecho por ti.
Reflexión y oración
Tienes un sumo sacerdote que oró con clamor y lágrimas, que padeció como tú, pero que venció y ahora intercede por ti. Y su sacerdocio es eterno, perfecto, suficiente.
Señor Jesús, gracias porque conoces lo que es sufrir, lo que es ser tentado, lo que es clamar con lágrimas. Gracias porque aprendiste obediencia y así te convertiste en fuente de eterna salvación para nosotros. Perdónanos por conformarnos con la leche cuando deberíamos estar comiendo alimento sólido. Ayúdanos a crecer en el conocimiento de quién eres y lo que has hecho. En tu nombre, amén.
