Un nombre nuevo para un hombre viejo

«Y no serás llamado más Abram; sino que tu nombre será Abraham; porque Yo te haré padre de multitud de naciones.» (Génesis 17:5, NBLA)

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Trece años de silencio. Desde el nacimiento de Ismael, Dios no le había hablado a Abraham. Trece años viviendo con las consecuencias de su impaciencia, criando al hijo que no era el de la promesa. Y entonces, cuando Abraham tiene noventa y nueve años y Sara ochenta y nueve, Dios se aparece de nuevo. Lo que le dice desafía toda lógica humana: tu esposa, la que nunca pudo concebir, la que ya pasó la edad de tener hijos, te dará un hijo el próximo año.

Todo parece indicar que los planes de Dios no se frustran por nuestra incredulidad. Él tenía algo grande con Abraham, pero tenía algo mucho más grande con la humanidad. Así que se le aparece en el momento más improbable para prometerle lo humanamente imposible.

Entendiendo el pasaje

Dios quería que no quedara ninguna duda: el hijo de la promesa sería un absoluto milagro. No podría atribuirse a la juventud de Sara, ni a la vitalidad de Abraham, ni a ninguna circunstancia favorable. Un hombre de casi cien años y una mujer estéril de casi noventa teniendo un hijo. Esto solo podía ser obra de Dios. Todo apuntaba a que de manera inequívoca todos pudieran ver que el Señor estaba cumpliendo su promesa incluso cuando el tiempo humano ya había pasado.

En este encuentro, Dios hace algo significativo: le cambia el nombre. De Abram, que significa «padre enaltecido», a Abraham, «padre de multitudes». Mira el detalle. Dios le pone un nombre que describe algo que todavía no ha sucedido. Abraham aún no tiene al hijo prometido, pero ya lleva en su nombre la declaración de lo que será. Cada vez que alguien lo llamara, estaría proclamando la promesa. Cada vez que él mismo dijera su nombre, estaría confesando lo que Dios haría. Dios le dio un nombre profético antes de que la realidad lo alcanzara.

Ahora bien, debemos tener cuidado de no sacar este pasaje de contexto para creer que Dios está comprometido a darnos cualquier cosa imposible que le pidamos. Esta es una promesa muy particular, a un hombre con una misión muy particular, dentro del plan de redención. No es que Dios opere siempre de maneras extraordinarias en todos los casos. Sin embargo, sí podemos ver algo de su carácter aquí: su fidelidad no depende de la nuestra, y el cumplimiento de sus promesas no tiene que estar dentro de lo que nosotros podemos comprender o considerar posible.

Tres verdades bíblicas

1. La fidelidad de Dios no depende de la nuestra — Abraham había fallado con Agar. Trece años habían pasado desde ese error. Pero Dios seguía fiel a su promesa original. Nuestra inconsistencia no anula su consistencia. Nuestros atajos no cancelan su plan. Nosotros podemos fallar muchas veces, pero la biblia dice que es imposible que Dios falle o mienta (Heb 6:18) y también: Antes bien, sea hallado Dios veraz, aunque todo hombre sea hallado mentiroso (Romanos 3:4)

2. No tenemos que entender lo que Dios hace, solo creerlo — Un hijo a los cien años. Una madre de noventa dando a luz. No tenía sentido. Pero Dios no pidió que Abraham lo entendiera; le pidió que lo creyera. La fe no requiere que comprendamos el cómo; requiere que confiemos en quién lo promete. Hay cosas en tu vida que quizás nunca entiendas. Dios no te debe explicaciones. Te pide confianza.

3. El nacimiento milagroso de Isaac apuntaba a otro nacimiento aún más milagroso — Una mujer estéril concibiendo por intervención divina era asombroso. Pero siglos después, una virgen concebiría sin intervención humana alguna. El ángel le dijo a María: «Para Dios nada será imposible», las mismas palabras que el Señor usaría con Sara. Isaac nació cuando era humanamente imposible para preparar al mundo para creer que Jesús nacería cuando era humanamente inconcebible. El hijo de Abraham vino por milagro; el Hijo de Dios vino por un milagro mayor. Y así como Abraham recibió un nombre nuevo antes del cumplimiento, nosotros en Cristo recibimos una identidad nueva antes de ver la plenitud de lo que Dios hará en nosotros.

Reflexión y oración

Génesis 17 nos recuerda que Dios no está limitado por nuestros fracasos ni por nuestras imposibilidades. Él puede cumplir lo que promete aunque hayamos fallado, aunque el tiempo haya pasado, aunque la lógica diga que ya no es posible. Abraham caminó trece años con el nombre equivocado, creyendo que Ismael era la respuesta. Pero Dios tenía un plan mejor. A veces nuestros atajos retrasan las bendiciones, pero no las cancelan. Dios sigue siendo fiel.

Señor, gracias porque tu fidelidad no depende de la nuestra. Gracias porque puedes cumplir tus promesas incluso cuando nosotros hemos fallado y el tiempo parece haber pasado. No entendemos todos tus caminos, pero elegimos confiar en ti. Así como le diste a Abraham un nombre nuevo que declaraba tu promesa, ayúdanos a vivir en la identidad que nos has dado en Cristo, confiando en lo que harás aunque aún no lo veamos. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 17, Mateo 16, Nehemías 6, Hechos 16

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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