El mismo pecado, el mismo hombre

«Abraham dijo de Sara su mujer: “Es mi hermana”. Y Abimelec, rey de Gerar, mandó a buscar a Sara y la tomó.» (Génesis 20:2, NBLA)

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Acabamos de ver fuego caer del cielo sobre Sodoma. Abraham intercedió por esa ciudad y Dios lo escuchó, aunque al final no había ni diez justos que la salvaran. Lot escapó tomado de la mano por ángeles. Todo indicaría que Abraham, el intercesor, el amigo de Dios, está en la cima de su caminar espiritual. Pero entonces llegamos a Génesis 20 y nos encontramos con algo desconcertante.

Abraham vuelve a caer en el mismo pecado. Exactamente el mismo. Años atrás, cuando bajó a Egipto por la hambruna, le dijo a Sara que dijera que era su hermana. Faraón la tomó, Dios intervino con plagas, y Abraham salió avergonzado pero rico. Ahora, después de todo lo que ha vivido con Dios, después del pacto, después de la circuncisión, después de interceder por Sodoma, hace exactamente lo mismo con Abimelec rey de Gerar.

Entendiendo el pasaje

¿Cómo es posible? Este es el hombre que dejó Ur por fe. El que creyó a Dios y le fue contado por justicia. El que recibió promesas extraordinarias y las creyó contra toda esperanza. ¿Y todavía lucha con el mismo miedo, la misma mentira, la misma estrategia cobarde de esconderse detrás de su esposa?

La respuesta es incómoda sin embargo hay algo liberador en ella: así es la santificación. No es una línea recta hacia arriba. Los gigantes que enfrentamos a los veinte años pueden seguir acechándonos a los noventa. Abraham había crecido enormemente en su fe, pero todavía cargaba ese miedo profundo que lo hacía mentir cuando se sentía vulnerable. El contexto había cambiado, el corazón no del todo.

Hay algo más que notar aquí. Dios interviene, pero esta vez no a favor de Abraham sino a favor de Abimelec. El rey pagano resulta ser más íntegro que el patriarca. Dios le habla en sueños, le advierte que está a punto de pecar sin saberlo, y Abimelec responde con indignación genuina: «¿Matarás también a una nación inocente?» Confronta a Abraham y tiene razón. El padre de la fe queda expuesto ante un rey que ni siquiera conoce al Dios verdadero.

Para Israel, escuchando esta historia antes de entrar a Canaán, el mensaje era claro: ser pueblo de Dios no significa ser moralmente superior a los paganos en todo momento. A veces ellos nos avergüenzan. A veces nuestra fe coexiste con cobardías vergonzosas. Eso no cancela el llamado de Dios, pero tampoco debemos presumir de una santidad que no tenemos.

Tres verdades bíblicas

1. La santificación no elimina de un golpe nuestros pecados más arraigados — Abraham luchó con el miedo y la mentira toda su vida. Décadas de caminar con Dios no borraron automáticamente ese patrón. Creció en fe, sí. Intercedió por ciudades, creyó promesas imposibles, obedeció mandatos difíciles. Pero cuando se sintió amenazado, volvió al mismo refugio de siempre: la media verdad que ponía en riesgo a su esposa. Si esto te desanima, míralo de otra manera. Dios no abandonó a Abraham por su pecado recurrente. Siguió trabajando con él, confrontándolo, refinándolo. La santificación es un proceso largo, y Dios es paciente con sus hijos.

2. A veces los que no conocen a Dios actúan con más integridad que los que sí lo conocemos — Abimelec sale mejor parado que Abraham en este relato. El rey pagano actúa con integridad, confronta la mentira, y hasta bendice generosamente al que lo engañó. Esto debería humillarnos. Ser pueblo de Dios no nos hace automáticamente mejores personas en cada situación. La gracia común de Dios opera también en los que no lo conocen. Cuando un incrédulo nos avergüenza con su honestidad, quizás Dios nos está mostrando algo sobre nosotros mismos.

3. Dios protege sus promesas incluso cuando nosotros las ponemos en riesgo — Sara era la mujer de la promesa. De ella nacería Isaac. Abraham, con su mentira, casi entrega a Sara a otro hombre por segunda vez. Pero Dios interviene. Cierra las matrices de la casa de Abimelec, le habla en sueños, protege a Sara antes de que sea tocada. Las promesas de Dios no dependen de nuestra fidelidad para cumplirse. Él es capaz de guardar lo que nos ha prometido incluso cuando nosotros hacemos todo lo posible por arruinarlo.

Reflexión y oración

Génesis 20 es un espejo incómodo. Nos muestra que los héroes de la fe también son pecadores en proceso. Abraham no era un superhombre espiritual; era un hombre común con un Dios extraordinario. Sus victorias de fe coexistían con fracasos vergonzosos. Y Dios siguió trabajando con él. Si hoy luchas con pecados que creías superados, si te avergüenza caer en lo mismo una y otra vez, mira a Abraham. No para excusar el pecado, sino para encontrar esperanza. El Dios que no abandonó a Abraham tampoco te abandonará a ti.

Señor, gracias porque tu paciencia es mayor que nuestra inconsistencia. Confesamos que a veces nuestros pecados más viejos siguen acechándonos, y eso nos avergüenza. Pero tú no nos descartas. Sigues trabajando en nosotros, confrontándonos, refinándonos. Ayúdanos a no excusar nuestras caídas pero tampoco a perder la esperanza. Tus promesas no dependen de nuestra perfección sino de tu fidelidad. Gracias por eso. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 20, Mateo 19, Nehemías 9, Hechos 19

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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