Pareciera que estuviéramos viviendo un déjà vu. Hay hambre en la tierra. Isaac considera bajar a Egipto. Dios interviene. Hay un rey llamado Abimelec. Isaac hace pasar a su esposa por su hermana. El engaño es descubierto. ¿No habíamos leído esto antes?
Sí. Con Abraham. Dos veces.
En este inicio de temporada con Isaac como protagonista, volvemos a ver al Dios que renueva el pacto, que sigue siendo fiel, que no cambia. Pero también vemos que el corazón de los hombres sigue siendo el mismo. Seducido por los mismos pecados. Tropezando en las mismas piedras. Es como si el autor quisiera decirnos algo que Israel —y nosotros— necesitamos escuchar.
Entendiendo el pasaje
Antes de seguir, aclaremos algo. Este Abimelec no es el mismo de los tiempos de Abraham. «Abimelec» era un título, como «Faraón» en Egipto o «César» en Roma. Era común en el medio oriente antiguo. Así que no estamos ante el mismo rey, sino ante la misma situación con un rey diferente.
Ahora bien, mira lo que sucede. Hay hambre, e Isaac piensa en bajar a Egipto. Pero Dios se le aparece y le dice algo que resonaría en los oídos de Israel por generaciones: «No desciendas a Egipto. Quédate en la tierra que yo te diré». Esta advertencia sería repetida al pueblo una y otra vez durante el desierto. La tentación de volver a Egipto, de buscar seguridad en lo conocido en lugar de confiar en lo prometido, era real. Isaac la enfrentó. Israel la enfrentaría. Nosotros también la enfrentamos.
Isaac obedece y se queda en Gerar. Pero entonces comete el mismo pecado de su padre. Dice que Rebeca es su hermana. El miedo a los hombres del lugar lo lleva a la misma mentira cobarde que Abraham usó con Sara. ¿Sabía Isaac lo que su padre había hecho? Casi seguro que sí. Conocía las historias. Pero conocer la historia no lo protegió de repetirla. Su decisión fue la misma.
El resto del capítulo nos muestra a Isaac cavando pozos. Los filisteos habían cegado los pozos que Abraham había abierto años atrás. Isaac los vuelve a cavar, les pone los mismos nombres que su padre les había dado, y enfrenta conflicto tras conflicto por el agua. Finalmente encuentra un pozo sin disputa y lo llama Rejobot: «Porque ahora el Señor nos ha dado amplitud».
Hay algo importante aquí. Isaac entendió dónde estaba realmente la bendición. No en Egipto. No en huir a otra tierra. La bendición estaba en el lugar que Dios había prometido, aunque tuviera que cavar para encontrarla. Los pozos estaban sellados, pero el agua seguía ahí. Solo había que perseverar.
Tres verdades bíblicas
1. Los hijos tienden a repetir los pecados que ven en sus padres — Isaac cometió el mismo pecado que Abraham. No porque lo heredara en la sangre, sino porque lo aprendió en la casa. Pedro advierte sobre «la manera vana de vivir heredada de vuestros padres». No habla de maldiciones generacionales místicas; habla de patrones aprendidos. El corazón caído es experto en imitar lo malo. Cada hijo responderá por su propio pecado, pero los padres debemos ser conscientes de lo que estamos modelando. Lo que nuestros hijos ven en nosotros, probablemente lo repetirán. Eso nos llama a la santidad no solo por nuestro bien, sino por el de ellos.
2. Dios renueva sus promesas a cada generación, pero cada generación debe decidir si las cree — El Señor se apareció a Isaac y le confirmó el pacto hecho con Abraham. Las mismas promesas: descendencia, tierra, bendición. Pero Isaac no podía vivir de la fe de su padre. Tenía que ejercer la suya propia. Dios es fiel de generación en generación, pero la fe no se hereda automáticamente. Cada uno debe responder al llamado. Tus padres pueden haberte dejado un legado de fe, pero tú debes decidir si caminarás en él o no.
3. A veces los pozos de la bendición están sellados y hay que cavar para encontrarlos — Los filisteos habían tapado los pozos de Abraham. Isaac tuvo que reabrirlos. Cavó, encontró agua, y vinieron los conflictos. Cavó otro, más conflicto. Finalmente encontró uno sin disputa. La bendición estaba en la tierra prometida, pero no estaba a simple vista. Tuvo que perseverar. Cuando no vemos a Dios actuando a nuestro favor, la tentación es dudar y abandonar sus caminos. Pero a veces los pozos de la bendición están sellados. El agua sigue ahí; solo necesitamos confiar y seguir cavando. Lo que Dios promete es verdad, aunque en principio no lo veamos. Hay una serie de sermones del Dr Martyn Lloyd Jones al respecto e este pasaje y de como el Señor nos llama precisamente a no morir en e intento por la búsqueda de agua en este mundo de filisteos sino cavar y cavar hasta encontrarnos con Él. Todos estos sermones se han compilado en un libro traducido al español llamado Avivamiento, que por cierto, recomiendo.
Reflexión y oración
Génesis 26 es un capítulo de ecos. Los mismos pecados, las mismas tentaciones, las mismas promesas renovadas. Isaac no fue mejor que su padre, pero Dios no fue menos fiel con él. Eso nos confronta y nos consuela al mismo tiempo. Nos confronta porque vemos cuán fácil es repetir los errores de quienes nos precedieron. Nos consuela porque vemos que la fidelidad de Dios no depende de nuestra perfección. Isaac mintió, pero Dios cumplió. Isaac temió, pero Dios proveyó. Los pozos estaban sellados, pero el agua seguía fluyendo bajo tierra. Solo había que cavar.
Señor, perdónanos por los pecados que hemos repetido sin pensar, por los patrones que aprendimos y no hemos quebrado. Ayúdanos a ser conscientes de lo que modelamos a quienes nos observan. Gracias porque renuevas tus promesas a cada generación, aunque nosotros fallemos. Danos fe para seguir cavando cuando los pozos parecen secos, confiando en que tu bendición está donde tú prometiste que estaría. Amén.
