Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 5:6-11
Vamos a leer Romanos capítulo 5 de los versículos 6 al 11. Dice la palabra de Dios:
Cuando quiero pensar en cómo es eso de esa gracia inmerecida de Dios por nosotros, hay una imagen, una historia en las escrituras que se me viene a la mente. Quiero usar las escrituras para que nos ayuden a entender las escrituras. Entonces, pido el favor de que vayan al capítulo 7 del evangelio de Lucas. En Lucas 7 vemos una ilustración perfecta de la gracia inmerecida.
Leeré para ustedes Lucas 7, versículo 36. Vamos a leer el capítulo 7, a partir del versículo 36 hasta el final del capítulo:
“Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentóa la mesa. Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a Sus pies, llorando, comenzó a regar Sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba Sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto el fariseo que lo había invitado, dijo para sí: «Si Este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, que es una pecadora». Y Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», le contestó. «Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía 500 denarios y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, lo amará más?». «Supongo que aquel a quien le perdonó más», respondió Simón. Y Jesús le dijo: «Has juzgado correctamente». Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: «¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para Mis pies, pero ella ha regado Mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesadode besar Mis pies. No ungiste Mi cabeza con aceite, pero ella ungió Mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». Entonces Jesús le dijo a la mujer: «Tus pecados han sido perdonados». Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es Este que hasta perdona pecados?». Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz»”.
Hoy leemos la historia de una mujer que recibió gracia inmerecida. Porque a ella se le perdonó mucho, amó mucho al Señor.
Cuando nos reunimos en sitios como este y ofrecemos nuestra alabanza al Señor, hay algunos que actúan como si hubieran nacido con el don de cantar. Hay algunos a los que pareciera que les estuviera molestando la predicación de la palabra del Señor, y yo les quisiera decir que muy seguramente es una persona que entiende muy poco sobre la gracia de Dios, porque realmente una persona que entiende la Gracia Inmerecida de Dios demuestra su expresión de amor al Señor.
De manera que ahora vamos a pasarnos a Romanos 5. Quiero que entiendan hoy un pensamiento un poco más profundo acerca de la Gracia Inmerecida de Dios. Dios usa una frase tres veces en el texto de hoy, en los versos 6, 8 y 10. Él va a llamar la atención en estos tres puntos: cuando aún éramos débiles, cuando aún éramos pecadores y cuando aún éramos sus enemigos.
Alguien diría: “Yo no he sido una persona que se ha rebelado contra Dios, yo nunca he sido un enemigo de Dios”. Pero la Biblia nos describe hoy al mismo nivel en el día de hoy. Todos batallamos con debilidades, con rebelión ante el Señor; sin embargo, cuando la Gracia Inmerecida del Señor nos encontró, nos cambió.
Miremos otra vez los versículos 6 al 8. La Biblia nos dice que, mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Quiero que miren el énfasis que Pablo le está haciendo a “antes”, cuando éramos débiles.
1. Mientras éramos débiles… (v. 6-8)
Cristo murió por los impíos – v.6
La Biblia nos dice que, mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. El énfasis que Pablo le está haciendo a “antes”, cuando éramos débiles.
Me llama la atención los versículos 3 al 5 que están precediendo el texto de hoy. Pablo nos recuerda que, como cristianos, como creyentes, aprendemos a gozarnos en nuestras tribulaciones. Y aprender a regocijarnos en nuestras tribulaciones, eso trae paciencia, y esa paciencia crea carácter y trae esperanza. Y muchos creen que, antes de poder ser salvados por el Señor Jesucristo, ellos deberían primero completar las tareas que Pablo se está poniendo aquí en los versículos 3 al 5. Pero eso es imposible para una persona perdida.
Hay muchos que entran hoy a nuestras iglesias y quieren arreglar sus vidas por sí mismos. Muchos creen que “si yo puedo tener esperanza por mí mismo y dejo de hacer todas las cosas malas que he hecho, entonces cuando yo aprenda a sufrir en las tribulaciones, entonces cuando mi carácter se desarrolle, ah, entonces voy a ir a la iglesia y me voy a volver una persona religiosa”. Hoy les digo que sí están esperando por estas cosas antes de venir a la casa del Señor, nunca van a poder conectarse con el cuerpo de Cristo.
La verdad del evangelio es que el Señor Jesucristo vino a salvar al quebrantado. Cuando nosotros éramos débiles, con ninguna de estas características de los versículos 3 al 5, el Señor Jesucristo murió por nosotros. Cuando éramos débiles. La Biblia nos enseña que antes de que conociéramos al Señor Jesucristo, nosotros estábamos muertos en nuestros pecados y transgresiones; esto lo vemos en Efesios capítulo 2.
Tengo una pregunta para ustedes: ¿Qué puede hacer una persona muerta para resucitarse a sí misma? Cuando está muerto, no tiene fuerza para sí mismo, no tiene poder para volver a la vida. Solamente una persona por fuera de él puede traerlo a la vida. Solo una persona por fuera de él, una persona diferente, puede ayudarlo; una persona muerta no puede ayudarse a sí misma. De manera que cuando nosotros venimos al Señor Jesucristo, Jesucristo es ese gran hombre que nos trae a la vida. Él va allá y nos encuentra cuando estamos débiles, cuando somos pecadores. Él nos encuentra en medio de nuestras debilidades, pero sin ninguna cosa buena que nos califique para ser salvos. Y él nos llama a nosotros aun siendo débiles; Él murió por el impío. De manera que el impío pueda arrepentirse y conocerlo a Él.
Pero no solamente el Señor Jesucristo murió por nosotros; Él resucitó de entre los muertos. Si Él no hubiera resucitado de entre los muertos, Él sería otro líder religioso que murió por una causa justa. Pero es el único en toda la historia de la humanidad que ha muerto y ha resucitado nuevamente. Él dice: “Voy a deponer mi vida, pero la voy a tomar nuevamente”. ¿Para qué? Para que, a través de su fortaleza, nosotros podamos ser fuertes en nuestras debilidades.
Cristo demostró su amor – v. 8
Ahora quiero que miren en el versículo 8. La Biblia dice que Dios demostró o demuestra su amor para con nosotros. ¿Esto qué significa? Que Dios no solamente dice que nos ama, Él revela y despliega su amor para con nosotros.
¿Cuántos de ustedes en el día de hoy están casados? Ah, muy, muy bueno. Si yo le digo a mi esposa “Te amo”, pero si yo nunca demuestro ese amor, mi hablar no sirve de nada. A mi esposa no le encantan las flores y los dulces; el regalo más grande que le puedo dar a mi esposa es que yo lave los platos. Si yo le traigo flores a la casa, me dice: “Está bien, ponlas ahí, pero ponte a lavar los platos”. Sí le traigo chocolate. “Está bueno, ponlo ahí, pero ayúdame con los niños”. La manera en que yo le demuestro a mi esposa cuánto la amo es por medio del servicio hacia ella, actos de servicio que comunican mi amor hacia ella. Si yo únicamente le digo “Te amo”, pero nunca lo demuestro, ella no va a confiar en mi declaración de amor hacia ella. Mis palabras deben estar acompañadas de acción.
De manera que el Señor dice “Te amo”, pero Él además actúa justificando ese amor. Él en la cruz estira sus brazos y él dice: “Te amo, así te amo”. Él sufrió en nuestro lugar en la cruz, de manera que por medio de la fe nosotros podamos ser salvos de nuestros pecados. De manera que si tú eres un creyente en el día de hoy, has recibido la Gracia Inmerecida de Dios a pesar de haber sido débil.
2. Mientras éramos pecadores… – v. 9
Pero también han recibido la gracia de Dios cuando eran un pecado, pero aquí hay una observación que yo quisiera hacer. Cuando nosotros éramos pecadores… Cuando alguien viene al Señor Jesucristo, debe haber un cambio en su vida. No estoy seguro acerca de cómo son las realidades aquí en Colombia, pero puedo decirte cómo son en Estados Unidos. Yo conozco muy bien el sureste de los Estados Unidos; hay muchos allá en el sureste de los Estados Unidos que dicen “Yo amo al Señor”, pero sus acciones y la demostración de ese amor nunca se ven, y nunca ha habido un verdadero cambio en su vida que despliegue que Jesucristo es ahora su Señor. De manera que si alguien realmente viene a conocer al Señor Jesucristo, debe tener un cambio. Debo establecer esto claramente en el día de hoy.
Sin embargo, antes de que ustedes supieran que necesitaban del Señor Jesucristo, el Señor Jesucristo hizo algo por nosotros que nada más Él puede hacer. Vamos a escuchar lo que dice el versículo 9: “Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él”.
Cristo nos justificó por su sangre – v.9a
La Biblia dice que los creyentes han sido justificados por la sangre del Señor Jesucristo. Dios es perfectamente santo, y siendo perfectamente santo, también es justo; sus juicios son justos y perfectos. Entonces cuando Él mira en el pecado, cuando mira al corazón del hombre, Él mira nuestro pecado, ve nuestro pecado. Porque la Biblia nos recuerda que todos hemos pecado y hemos caído de la gloria, de la gracia de Dios.
Ahora tenemos un problema: tenemos un Dios justo y santo y tenemos un hombre pecador. Hay un espacio, hay un abismo entre el Señor y nosotros. Y únicamente el Señor Jesucristo puede unir al hombre pecador con Dios.
Yo tengo una ilustración algo humorística sobre la justificación. No que la justificación sea algo chistoso, pero esta ilustración es cómica para mí. Estamos en estos días derribando esa pared. Estuvimos usando una cortadora de cemento, un polvero por todas partes. Mi barba se volvió roja, toda mi ropa llena de polvo. Y mira, yo me sentía mal porque me tenía que sentar en el carro del pastor; todos estábamos mugrosos, todos estábamos listos para tomar una ducha. Y yo lo que hice, apenas entré en la casa, fue subir corriendo a tomarme una ducha. Y me di cuenta de algo que estaba pasando a medida que me caía agua en la cabeza: el agua no era limpia, el agua estaba bien turbia. Yo no sabía que el agua podía ser tan turbia, pero ya me di cuenta de que sí. Mejor dicho, vamos a ponerle “el agua polvorosa”. Cuando tú te pones a cortar paredes aquí, vas a tener agua polvorosa en casa.
Y todo ese polvo, ese tierrero, empezó a caer en el piso de la ducha. Pero se me ocurrió algo en ese momento: ese es el retrato de la justificación. Cuando yo vengo al Señor Jesucristo, yo vengo a Él sucio, mugroso; el polvo de este mundo me tiene cubierto. Pero no es solamente aquí en la piel y en la barba, es adentro, en lo más profundo de mi alma. El polvo de este mundo está tan en el fondo que únicamente el Señor Jesucristo puede llegar tan profundo.
Pero recuerda lo que te dije: alguien por fuera de mí tiene que hacer esto por mí. Yo no me vuelvo limpio nada más por estar ahí en la ducha. Sería absurdo estar ahí mirando la ducha y decir “Ay, soy limpio, soy limpio”. Tú necesitas usar agua limpia y buen jabón. Necesitamos algo por fuera para limpiarnos. De manera que hay muchos que vienen a la iglesia y dicen: “Ay, yo me puedo parar ahí o sentar ahí y ya con eso voy a ser limpio”. Venir a la iglesia no te va a limpiar, servir en la iglesia no te va a limpiar, volverte una mejor persona no te va a limpiar.
Únicamente el poder santificador del Señor Jesucristo puede limpiar nuestro corazón; únicamente la Gracia Inmerecida de Dios puede salvarnos; únicamente el amor del Señor Jesucristo puede perdonarnos.
Cristo nos salvó de la ira de Dios – v. 9b
Y mientras nosotros aún éramos pecadores, Jesús nos salvó. Pero, ¿de qué nos salva el Señor Jesucristo? Si yo viniera corriendo hacia acá, hacia el púlpito y dijera “Yo soy salvo”, alguien que no venga a la iglesia va a decir: “¿Salvo de qué? ¿Alguien te estaba persiguiendo? ¿Alguien te estaba tratando de robar? ¿Tu vida está en peligro?”.
Cuando nosotros decimos “soy salvo”, ¿qué significa eso? Cuando la Biblia dice que nosotros somos salvos en Jesucristo, nosotros somos salvos del juicio de Dios en contra de nuestro pecado. Es por eso que está el Señor Jesucristo muriendo en una cruz por nosotros. Él está aguantando en sí mismo, soportando en sí mismo la ira de Dios. Él está recibiendo en sí mismo la ira de Dios, el justo juicio de Dios por nuestros pecados. Y a través de su muerte en la cruz, el creyente puede ser justificado por sus pecados.
3. Mientras éramos enemigos… – v. 10-11
De manera que a los creyentes, Dios da gracia cuando aún éramos débiles, cuando nosotros éramos pecadores también. Y en los versículos 10 al 11: cuando aún éramos sus enemigos.
Pero bueno, pregúntense esto: ¿por qué la Biblia nos describe como su enemigo? Aquí está el porqué: “Antes de yo venir al Señor Jesucristo, a mí lo único que me importaba era yo mismo. A mí me importaba lo que yo quería, mis necesidades, mis deseos. Pero cuando yo vengo al Señor Jesucristo, todo esto cambia. Pero en mi vida anterior, esa vida anterior antes de Cristo, me hacía un enemigo de Dios. A mí realmente no me importaban las cosas de Dios, a mí realmente no me importaba obedecer las cosas de Dios”.
Y el Señor Jesucristo dice: “O tú estás conmigo o estás contra mí”. No tomar una decisión por el Señor Jesucristo es tomar una decisión en contra de Él. Muchos permanecen indiferentes en cuanto al Señor Jesucristo. Dicen: “Yo estoy bien si hay alguna persona que ame al Señor, pero yo no creo que eso sea para mí”. No decidir es decidir.
Hoy ustedes tienen una decisión que tomar, hoy tienen la oportunidad de tomar una decisión por el Señor Jesucristo, y esta es la decisión que deben tomar: voy a aceptar lo que el Señor Jesucristo hizo para reconciliarme con Dios.
Cristo nos reconcilió con Dios – v.10
Cuando pensamos en esto de la reconciliación, debemos poner en nuestra mente dos personas que están en conflicto. Y yo creo que las Escrituras nos retratan perfectamente ese conflicto. Vámonos a Lucas, capítulo 15, el versículo 11.
Yo quiero que… Tienen que saber esto acerca de tu pastor: este hombre realmente sabe de arte. ¿Tú sabías que él tiene una copia de un cuadro de Rembrandt en su casa? Yo no tenía ni idea de que él amaba tanto el arte; yo nunca he seguido el arte. Pero cuando el pastor de ustedes empezó a describir esta obra de arte, empecé a amar el arte. Y entonces el pastor describe esta misma historia del capítulo 15 de Lucas.
Vamos a leer los versículos 11 al 30 de Lucas 15: “Jesús añadió: Cierto hombre tenía dos hijos y el menor de ellos le dijo al Padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió sus bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país, y él lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Entonces, volviendo en sí, dijo: ‘¿Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre? Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, hazme como uno de tus trabajadores’. Levantándose, fue a su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo’. Pero el Padre dijo a sus siervos: ‘Pronto, traigan la mejor ropa y vístanlo, póngale un anillo en su mano y sandalias en los pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo y comamos y regocijémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron a regocijarse”.
Bueno, ese es el mejor retrato de la reconciliación de Dios. El hijo menor era un enemigo de su padre. En los tiempos bíblicos, si tú pedías por tu herencia antes de que tu padre muriera, es el equivalente a hoy decirle a tu papá: “Espero que te mueras”. A este hijo menor realmente no le importaba su padre. Pero el versículo 17 nos da una gran frase: “pero cuando él entró en sí mismo”. Él empezó a pensar: “Cuán bueno es mi padre, mi padre provee, mi padre me va a proteger. Ah, voy a regresar a él, así sea como esclavo”.
Cristo nos trajo gozo – v.11
¿Y qué vemos que hace el padre? Él corre a su hijo y se regocija de que su hijo ha venido a casa.
Esa es la gracia reconciliadora de Dios. Y si estás en el día de hoy, piensa: eso no es realmente justo, ¿por qué Dios me daría semejante gracia a mí? ¿Por qué Dios me perdonaría tanto? Y si tú te sientes de esa manera, estás empezando a entender la gracia inmerecida. Nunca vas a poder ganártela, pero el Señor Jesucristo la da porque cuando Jesucristo dice “Te amo”, actúa a partir de lo que dice.
Oremos. Pido que el evangelio toque corazones en el día de hoy. A los creyentes en esta sala, te pido que los creyentes tengamos un amor aún más profundo por ti. Y para los no creyentes en el día de hoy, te pido que el evangelio despierte sus corazones. Señor, que tú traigas esa alma de muerte a vida y les ayudes a entender que, mientras eran débiles, que a pesar de que son pecadores, que a pesar de que su vida es una rebelión en contra de Dios, hay gracia inmerecida para perdonar, para reconciliar, para justificar, para salvar. Oh Señor, y traernos a ti mismo. Pedimos esto en Cristo Jesús. Amén.
