¿Recuerdas el cuento de Hänsel y Gretel? Dos niños abandonados en el bosque que van dejando piedras blancas en el camino para poder regresar a casa. Es una imagen sencilla pero que ilustra algo que vemos en el pasaje de hoy. Dios está dando instrucciones detalladas para construir el tabernáculo, y cuando uno mira todo esto desde arriba, desde el panorama completo de la Biblia, lo que encuentra es algo conmovedor: son las señales que Dios va dejando en el camino para que el hombre pueda regresar al hogar del que fue expulsado por su pecado.
Entendiendo el pasaje
Éxodo 26 describe la construcción de la tienda donde Dios habitaría en medio de Israel. Los detalles son minuciosos: diez cortinas de lino torcido en azul, púrpura y carmesí con querubines bordados a mano. Encima, capas de pelo de cabra, pieles de carnero teñidas de rojo y una cubierta exterior para proteger de la lluvia. Las paredes eran cuarenta y ocho tablones de madera de acacia revestidos de oro, cada uno con bases de plata. Todo perfectamente ensamblado para poder ser transportado por el desierto.
Pero hay un elemento que merece atención especial: el velo. Una cortina gruesa de lino con querubines bordados que dividía el interior en dos espacios. De un lado quedaba el lugar santo, con la mesa de los panes y el candelabro. Del otro, el lugar santísimo, donde reposaba el arca del pacto y donde descendía la presencia de Dios. Ese velo era un límite. Nadie podía cruzarlo excepto el sumo sacerdote, una vez al año, y solo con sangre de sacrificio.
Tres verdades bíblicas
- Dios preparó un espacio para habitar con su pueblo — Piensa en lo que esto significa. El Dios que creó el universo le dice a un pueblo de esclavos recién liberados: quiero vivir entre ustedes. No sobre ellos, no lejos de ellos, sino en medio de ellos. Cada tablón, cada cortina, cada broche de oro era parte de esa declaración. Y fíjate que el diseño viene de Dios, no del pueblo. Es Dios quien toma la iniciativa de acercarse. Eso dice mucho de su carácter, porque nosotros por nuestra cuenta jamás hubiéramos podido diseñar un camino hacia él.
- Los materiales del tabernáculo son ecos del hogar perdido — Hay un detalle que vale la pena notar. Las pieles de animales, los querubines bordados, las piedras preciosas, la madera fina… todo esto recuerda al Edén. En el jardín, Dios cubrió a Adán y Eva con pieles de animales sacrificados. En la entrada del Edén puso querubines para custodiar el camino al árbol de la vida. Ahora, en pleno desierto, vuelven a aparecer pieles cubriendo la presencia de Dios y querubines bordados en las cortinas. Es como si Dios le estuviera diciendo a su pueblo: estoy construyendo un pequeño Edén portátil para ustedes. Todavía no es el hogar completo, pero es una señal de que el camino de regreso existe.
- El velo señalaba una separación que un día sería quitada — Los querubines en el velo cumplían la misma función que los querubines en la puerta del Edén: recordar que el pecado separa al hombre de la presencia plena de Dios. Nadie podía cruzar ese velo por su cuenta. Pero esa barrera no iba a estar ahí para siempre. Siglos después, cuando Jesús murió en la cruz, el evangelio de Mateo registra que el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. No fue un hombre quien lo rompió; fue Dios. La última barrera entre él y su pueblo quedó abierta de par en par. Cada señal en ese camino de regreso apuntaba a Cristo: él es el cordero cuya sangre permite el acceso, él es la presencia de Dios hecha carne, y por medio de él el camino al Padre quedó despejado para siempre.
Reflexión y oración
El tabernáculo no era solo una estructura en el desierto. Era la promesa visible de que Dios no se había olvidado de traernos de vuelta a casa. Y aunque todavía no vemos su presencia cara a cara, vivimos con la certeza de que el camino está abierto y de que un día llegaremos al hogar que él ha preparado.
Padre, gracias porque tú eres quien toma la iniciativa de acercarse a nosotros. Gracias porque en Cristo el velo fue quitado y podemos venir a tu presencia con confianza. Ayúdanos a vivir hoy con los ojos puestos en ese hogar que nos espera, sin perder de vista las señales que has dejado en el camino. Amén.
