Consagrados para servir

«Esto es lo que les harás para consagrarlos para que me sirvan como sacerdotes: toma un novillo y dos carneros sin defecto.» (Éxodo 29:1, NBLA)

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Hay una diferencia entre estar invitado a una casa y vivir en ella. El invitado entra, disfruta un rato y se va. El que vive ahí tiene responsabilidades, rutinas, una manera de habitar ese espacio todos los días. En el capítulo anterior vimos que Dios escogió a los sacerdotes y los vistió para acercarse a su presencia. Pero vestirlos no era suficiente. Antes de que pudieran servir, necesitaban pasar por un proceso de consagración. Y lo que ese proceso revela es que ni siquiera los escogidos por Dios podían presentarse ante él con sus propios méritos.

Entendiendo el pasaje

Éxodo 29 describe paso a paso cómo Aarón y sus hijos debían ser consagrados. Primero, Moisés preparaba las ofrendas, un novillo y dos carneros sin defecto, junto con panes sin levadura ungidos con aceite. Luego los sacerdotes eran traídos a la entrada del tabernáculo y lavados con agua como señal de purificación. Después venían las vestiduras y el aceite de unción derramado sobre la cabeza de Aarón.

Pero la consagración no terminaba ahí. Venía una segunda etapa que involucraba sacrificios. Aarón y sus hijos ponían las manos sobre el novillo, transfiriendo simbólicamente el pecado del pueblo al animal, y luego este era sacrificado. Los dos carneros seguían después, uno como ofrenda de consagración y otro como ofrenda de paz. Un detalle que vale la pena notar es que la sangre del carnero se ponía en el lóbulo de la oreja derecha del sacerdote, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho. Lo que oía, lo que tocaba, lo que pisaba quedaba marcado por la sangre del sacrificio.

Tres verdades bíblicas

  1. Aun los sacerdotes necesitaban ser purificados — Esto es algo que podríamos pasar por alto si no nos detenemos a pensarlo. Los sacerdotes eran los escogidos, los que Dios había llamado y vestido para el servicio. Y aun así, antes de poder hacer cualquier cosa, necesitaban ser lavados, ungidos y cubiertos por la sangre de un sacrificio. Ellos no podían purificarse a sí mismos. Eso nos enseña algo que aplica directamente a nuestra vida. El servicio a Dios nunca empieza con lo que nosotros hacemos para él, sino con lo que él hace en nosotros. Antes de ministrar hay que ser ministrado. Antes de servir hay que ser servido. Y esa obra de limpieza y preparación viene siempre de la mano de Dios, no de nuestro esfuerzo.
  2. La sangre del sacrificio tocaba todo el ser del sacerdote — La oreja, la mano y el pie. Cada parte representaba un aspecto de la vida del sacerdote que quedaba consagrado. Lo que escuchaba, lo que hacía con sus manos y los lugares donde caminaba, todo eso ahora pertenecía a Dios. La carta a los Hebreos nos dice que nosotros hemos sido purificados de una manera mucho más profunda. La sangre de los corderos se aplicaba en lo externo, pero Cristo nos purificó el corazón, desde el centro mismo de lo que somos. No se trata de gestos simbólicos en partes del cuerpo sino de una transformación que alcanza nuestras motivaciones, nuestros pensamientos y nuestros afectos.
  3. Todo creyente es sacerdote en lo que hace cada día — Una de las ideas más liberadoras que la Reforma protestante recuperó fue justamente esta, que todo creyente es sacerdote delante de Dios. Pedro lo afirma cuando dice que somos sacerdocio, un pueblo adquirido para anunciar las virtudes de Dios. Y eso significa que no hay una división entre lo sagrado y lo secular en la vida del creyente. El carpintero que trabaja la madera con honestidad está sirviendo a Dios. La madre que levanta a sus hijos con paciencia está ministrando ante su presencia. El estudiante que se esfuerza por aprender está honrando al Creador. Vivir con esa conciencia le da un peso distinto a las cosas cotidianas, porque ya nada se hace simplemente por obligación o por costumbre, sino ante los ojos de Dios.

Reflexión y oración

Los sacerdotes del Antiguo Testamento necesitaban repetir sacrificios constantemente porque ninguno de ellos podía resolver de manera definitiva el problema del pecado. Pero Cristo, nuestro sumo sacerdote, se ofreció una sola vez y con eso abrió el camino para siempre. Gracias a él podemos acercarnos a Dios con corazón sincero y en plena certidumbre de fe, con nuestro corazón purificado y nuestro cuerpo lavado con agua pura. Esa es la vida del sacerdote que Dios ha hecho de cada uno de nosotros.

Padre, gracias porque en Cristo hemos sido lavados, consagrados y hechos sacerdotes delante de ti. Ayúdanos a vivir cada día con la conciencia de que todo lo que hacemos es delante de tu presencia. Que nuestro trabajo, nuestras relaciones y nuestras decisiones reflejen que hemos sido apartados para tu gloria. Amén.

Lecturas del plan

Éxodo 29, Juan 8, Proverbios 5, Gálatas 4

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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