La renovación del pacto

«Entonces el Señor dijo: “Voy a hacer un pacto. Ante todo tu pueblo haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra ni entre nación alguna; y todo el pueblo entre el cual tú te encuentras verá la obra del Señor, porque es algo temible lo que Yo voy a hacer contigo”.» (Éxodo 34:10, NBLA)

Compartir:

La Real Academia define la palabra fiel como alguien que guarda fe, que es constante en sus afectos y no defrauda la confianza depositada en él. Buena definición, pero cuando hablamos de Dios se queda corta. Porque la fidelidad entre seres humanos suele ser condicional. Si una de las partes rompe el compromiso, la otra queda liberada. Pero Dios no funciona así. Él permanece fiel a su pacto en razón de quién es él, independientemente de lo que haga la otra parte. Y eso es exactamente lo que vemos en Éxodo 34.

Entendiendo el pasaje

El pueblo había roto el pacto adorando el becerro de oro. Moisés rompió las tablas de la ley como señal visible de esa ruptura. Dios perdonó al pueblo gracias a la mediación de Moisés y accedió a que su presencia fuera con ellos. Pero la relación todavía necesitaba ser formalizada de nuevo. Dios no se relaciona con su pueblo de manera informal. Necesitaba un pacto, con condiciones claras, compromisos de ambas partes y un documento escrito.

Así que por séptima vez Dios llama a Moisés al monte. Esta vez, Moisés sube con dos tablas nuevas en blanco. Y cuando Dios desciende, lo primero que hace no es dictar las condiciones sino revelarse a sí mismo. «El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable.» Moisés se postró y adoró. Antes de renovar el pacto, Dios le recordó quién es él. Y ese recordatorio fue suficiente para que Moisés clamara «vaya el Señor en medio de nosotros, aunque el pueblo sea terco».

Tres verdades bíblicas

  1. La fidelidad de Dios no depende de la nuestra — Dios no tenía ninguna obligación de restaurar esta relación. El pueblo fue infiel. Rompió el pacto a cuarenta días de haberlo firmado. Si esto fuera un matrimonio humano, nadie culparía al esposo por irse. Pero Dios decidió quedarse. Y la razón no está en algo que el pueblo hiciera o prometiera hacer mejor, sino en el carácter mismo de Dios. Él es compasivo, clemente, lento para la ira. Eso no significa que sea blando con el pecado. Él mismo aclara que no tendrá por inocente al culpable. Pero su misericordia es mayor que nuestra rebeldía. Cuando pecamos y la voz que escuchamos nos dice que todo está perdido, que ya no tiene sentido volver al Señor, esa es una mentira. Dios no desprecia el corazón contrito y humillado. Él está dispuesto a restaurar la relación con aquellos que genuinamente se arrepienten.
  2. Dios restaura la relación, pero siempre dentro de un pacto —Nota que Dios no simplemente dijo «los perdono, sigamos adelante». Hubo un proceso. Nuevas tablas, nuevas condiciones escritas, cuarenta días en el monte. Si volvemos a la imagen del matrimonio, es como un esposo que decide volver a casa después de la infidelidad de su esposa, pero no en una unión informal. Van a la notaría y firman un nuevo documento con los mismos compromisos. El pacto incluía las mismas demandas de siempre, no adorar otros dioses, no hacer imágenes, guardar las fiestas, presentar ofrendas, respetar el día de reposo. Dios conoce nuestra propensión al desvío, y sus leyes funcionan como cercas que nos protegen de correr hacia nuestros propios pecados. Pero algo cambió en esta segunda ceremonia. Esta vez el pacto tenía un mediador explícito. Dios lo hizo con Moisés como representante del pueblo. Y eso nos apunta a algo mayor, porque nuestro pacto con Dios también tiene un mediador, y es Cristo.
  3. La gloria del nuevo pacto sobrepasa la del antiguo — Cuando Moisés bajó del monte después de esos cuarenta días, su rostro resplandecía. Él no lo sabía, pero el pueblo podía verlo. La gloria de Dios se había impregnado en él por haber estado en su presencia. Era la señal visible de que el pacto había sido renovado. Pero Pablo, al comentar esta escena en su carta a los Corintios, hace una observación que cambia la perspectiva. Esa gloria se desvanecía. Moisés tenía que cubrirse el rostro con un velo porque el resplandor era temporal. En cambio, dice Pablo, nosotros con el rostro descubierto contemplamos la gloria del Señor y somos transformados de gloria en gloria por el Espíritu. La gloria que Moisés experimentó era pasajera. La que nosotros recibimos en Cristo es permanente y creciente. El Espíritu que mora en nosotros es la gloria de Dios habitando en nuestras vidas. Y cada vez que contemplamos el evangelio, cada vez que miramos a Cristo, esa gloria nos va transformando en su imagen.

Reflexión y oración

Éxodo 34 es un capítulo de restauración. Las tablas rotas fueron reemplazadas. El pacto fue renovado. La presencia de Dios volvió al pueblo. Pero todo eso fue sombra de algo mejor. El pacto que tenemos en Cristo es nuevo y está basado en mejores promesas, con un mediador perfecto y una gloria que no se desvanece. Moisés reflejaba la gloria de Dios en su rostro después de estar con él. Nosotros la llevamos dentro por el Espíritu.

Padre, gracias por tu fidelidad que no depende de la nuestra. Gracias porque cuando rompimos el pacto, tú decidiste restaurarlo a un costo inmenso. Ayúdanos a contemplar tu gloria en el evangelio y a ser transformados cada día más a la imagen de Cristo por tu Espíritu. Amén.

Lecturas del plan

Éxodo 34, Juan 13, Proverbios 10, Efesios 3

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

Escúchanos en

Disponible en todas las plataformas

WhatsApp

Canal diario

YouTube

Video devocional

Spotify

Podcast de audio