cBezalel era un artesano. Sabía trabajar la madera, fundir metales y dar forma al oro con precisión. Pero lo que estaba construyendo iba mucho más allá de lo que sus ojos podían ver. Él seguía instrucciones, medía codos, revestía acacia con oro, tallaba querubines. Obedecía el diseño al detalle. Pero cada pieza que salía de su taller era una palabra en un mensaje que Dios estaba escribiendo para siglos futuros. Bezalel construía mobiliario. Dios estaba anticipando el evangelio.
Entendiendo el pasaje
Éxodo 37 describe la construcción de los cuatro muebles que irían dentro del tabernáculo. Bezalel fabricó el arca del pacto con su tapa de oro y los dos querubines, la mesa de los panes de la proposición con todos sus utensilios, el candelabro de oro puro labrado a martillo con sus siete lámparas, y el altar del incienso revestido de oro. Cada pieza seguía exactamente las especificaciones que Dios había dado a Moisés en el monte. No hubo variaciones ni improvisaciones. Bezalel obedeció y construyó.
Pero lo que hace especial a este capítulo no es la repetición de las medidas sino lo que cada objeto representaba. Estos no eran muebles decorativos. Eran sombras de una realidad que vendría siglos después, y que nosotros hoy podemos ver con claridad.
Tres verdades bíblicas
- El arca y el propiciatorio son el lugar donde Dios se encuentra con la sangre antes que con la ley — Dentro del arca estaban las tablas de la ley, los mandamientos que el pueblo había transgredido. Sobre el arca estaba la tapa de oro, el propiciatorio, con dos querubines mirando hacia abajo. Una vez al año, el sumo sacerdote rociaba sangre del sacrificio sobre esa tapa. Y cuando Dios descendía a encontrarse con su pueblo, antes de ver la ley quebrantada que estaba dentro del arca, veía la sangre que cubría la tapa. Eso es propiciación. La sangre se interponía entre la justicia de Dios y el pecado del pueblo. Bezalel construyó una caja de madera revestida de oro. Pero lo que estaba fabricando era una imagen de lo que Cristo haría en la cruz. Pablo lo dice con claridad en Romanos, que Dios puso a Cristo como propiciación por medio de la fe en su sangre. La sangre de Cristo es lo que Dios ve cuando mira nuestro pecado. Ya no ve la ley transgredida sino el sacrificio que la cubrió.
- La mesa y el candelabro hablan de un Dios que provee y alumbra permanentemente — Bezalel fabricó una mesa donde habría pan disponible de manera continua y un candelabro con siete lámparas que debían estar encendidas siempre. Pan que no faltaba y luz que no se apagaba. Dos señales constantes de que Dios estaba presente y se ocupaba de su pueblo. Siglos después, Jesús diría «yo soy el pan de vida, el que viene a mí no tendrá hambre» y «yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas». Lo que Bezalel construyó con madera y oro, Cristo lo cumplió con su vida. Él es la provisión que no se agota y la luz que no se apaga.
- El altar del incienso ante el velo anticipa una intercesión que nunca se detiene — El último mueble que Bezalel construyó fue un pequeño altar de oro ubicado justo frente al velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. Allí se quemaba incienso cada mañana y cada tarde. El humo subía constantemente delante de la presencia de Dios. Era la señal visible de que alguien estaba mediando entre Dios y su pueblo de manera permanente. La carta a los Hebreos nos dice que Cristo vive siempre para interceder por los que se acercan a Dios por medio de él. Nuestro sumo sacerdote no intercede con humo de incienso sino con su propia vida resucitada. Y a diferencia del altar que Bezalel construyó, esa intercesión no necesita ser renovada porque nunca se detiene.
Reflexión y oración
Bezalel probablemente nunca entendió la magnitud de lo que estaba construyendo. Él veía madera, oro y lino. Nosotros vemos a Cristo. Todo lo que había dentro del tabernáculo apuntaba a una sola persona. Y esa persona hoy está viva, intercediendo por nosotros ante el Padre.
Padre, gracias porque cada detalle de tu Palabra apunta a Cristo. Gracias porque antes de ver nuestra ley transgredida, tú ves la sangre de tu Hijo cubriéndonos. Que vivamos conscientes de que tenemos provisión que no se agota, luz que no se apaga y un intercesor que nunca deja de clamar por nosotros. Amén.
