Ayer vimos la consagración de Aarón. Fue lavado, vestido, ungido y apartado para servir a Dios. Pero una cosa es ser consagrado y otra es comenzar a servir. Hoy llega ese momento. Levítico 9 narra el primer día de ministerio sacerdotal de Aarón, y lo que sucede al final del capítulo es una de las escenas más impactantes de todo el Antiguo Testamento. Dios responde con fuego.
Entendiendo el pasaje
Moisés le dijo a Aarón que se acercara al altar y ofreciera los sacrificios. Pero hay un orden que no se puede pasar por alto. Antes de ofrecer por el pueblo, Aarón tuvo que ofrecer por sí mismo. Primero un becerro como ofrenda por su propio pecado, y un carnero como holocausto. Solo después de resolver su propia cuenta con Dios pudo pararse frente al pueblo y ofrecer en nombre de ellos. Entonces ofreció la ofrenda por el pecado del pueblo, el holocausto, la ofrenda de cereal y el sacrificio de paz. Todo lo que habíamos estudiado en los capítulos anteriores se pone en marcha aquí por primera vez.
Cuando terminó, Aarón levantó las manos hacia el pueblo y lo bendijo. Después entró con Moisés a la tienda de reunión y salieron a bendecir al pueblo nuevamente. Y en ese momento la gloria del Señor se apareció a todo el pueblo. Salió fuego de la presencia de Dios y consumió el holocausto y las porciones de grasa sobre el altar. La reacción del pueblo fue inmediata. Gritaron de júbilo y cayeron rostro en tierra.
Tres verdades bíblicas
- El mediador humano era parte del problema — Aarón, el hombre que Dios escogió para representar al pueblo ante él, necesitó sacrificio por su propio pecado antes de poder interceder por otros. El sacerdote no estaba por encima del problema. Era parte de él. Tenía que resolver su propia culpa antes de poder manejar la de los demás. Eso nos dice algo sobre la limitación de todo liderazgo humano. Cualquier persona que sirve de mediador entre Dios y otros lo hace desde su propia fragilidad. Pastores, líderes, padres, personas que sirven en cualquier área, todos necesitamos gracia antes de poder ofrecer gracia. Y esa es precisamente la razón por la que necesitábamos un sacerdote diferente. Cristo no ofreció por su propio pecado porque no tenía pecado. Él es el único mediador que no es parte del problema que viene a resolver.
- Dios respondió con fuego porque aceptó lo que se le ofreció — El fuego que cayó del cielo no fue un espectáculo para impresionar al pueblo sino la respuesta de Dios. Su manera de decir «acepto esto, estoy aquí, el culto que me ofrecen es válido». Eso es algo que a veces olvidamos. La adoración no es un monólogo. Cuando el pueblo de Dios se acerca como él ha mandado, con los sacrificios correctos, a través del mediador que él designó, Dios responde. Se hace presente. Valida la relación. Piensa en lo que eso significó para Israel. Un pueblo que meses atrás estaba haciendo ladrillos en Egipto ahora ve fuego salir de la presencia de Dios consumiendo la ofrenda sobre el altar. El Dios que los sacó de Egipto, que abrió el mar, que los alimentó con maná, ahora les confirma que el sistema de adoración funciona, que el camino de acceso está abierto, que él quiere estar con ellos. Y ese mismo Dios sigue respondiendo hoy cuando nos acercamos a él a través de Cristo.
- La respuesta correcta ante la presencia de Dios es asombro — Mira la reacción del pueblo gritaron de júbilo y cayeron rostro en tierra. Es una mezcla de gozo y temor reverente que hoy casi hemos perdido. Es muy cierto que la familiaridad con las cosas de Dios puede quitarnos el asombro. Cantamos canciones sobre su gloria sin estremecernos. Hablamos de su presencia como si fuera algo que podemos controlar o invocar a voluntad. Pero cuando Israel vio la gloria de Dios manifestarse, la respuesta fue caer al suelo. No porque tuvieran miedo de un Dios cruel, sino porque entendieron ante quién estaban. Ese equilibrio entre gozo y reverencia es algo que necesitamos recuperar. Dios no es un concepto teológico, es el Dios vivo que consume ofrendas con fuego y que merece que nos postremos cuando nos damos cuenta de que él está presente.
Reflexión y oración
Levítico 9 nos muestra un Dios que responde. Que no se queda callado cuando su pueblo se acerca como él ha indicado. Pero también nos muestra que acercarnos a él requiere un mediador, y que el mediador humano siempre fue insuficiente. Aarón necesitó sacrificio por sí mismo. Cristo no. En él tenemos acceso directo, sin intermediarios imperfectos, sin necesidad de que alguien resuelva primero su propia cuenta antes de presentar la nuestra.
Padre, gracias porque respondiste con fuego cuando tu pueblo se acercó a ti. Gracias porque sigues respondiendo cuando nos acercamos a través de Cristo. Devuélvenos el asombro ante tu presencia. Que no nos acostumbremos a tu gloria, que no tomemos como rutina lo que debería postrarnos. Recuérdanos quién eres. Amén.
