En la sangre está la vida

«Porque la vida de toda carne es su sangre; por eso he dicho a los israelitas: No comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre. Todo el que la coma será eliminado.» (Levítico 17:14, NBLA)

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Ayer estuvimos en el centro del libro. El Día de la Expiación, los dos machos cabríos, la sangre rociada ante el propiciatorio. Era el momento más solemne del calendario de Israel. Y hoy, Levítico 17, podría parecer un paso hacia atrás, como si el texto retrocediera hacia regulaciones más pequeñas después de haber llegado a la cumbre.

Pero fíjate bien en lo que está pasando aquí. Este capítulo no retrocede. Es el puente que conecta todo lo que vino antes con todo lo que viene después. Lo que ocurría dentro del tabernáculo ahora empieza a desbordarse hacia afuera, hacia el campo abierto, hacia la vida cotidiana, hacia los hogares. Y la pregunta que organiza el capítulo es una sola: ¿qué haces con la sangre?

Entendiendo el pasaje

Levítico 17 establece una regla que sorprende por su alcance. Las órdenes de Moisés se dirigen a toda la comunidad sin distinción, desde Aarón hasta el último israelita, e incluso a los extranjeros que vivían entre ellos. La santidad no era un asunto reservado para los sacerdotes. Todos estaban incluidos. Y la instrucción central era esta: cualquier animal que se sacrifique debe traerse a la puerta del tabernáculo. No en campo abierto, no en el lugar que uno prefiera, no siguiendo las costumbres de los pueblos vecinos.

¿Por qué tanta insistencia en el lugar? El texto lo dice en el versículo 7: Israel tenía la tentación de ofrecer sacrificios a los demonios en campo abierto, adoptando prácticas de las culturas de alrededor. Una espiritualidad a la medida del adorador, diseñada para satisfacer los instintos de cada quien. Dios cierra esa puerta sin rodeos, porque el problema no era la falta de entusiasmo religioso, sino la fuente de autoridad. Quién determina cómo se acerca uno a Dios, eso es lo que está en juego.

La segunda parte del capítulo desarrolla algo todavía más directo. Nadie en Israel podía comer sangre. El versículo 11 es la clave de todo: «la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar». Ahí está. La sangre no es solo un fluido biológico en el lenguaje de Dios, en la mente del judío, la sangre solo s podía asociar a una sola cosa, el sacrificio y no debía tener ningún otro uso. Desde el pacto con Noé en Génesis 9, Dios estableció que la sangre tenía un peso especial que no podía tratarse a la ligera.

Tres verdades bíblicas

  1. La santidad alcanza todos los rincones de la vida — Lo que Dios le dice a Israel aquí es que no hay zonas exentas. El tabernáculo era el corazón de la vida santa, sí, pero la santidad no se queda encerrada ahí adentro. Sale. Se extiende al campo, a la cocina, a la manera en que cazas un animal, a lo que haces con su sangre cuando lo matas. Eso es exactamente lo que Dios sigue diciéndonos hoy. La fe no opera en un compartimento separado de lo que vives cada día. Si solo eres una persona distinta dentro del templo los domingos, algo en el corazón todavía no ha entendido el llamado a la santidad.
  2. La sangre no es un asunto dietético, es un asunto teológico — Cuando lees que Israel no podía comer sangre, la pregunta obvia es por qué. Y la respuesta del texto no tiene nada que ver con salud ni con higiene. El versículo 11 lo dice directamente: «la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado para hacer expiación». La sangre no se consume porque no te pertenece. Es el portador de la vida, y la vida le pertenece a Dios. Él la dio, él la designó para un propósito específico — la expiación — y ese propósito no se puede redirigir ni apropiarse. Lo que parece una restricción alimentaria es en realidad una declaración sobre quién es el dueño de la vida. Y esa convicción tiene implicaciones que van mucho más allá de lo que uno come. Si la vida de toda carne le pertenece a Dios, entonces ninguna vida es descartable, ninguna vida se puede tomar a la ligera. La prohibición de comer sangre en Levítico es la raíz de algo que el Nuevo Testamento confirma: toda vida tiene dignidad porque toda vida tiene un dueño, y ese dueño no somos nosotros. Este es el principio detrás. Para nosotros hoy el tema no está en el cumplimiento de esta regla en los tipos de alimentos que consumimos sino en nuestra actitud frente a la vida del prójimo en todo momento y eso incluye la concepción.
  3. La expiación no se improvisa — Hay algo que llama la atención en la frase del versículo 11: «yo os la he dado para hacer expiación». La sangre que cubre el pecado no es algo que Israel encontró ni inventó. Es algo que Dios proveyó y designó. El lugar, el animal, el procedimiento, todo venía de él. La reconciliación con Dios no sigue los términos del pecador, sigue los términos de Dios. Y eso, que podría sonar restrictivo, es en realidad la mejor noticia posible: la expiación es segura porque no depende de que tú lo hagas suficientemente bien. Depende de que Dios proveyó lo que hacía falta. Eso es lo que vemos cumplido en Cristo: una sola vez, en un solo lugar, por una sola persona, la sangre fue derramada de manera definitiva.

Reflexión y oración

La próxima vez que leas una de estas regulaciones de Levítico y sientas la tentación de saltarla, detente un momento. Detrás de cada una hay una convicción sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros. La sangre importa porque la vida importa. Y la vida importa porque tiene un dueño.

Padre, gracias porque no nos dejaste buscando la manera de acercarnos a ti por nuestros propios medios. Tú proveyste lo que hacía falta. La sangre que habla mejor que la de Abel habló por nosotros. Ayúdanos a vivir hoy con esa certeza, sabiendo que la expiación es tuya y que a ti le pertenece nuestra vida entera. Amén.

Lecturas del plan

Levítico 17, Salmos 20-21, Proverbios 31, 1 Timoteo 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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