La sexualidad: libre pero no para el pecado

«No haréis como hacen en la tierra de Egipto donde habitasteis, ni haréis como hacen en la tierra de Canaán adonde os llevo; tampoco andaréis en sus estatutos.» (Levítico 18:3, NBLA)

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Ayer Levítico nos enseñó algo sobre la sangre. Dios la designó para un propósito específico, la expiación, y por eso no se podía consumir ni ofrecer donde uno quisiera ni como uno quisiera. La sangre tenía dueño, tenía función, tenía destino. Hoy el capítulo 18 aplica exactamente el mismo principio, pero a algo que toca más cerca la vida cotidiana de cualquier persona, la sexualidad.

Y antes de que alguien piense que este es uno de esos capítulos que uno preferiría saltarse, vale la pena detenerse un momento. Porque lo que Dios está haciendo aquí no es reprimir sino proteger, dar instrucciones dentro del marco legítimo de lo que Él ha establecido.

Entendiendo el pasaje

El capítulo 18 abre con algo que podría pasar desapercibido si uno va directo a las prohibiciones. Antes de decir una sola vez “no harás esto”, Dios se presenta cuatro veces con las mismas palabras: «Yo soy el Señor vuestro Dios». Y esto es mas que un recurso retórico, se trata del marco de todo lo que viene después. Lo que sigue no es una lista de reglas para ganar aprobación; es una invitación a vivir de acuerdo con lo que el pueblo ya es, gente liberada, llamada, en pacto con él.

Después de eso la mirada va, ahora si, a su pueblo. No harás como en Egipto, no harás como en Canaán. Y aquí hay que entender qué pasaba en esas culturas. En Egipto el incesto era práctica común en la familia real. En Canaán la sexualidad estaba deificada: prostitutas en los templos, ritos de fertilidad donde el acto sexual era una forma de adorar a los dioses y convencerlos de dar buenas cosechas. El problema de esas culturas no era que tuvieran sexualidad. El problema era que la habían convertido en idolatría. Habían tomado algo que Dios diseñó para el bien del ser humano y lo habían puesto al servicio de sus propios deseos y sus propios dioses.

Lo que sigue en el capítulo es una lista de relaciones y prácticas que quedan fuera de los límites: incesto, adulterio, homosexualidad, bestialidad. La lista es larga pero el principio detrás de cada una es el mismo: el apetito sexual, como cualquier poder grande, necesita cauce o de lo contrario destruirá. Un río sin orillas no es libre, es la garantía de una inundación.

Tres verdades bíblicas

  1. Dios da dones con propósito específico — Así como la sangre fue designada para la expiación y no para el consumo, la sexualidad fue diseñada para el pacto entre un hombre y una mujer, y no para el culto ni para el placer sin límites. Dios no prohíbe la sexualidad, la creó. La bendijo. Le dio un lugar en la vida humana que ningún otro vínculo puede reemplazar. Lo que hace en Levítico 18 es proteger ese lugar. Usar un don de Dios fuera del propósito para el que fue dado es desviarse de su mandato. Y el desvío siempre tiene costo, aunque no siempre se vea de inmediato.
  2. La santidad sexual no viene de una lista, viene de una identidad — El orden importa. Dios no dice primero las reglas y después “por cierto, soy el Señor”. Dice primero quién es y quiénes son ellos, y después los llama a vivir de acuerdo con eso. La persona que obedece estas normas porque tiene miedo al castigo está en un lugar muy distinto de la persona que las obedece porque sabe que su cuerpo ya tiene dueño y que ese dueño lo ama. La diferencia entre moralismo y santidad es exactamente esa. Uno obedece por temor; el otro obedece porque ha entendido a quién pertenece.
  3. Lo que el mundo llama libertad, Dios lo llama esclavitud — El capítulo cierra con una imagen dura. La tierra misma vomita a los que la contaminan (v. 28). Canaán no fue expulsada porque Dios fuera arbitrario. Fue expulsada porque sus prácticas habían llegado a un punto en que la creación misma no podía sostenerse. Pablo describe el mismo proceso en Romanos 1: cuando una cultura redefine la sexualidad según sus propios términos y llama libertad a lo que Dios llama desvío, el resultado es ser entregados a la inmundicia de sus propios corazones. No es un castigo que cae desde fuera sino la consecuencia que ya estaba dentro del desvío mismo. Este mundo empuja cada vez más los límites de la sexualidad y llama a eso progreso, eso es lamentable. Levítico 18 y Romanos 1 dicen que ya hemos visto esa película antes, y sabemos cómo termina. Llamar a lo malo bueno y a lo bueno malo, tarde o temprano traerá sus consecuencias.

Reflexión y oración

La pregunta que deja este capítulo no es si las leyes de Dios son anticuadas. La pregunta es si confiamos en que el Creador sabe mejor que nosotros cómo funciona lo que creó. El pueblo De Dios está llamado a vivir de una manera diferente. No solo debemos oponernos a toda perversión de la sexualidad, también debemos procurar el disfrute y honrar al Señor dentro de los límites correctos. Si estas soltera o soltero, espera en el Señor y descansa en Él y si estas casado o casada, disfruta del regalo de la intimidad porque Dios lo ha bendecido.

Padre, gracias porque no nos diste reglas vacías sino un llamado con sentido. Ayúdanos a ver que tus límites no nos encierran, nos protegen. Que lo que el mundo nos vende como libertad lo podamos reconocer por lo que es. Y que vivamos de acuerdo con lo que ya somos en ti. Amén.

Lecturas del plan

Levítico 18, Salmos 22, Eclesiastés 1, 1 Timoteo 3

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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