Lo que nadie puede acumular para siempre

«La tierra, además, no se venderá en forma permanente, pues la tierra es Mía; porque ustedes son sólo extranjeros y peregrinos para Mí.» (Levítico 25:23, NBLA)

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Ayer estuvimos en Levítico 24, pensando en lo que significa vivir en la presencia continua de Dios. Hoy el capítulo 25 nos lleva un paso más adentro. Una cosa es reconocer que Dios está presente; otra muy distinta es vivir sabiendo que todo lo que tenemos también le pertenece a él. Ahí es donde aprieta este capítulo, porque toca algo que la mayoría sostiene con el puño cerrado. La tierra, la propiedad, la libertad, todo lo que llamamos «mío».

Entendiendo el pasaje

El capítulo tiene dos partes que se conectan como escalones. La primera es el año sabático. Cada siete años, la tierra descansaba. El pueblo se abstenía de sembrar y cosechar, y lo que crecía por cuenta propia quedaba disponible para todos, incluyendo a los animales. Era un sábado extendido a lo largo de un año entero.

La segunda parte es el año del jubileo, que llegaba cada cincuenta años, al final de siete ciclos sabáticos. Empezaba el Día de la Expiación, con el sonido de la corneta. Y ese sonido traía libertad. La tierra vendida volvía a sus dueños originales. Las deudas se cancelaban. Los esclavos hebreos quedaban libres. Todo el sistema económico y social de Israel hacía un reinicio cada cincuenta años.

¿Por qué tanto ingenio para devolver las cosas a su estado original? El versículo 23 lo dice sin rodeos. «La tierra es mía», dice Dios. El dueño es él, antes que cualquier terrateniente o comprador. Y como la tierra le pertenece a Dios, ninguna venta, ninguna deuda, ninguna esclavitud podía volverse permanente. Cada cincuenta años, todo el pueblo tenía que recordar con los hechos lo que el versículo 55 dice con palabras. «Los hijos de Israel son mis siervos. Mis siervos son, a quienes saqué de la tierra de Egipto».

Hay un detalle importante aquí y por demás curioso, la historia no registra que Israel haya practicado el jubileo de forma plena. Era una idea tan radical, tan contraria a la lógica humana de acumulación, que quedó como una promesa sin cumplir. Dios la mandó; el corazón del pueblo la resistió.

Tres verdades bíblicas

  1. El descanso empieza por soltar lo que creemos nuestro — El año sabático era un acto de fe. Durante un año entero, Israel tenía que confiar en que Dios podía alimentarlos aunque la tierra descansara de su trabajo. Para una sociedad agraria, eso era casi impensable. Pero detrás del mandato había algo más grande que una técnica de rotación de cultivos. Dios estaba enseñándole a su pueblo que la productividad tiene un dueño, que la tierra tiene un dueño, y que ese dueño puede sostenerlos con o sin su esfuerzo constante. El descanso aquí es una forma de confesión. Es decir con los hechos que Dios es el que provee, y que nosotros somos administradores de algo que recibimos.
  2. Nada de lo que tienes te pertenece en términos absolutos — El versículo 23 deshace la ilusión de propiedad. «La tierra es mía, ustedes son extranjeros y peregrinos». Esa frase aplicaba a Israel en Canaán, y aplica también a nosotros hoy en otro sentido. Puedes usar lo que tienes, disfrutarlo y administrarlo con sabiduría. Pero en última instancia eres mayordomo, no propietario absoluto. El jubileo era el recordatorio material de esa verdad. Cada cincuenta años, las acumulaciones injustas se deshacían, las deudas se cancelaban y las personas recuperaban su lugar. Hoy vivimos sin un jubileo institucional, pero la convicción que lo sostenía sigue en pie. Si crees que algo es tuyo en términos absolutos, tarde o temprano la vida misma se encarga de recordarte lo contrario.
  3. El jubileo era eco del éxodo, y Jesús lo llamó por su nombre — Hay una lógica que se repite en el capítulo y que ata todo. Un hermano israelita que caía en esclavitud debía ser tratado como jornalero, y debía quedar libre en el jubileo, porque ya era siervo de Dios antes de ser siervo de cualquier otro. Dios lo compró primero, cuando lo sacó de Egipto. Esa propiedad era anterior a cualquier otra, y por eso nadie podía reclamarlo como propio de forma permanente. Cada jubileo era una manera de actualizar el éxodo en cada generación. Siglos después, cuando Jesús leyó Isaías 61 en la sinagoga de Nazaret, dijo que venía a predicar el año favorable del Señor. Todos los que lo escucharon sabían exactamente a qué se refería. El jubileo. Aquel que Israel mandó y olvidó, Jesús vino a cumplirlo. Libertad para los cautivos, cancelación de la deuda, restauración para los desheredados. Eso es el evangelio en el idioma de Levítico 25.

Reflexión y oración

Hay una pregunta que este capítulo hace por debajo de la superficie. ¿A qué te estás aferrando como si fuera tuyo para siempre? Puede ser dinero, una posición en el trabajo, incluso una persona a la que pretendes retener como posesión. Levítico 25 dice que hay cosas que Dios diseñó para ser sostenidas con mano abierta, y que soltar a tiempo es parte de la fe. La mano cerrada se acalambra; la mano abierta recibe.

Padre, gracias porque todo lo que tenemos viene de ti y a ti pertenece. Ayúdanos a usar lo que nos das con gratitud, y a soltarlo cuando corresponde con libertad. Gracias porque en Cristo llegó el jubileo definitivo, la libertad que nunca vamos a perder. En el nombre de Jesús, amén.

Lecturas del plan

Levítico 25, Salmos 32, Eclesiastés 8, 2 Timoteo 4

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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