Hoy comenzamos un libro nuevo. Lo conocemos como Números, pero ese nombre nos viene de la traducción griega del Antiguo Testamento, la Septuaginta, que lo llamó así por los censos que contiene. En hebreo, sin embargo, el libro se llama Bemidbar, que significa «en el desierto». Y esas son precisamente las palabras que aparecen en el primer versículo que acabamos de leer. De los dos nombres, el hebreo captura mejor de qué se trata el libro. Porque antes que un libro de cifras, este es un libro sobre el desierto. Sobre el pueblo de Dios en marcha.
Entendiendo el pasaje
Para entender dónde estamos, hay que recordar dónde quedamos. En Éxodo vimos cómo Dios sacó a su pueblo de la esclavitud en Egipto y lo llevó al Sinaí. El libro terminó con la gloria de Dios llenando el tabernáculo recién construido, y dejándonos con una pregunta grande. ¿Cómo puede un pueblo pecador vivir al lado de un Dios santo? Levítico respondió esa pregunta con las leyes de la santidad, los sacrificios, el sacerdocio. Ahora Números arranca con Dios hablando a Moisés desde esa misma tienda de reunión, un año después de haber salido de Egipto. La presencia de Dios no se quedó en el Sinaí como un monumento. Viene con el pueblo.
Este libro va a contar el viaje de Israel desde el monte Sinaí hasta el umbral de la tierra prometida. Cuarenta años de peregrinación, una generación que cae y otra que se levanta, quejas y rebeliones, pero también provisión y guía. Los primeros diez capítulos nos muestran a un pueblo ordenado, contado y preparado para marchar. El pueblo santo del Señor se pone en camino. Y el capítulo 1 es la fotografía de ese momento. Un censo de los varones aptos para la guerra, tribu por tribu, porque Dios está alistando a un ejército para conquistar una tierra. Israel ya no es el grupo de esclavos que salió de Egipto. Ahora es un pueblo organizado, con dirección.
Tres verdades bíblicas
- Dios sigue hablando a su pueblo en el desierto. Mira bien dónde habla Dios en el versículo 1. «En el desierto de Sinaí, en la tienda de reunión». El desierto es el escenario, pero la tienda de reunión es el centro. Dios no le habla a Moisés desde lejos ni desde el cielo abstracto, le habla desde en medio del campamento. Esto significa que el desierto no es señal de ausencia de Dios. Es el lugar donde Dios sigue hablando, donde Dios sigue guiando, donde Dios sigue formando a los suyos. Tú que me escuchas hoy, si tu vida se siente como un desierto, si hay aridez, si hay cansancio, no interpretes eso como si Dios se hubiera ido. El desierto es precisamente el lugar donde Dios forma a su pueblo. Y sigue hablando desde su palabra, como habló entonces desde la tienda de reunión.
- Dios organiza a un pueblo santo para una marcha santa. La fecha importa. «El primer día del mes segundo, en el segundo año de su salida de Egipto». Ha pasado un año y un mes desde que Israel dejó la esclavitud. En ese tiempo Dios hizo un trabajo enorme en ellos. Les dio su ley, construyó el tabernáculo, consagró a los sacerdotes, ordenó la santidad. Todo eso fue formación. Y ahora Dios los cuenta, los organiza por tribus, los dispone alrededor del tabernáculo. Los prepara para marchar. Hay una lección grande aquí. Dios no formó a su pueblo en el Sinaí para dejarlo ahí acampado. Lo formó para llevarlo a una tierra. La santidad bíblica tiene movimiento, tiene dirección, tiene un destino. Si Dios te ha estado formando en tu propio Sinaí, con su palabra, con disciplina, con tiempo, no es para que te quedes quieto. Es para que marches. Tu vida cristiana no es una meseta, es un camino.
- Dios camina con su pueblo rumbo a la promesa. Y esto es lo que da peso a todo el libro. Israel no camina solo. La tienda de reunión va con ellos, la nube los cubre, la voz de Dios los dirige. El patrón que vemos aquí es el mismo que atraviesa toda la Escritura. Dios saca a los suyos de la esclavitud, los santifica, y los lleva a la heredad. Israel marcha hacia la Canaán terrenal, nosotros marchamos hacia la heredad que no se marchita. Pablo dice en 1 Corintios 10 que todas estas cosas les sucedieron como ejemplo para nosotros. Hebreos 3 y 4 nos dice que somos el pueblo en marcha y nos advierte a no repetir la incredulidad de aquella generación. Y aquí se abre la conexión con Cristo. Josué, el que llevó al pueblo a la tierra, es figura de Jesús, que en griego se llama igual. Él es el verdadero Josué, el que nos lleva a la heredad verdadera.
Reflexión y oración
Comenzamos entonces un libro sobre el desierto. Un libro donde veremos al pueblo de Dios en su mejor cara y en su peor cara. Veremos la fidelidad de Dios a sus promesas de bendición, y también su fidelidad a sus amenazas de juicio. Veremos que el plan de Dios es más grande que la rebeldía de los hombres. Pero antes de todo eso, hoy quiero que te quedes con algo concreto. Si perteneces a Dios, tú también eres parte de un pueblo en marcha. Tu desierto es real, pero tu destino también. Y el Dios que habló desde la tienda de reunión sigue hablando hoy desde su palabra, guiando a los suyos hasta la heredad.
Señor, gracias porque no nos sacaste para dejarnos. Gracias porque sigues hablando, sigues guiando, sigues caminando con nosotros. Enséñanos a ver nuestro desierto como lugar de formación y no como señal de abandono. Y ayúdanos a marchar con los ojos puestos en la heredad que nos has prometido en Cristo, nuestro verdadero Josué, que va delante de nosotros hasta el final. En su nombre, amén.
