La ciudad donde la sangre dejó de gritar

«La congregación librará al acusado de la mano del vengador de sangre, y la congregación lo restaurará a la ciudad de refugio a la cual huyó; y vivirá en ella hasta la muerte del sumo sacerdote que fue ungido con el aceite santo» (Números 35:25, NBLA)

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Imagínate la escena. Un hombre acaba de matar a otro sin querer, en un accidente. La hacha se le soltó del mango, una piedra rodó cuesta abajo, una herramienta se le escapó de la mano. La sangre del muerto cayó sobre la tierra. Y de repente, ese hombre que jamás pensó hacer daño, está corriendo por su vida. Detrás de él viene el vengador de sangre, el pariente del muerto, con la obligación de cobrar la sangre. Y por delante, a lo lejos, hay una ciudad. Si llega, vive. Si no, muere. Esa es la escena de Números 35, y debajo de ella hay una de las imágenes más hermosas que el Antiguo Testamento le regaló al evangelio.

Entendiendo el pasaje

El capítulo organiza la repartición de cuarenta y ocho ciudades para los levitas, esparcidas entre todas las tribus, porque ellos no recibieron heredad propia y debían vivir cerca del pueblo para enseñarle la ley. De esas cuarenta y ocho, seis fueron designadas como ciudades de refugio, tres al oeste del Jordán y tres al este, repartidas de tal modo que ningún israelita quedara lejos de una.

El sistema funcionaba así. Si alguien mataba a otro sin intención, podía correr a una de esas ciudades. Allí la congregación examinaba el caso. Si quedaba claro que había habido odio o premeditación, lo entregaban al vengador de sangre. Pero si era homicidio accidental, lo protegían. Y el texto da un giro sorprendente, el homicida accidental no quedaba libre de inmediato. Tenía que permanecer dentro de la ciudad hasta que muriera el sumo sacerdote. La muerte del sumo sacerdote era la que limpiaba la tierra de la sangre derramada y le devolvía la libertad. Un comentarista lo dice con todas sus letras, aquí hay una sombra de la muerte expiatoria de Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, que limpia con su muerte la sangre que nuestras manos derramaron.

Tres verdades bíblicas

1. La vida humana le importa tanto a Dios que la sangre derramada nunca queda en silencio

En la cultura nuestra, donde la violencia se ha vuelto noticia diaria, conviene escuchar lo que este capítulo grita. Cada vida cuenta. Cada muerte cuenta. La sangre derramada habla, como ya lo había dicho Dios desde Caín. Vivimos rodeados de cifras de homicidios que pasan rápido por las pantallas, pero ni una sola de esas vidas pasa rápido delante de Dios. Si tú te has acostumbrado a la violencia como parte del paisaje, este texto te incomoda a propósito. El Dios de la Biblia no se acostumbra nunca.

2. Dios siempre provee un lugar para correr antes de exigir el pago

Lo asombroso de esta ley es su generosidad. Dios pudo haber dejado que el vengador de sangre alcanzara a todos, culpables y accidentales por igual. En cambio, mandó construir seis ciudades estratégicamente repartidas, con caminos despejados, para que nadie quedara fuera de alcance. Esa es la misma generosidad con la que Él te ofrece refugio a ti. Antes de que tu pecado te alcance, hay un lugar donde correr. Antes de que el juicio se cobre, hay una puerta abierta. El Dios bíblico te da hacia dónde huir para vivir, antes que perseguirte para destruir.

3. Tu libertad fue comprada por la muerte del Sumo Sacerdote

Aquí está el latido cristológico del capítulo y conviene quedarse despacio en él. El refugiado vivía adentro hasta que muriera el sumo sacerdote, porque solo esa muerte limpiaba la sangre. Ahora mira a Cristo. Su muerte, una sola, expió la sangre que tú derramaste. Y la diferencia con aquel sistema es enorme. El refugiado en Israel quedaba esperando años, a veces décadas, hasta que el sumo sacerdote envejeciera y muriera. Tú no esperas nada, porque el Sumo Sacerdote ya murió, y resucitó, y vive para siempre. Hebreos lo dice así, hemos huido para asirnos a la esperanza que tenemos delante. Cristo es la ciudad de refugio cuya puerta está abierta hoy.

Reflexión y oración

Israel necesitó seis ciudades porque sus sumos sacerdotes morían y eran reemplazados; nosotros necesitamos un solo Refugio porque nuestro Sumo Sacerdote murió de una vez y vive para siempre. La sangre de Cristo, a diferencia de toda la sangre del Antiguo Testamento, no contamina la tierra; la limpia. Y por eso el que corre a Él nunca llega tarde.

Padre nuestro, gracias porque tu justicia no te impidió darnos refugio, y porque tu santidad no se contradice con tu misericordia. Gracias por las ciudades que mandaste construir en Israel, sombras de lo que ibas a hacer mucho después en una cruz. Y gracias, sobre todo, por Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, cuya muerte limpió la sangre que nuestras manos derramaron y cuya vida garantiza que el refugio nunca se cierre. Que vivamos como pueblo que corrió a tiempo, y como pueblo que invita a otros a correr antes de que sea tarde. En el nombre de Cristo, nuestro Refugio, amén.

Lecturas del plan

Números 35, Salmos 79, Isaías 27, 1 Juan 5

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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