Seguimos en las leyes del pacto. Ayer fueron las fiestas, hoy Moisés empieza a perfilar a los líderes de la nación que todavía no existe, los jueces, los reyes, los sacerdotes. Y al llegar al rey, lo que Dios pide pone de cabeza la idea que el mundo entero tiene del poder.
Entendiendo el pasaje
El capítulo abre cuidando la pureza de la adoración, sin animales defectuosos en el altar, sin idolatría escondida, y organizando la justicia, con los casos difíciles que suben al santuario. Pero el corazón del capítulo está en la ley del rey, el único pasaje de toda la ley de Moisés que legisla sobre la monarquía. Dios sabía que un día Israel pediría un rey como el de las naciones vecinas, y se adelantó poniéndole límites que ningún otro reino conocía. El rey debía ser escogido por Dios y ser hermano del pueblo, no un extranjero. Y luego vienen tres prohibiciones que apuntan al mismo blanco. No acumular caballos, para no confiar en el poder militar ni arrastrar al pueblo de vuelta a Egipto. No multiplicar mujeres, porque esos matrimonios tejían alianzas que terminaban desviando el corazón hacia otros dioses. Y no amontonar plata y oro, para no descansar en la riqueza. Caballos, mujeres y oro eran los grandes sustitutos de Dios. En lugar de todo eso, una sola orden positiva, que el rey copie la ley con su propia mano y la lea todos los días. El rey de Israel reinaría de rodillas ante un Rey mayor.
Tres verdades bíblicas
1. El poder sin la Palabra siempre se corrompe.
Detente en lo único que Dios le manda hacer al rey en sentido positivo. No le pide una estrategia militar, ni un tesoro, ni un ejército. Le pide que copie la ley de su puño y letra y la lea cada día de su vida. El hombre con más autoridad de la nación tenía que empezar el día como el más humilde de sus súbditos, sometido a la misma Palabra. Tú que me escuchas, esto vale para cualquier autoridad que cargues, en tu casa, en tu trabajo, en la iglesia. El poder se pudre apenas deja de inclinarse ante Dios. La única cura para la autoridad que se nos sube a la cabeza es ponernos cada mañana debajo de algo más alto que nosotros mismos, que es la voz de Dios.
2. Lo que acumulas para sentirte seguro termina gobernándote.
Mira las tres prohibiciones juntas, caballos, mujeres, oro. Cada una era una fuente de seguridad que prometía reemplazar la confianza en Dios. El rey podía sentirse fuerte por su ejército, respaldado por sus alianzas, tranquilo por su tesoro, y en cada caso su corazón se iría apoyando en eso en lugar de en el Señor. Hermano, todos tenemos nuestros propios caballos y nuestro propio oro, eso en lo que descansamos cuando deberíamos descansar en Dios. La cuenta de ahorros, el contacto influyente, la posición que alcanzamos. Y lo que junté para sentirme seguro, tarde o temprano se vuelve mi amo. A Salomón le pasó exactamente lo que este capítulo advirtió, sus muchas mujeres le desviaron el corazón. Lo que acumulas para servirte termina mandándote.
3. El líder que Dios aprueba no se eleva sobre sus hermanos.
Fíjate en una palabra que enmarca todo el pasaje, hermanos. El rey no debía elevar su corazón sobre sus hermanos, porque aunque fueran sus súbditos, seguían siendo de su misma sangre, su misma familia. El liderazgo que Dios aprueba se mide en el servicio, jamás en el señorío. Y aquí llegamos al único Rey que cumplió esta ley a la perfección. Jesús, el hijo de David que el pueblo esperaba, no acumuló nada, no se elevó sobre nadie, y siendo el Rey de reyes se hizo siervo de todos. Él mismo lo dijo, los gobernantes de las naciones se enseñorean de la gente, pero entre ustedes no será así, porque el que quiera ser grande será siervo, y el Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir. El trono más alto del universo se inclinó hasta una cruz. Ese es nuestro Rey, y esa es la clase de autoridad que Él bendice.
Reflexión y oración
El poder solo es seguro cuando se arrodilla, y el único Rey digno de toda confianza reinó sirviendo hasta la cruz.
Padre, gracias porque no nos diste un tirano, sino un Rey que se hizo siervo para rescatarnos. Toma cualquier autoridad que pongas en nuestras manos y ponla bajo tu Palabra, para que el poder no nos corrompa. Líbranos de descansar en nuestros propios caballos y en nuestro propio oro, y enséñanos a confiar solo en Ti. Que nunca nos elevemos sobre nuestros hermanos, sino que sirvamos como sirvió Cristo. En su nombre, amén.
