El Dios que levanta al que cayó

«No temas ni te acobardes. Toma contigo a todo el pueblo de guerra, y levántate, sube a Hai» (Josué 8:1, NBLA)

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Ayer cerramos con una escena dura, el pecado de Acán, la derrota en Hai y el corazón del pueblo deshecho como agua. La historia pudo haber terminado ahí, con un pueblo humillado y un líder de rodillas sin saber qué hacer. Pero mira cómo empieza el capítulo de hoy. Lo primero que Dios le dice a Josué, después de todo el desastre, es «no temas». Dios no había terminado con su pueblo. Apenas estaba por levantarlo.

Entendiendo el pasaje

Con el pecado ya tratado, Dios manda subir de nuevo contra Hai, y esta vez con una promesa firme, ya ha entregado al rey de Hai en manos de Israel (8:1). Pero fíjate cuánto cambió el pueblo. En la primera subida bastó un informe liviano, que eran pocos, que no hacía falta subir con todo el ejército (7:3), y fueron confiados en sí mismos. Ahora no. Josué prepara una emboscada, organiza a los hombres, da órdenes claras, actúa con realismo y humildad (8:3-17). Toman la ciudad, y al rey de Hai lo cuelgan de un madero y lo bajan al caer el sol, tal como mandaba la ley (8:29).

Y entonces pasa algo que no esperaríamos. En vez de aprovechar el impulso y correr a la siguiente ciudad, Josué detiene la campaña entera y sube al monte Ebal (8:30-35). Levanta un altar de piedras sin labrar, ofrece holocaustos y ofrendas de paz, escribe la ley sobre piedras y la lee completa, las bendiciones y las maldiciones, delante de toda la congregación. Y el texto se detiene a nombrarlos, hombres, mujeres, niños y los extranjeros que vivían entre ellos. Nadie queda afuera. Antes de pelear otra batalla, el pueblo renueva su pacto con Dios.

Tres verdades bíblicas

1. Dios levanta al que cayó

Piensa en el peso de esa primera palabra, «no temas» (8:1). Se la dice a un hombre que acababa de fracasar, a un pueblo que acababa de enterrar a treinta y seis de los suyos. Dios trató el pecado con toda seriedad, no lo ignoró ni un segundo. Pero una vez tratado, no dejó a su pueblo tirado en la vergüenza de la derrota. Lo levantó, y le devolvió la misma ciudad que lo había humillado.

Ese es nuestro Dios. Con el que se arrepiente, la caída nunca es la última palabra. Él es serio con el pecado y tierno con el pecador que vuelve. Si has caído, no tomes su disciplina como si te hubiera abandonado, siempre hay camino de regreso para el que se vuelve a él.

2. La promesa no cancela el trabajo

Dios ya había dicho que entregaba al rey de Hai en sus manos. La victoria estaba asegurada. Y sin embargo, Josué no se sienta a esperar que las murallas caigan solas. Diseña una emboscada, mueve tropas, madruga, y sale a la pelea. La promesa de Dios no le ahorró ni una gota de sudor.

Confiar en Dios y trabajar duro nunca han sido enemigos. La fe obedece con todo lo que uno tiene, sabiendo que el resultado está en las manos de Dios. Israel aprendió la lección por las malas, cuando confió en sus números y perdió. Ahora sube con humildad, hace su parte con esmero, y descansa en que la victoria es del Señor.

3. El pueblo restaurado vuelve al pacto

Lo más llamativo del capítulo no es la batalla, es lo que viene después. Con la victoria fresca, Josué para todo y lleva al pueblo a adorar. Levantan un altar, ofrecen sacrificios y escuchan la ley entera. Después de caer y ser levantados, lo primero que hacen es volver a Dios y a su Palabra, todos juntos, sin dejar a nadie afuera. Esa es la respuesta correcta a la gracia que restaura, renovar el pacto en lugar de salir corriendo a la próxima conquista.

Y hay algo más en esa lectura de la ley. Josué leyó las bendiciones y también las maldiciones (8:34). El pueblo, que acababa de quebrantar el pacto en el capítulo anterior, sabía en carne propia que no podía cumplir esa ley a la perfección; la maldición pesaba sobre ellos. Y en este mismo capítulo, el rey de Hai quedó colgado de un madero (8:29), la señal de la maldición según la ley (Dt 21:23). Ya lo vimos en Deuteronomio, y aquí resuena otra vez. Esa maldición que la ley pronunciaba sobre el que la quebranta no la cargamos nosotros, sino que la cargó Cristo, hecho maldición por nosotros al colgar del madero (Gá 3:13). Por eso la bendición del pacto alcanza a pecadores como nosotros.

Reflexión y oración

El Dios que levantó a Israel de su derrota es el mismo que, en Cristo, levanta a todo pecador que se vuelve a él.

Padre, gracias porque no nos dejas tirados en nuestras caídas. Tú tratas nuestro pecado con seriedad, pero no nos abandonas; nos levantas y nos abres camino de regreso. Gracias porque, cuando la ley nos declaraba culpables, enviaste a tu Hijo a cargar en el madero la maldición que era nuestra. Enséñanos a trabajar con diligencia mientras confiamos en tus promesas, y a volver siempre a ti y a tu Palabra, como aquel pueblo en Ebal. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Josué 8, Salmos 139, Jeremías 2, Mateo 16

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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