Ni una sola palabra

«No ha faltado ni una sola palabra de todas las buenas promesas que el Señor su Dios les había hecho. Todas se han cumplido» (Josué 23:14, NBLA)

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Josué está viejo, cerca del final de su vida. Reúne a los líderes de Israel para hablarles por última vez, y hace lo que hacen los hombres sabios cuando miran hacia atrás desde el borde de la vejez, saca cuentas. Repasa todo el camino recorrido y llega a una conclusión que suena a testamento. De todo lo que Dios prometió, no se cayó ni una sola palabra. Pero en el mismo aliento deja una advertencia que muerde, porque esa fidelidad de Dios tiene dos filos.

Entendiendo el pasaje

El discurso mira sobre todo hacia atrás. Josué le recuerda al pueblo lo que el Señor hizo, cómo peleó por ellos, cómo derribó naciones enteras, cómo les entregó la tierra que ahora habitan. Y en el centro de todo pone una frase que resume el libro completo, no ha faltado ni una sola palabra de todas las buenas promesas, todas se han cumplido (23:14). Lo que en el capítulo 1 eran promesas, palabras dichas a un pueblo parado a la orilla del Jordán, ahora, al final, son hechos. Dios cumplió.

Pero Josué no es un abuelo que solo reparte halagos. En el mismo discurso lanza una advertencia seria. Si el pueblo abandona al Señor, se mezcla con las naciones y se va tras sus dioses, ese mismo Dios que cumplió toda promesa buena traerá sobre ellos todo lo que había advertido, hasta sacarlos de la tierra (23:15-16). El amor a Dios, les dice, es el único resguardo contra esa caída (23:11). El viejo líder sabe que el peligro más grande no vendría de los cananeos de afuera, vendría de un corazón que se enfría por dentro.

Tres verdades bíblicas

1. Ni una sola palabra cayó al suelo

Ponte en los zapatos de aquel pueblo escuchando a Josué. Muchos habían nacido en el desierto, oyendo promesas que sus padres no alcanzaron a ver. Tierra, descanso, victoria, todo eso fue, por años, pura palabra. Y ahora Josué, con el pelo blanco, les dice, miren alrededor, todo se cumplió. Ni una coma quedó pendiente.

Esa es la clase de Dios en quien creemos. Un Dios cuya palabra no caduca ni se queda a medias. Cuando dice algo, podemos apoyar el peso entero de la vida ahí, con la misma confianza con que apoyamos el pie en un piso firme. La historia de Israel es la prueba, no ha fallado ni una vez. Y si fue fiel entonces, lo será contigo.

2. La misma boca que cumple lo bueno, cumple su advertencia

Ahora el filo que incomoda. Josué no termina su discurso con aplausos, lo termina con una advertencia. Y conviene ver de dónde viene su fuerza. El razonamiento es sencillo, así como se cumplió cada promesa buena, palabra por palabra, así de seguro se cumplirá lo que advirtió si le dan la espalda al pacto (23:15). La fidelidad de Dios corta para los dos lados. No es un Dios que cumple lo bonito y se olvida de lo que había advertido.

Esto nos confronta, porque es fácil quedarse solo con la mitad dulce de Dios. Nos gusta el Dios que promete y bendice, y preferimos no oír al Dios que advierte. Pero las dos cosas salen de la misma boca y tienen el mismo peso. Tomar en serio sus promesas mientras ignoramos sus advertencias es leer solo la mitad de la carta. Su gracia nunca fue permiso para jugar con él.

3. En Cristo, los dos filos se juntan

¿Y dónde se encuentran esos dos filos? En la cruz. Piénsalo. En Cristo, todas las promesas buenas de Dios encuentran su sí definitivo, «todas las promesas de Dios son en Él Sí, y en Él Amén» (2 Co 1:20). Cada palabra buena que Dios ha dicho queda garantizada en su Hijo. Pero al mismo tiempo, la otra palabra, el juicio que merecía nuestro pacto roto, también se cumplió, solo que no cayó sobre nosotros. Cayó sobre él.

En la cruz, el Dios que no deja caer al suelo ni una sola de sus promesas tampoco dejó caer su palabra de justicia. La cumplió entera. Y por amor no la descargó sobre el culpable, sino sobre su propio Hijo, para poder cumplir con nosotros solamente la mitad buena. Ese es el evangelio, la fidelidad de Dios que nos habría destruido, en Cristo se vuelve la fidelidad que nos salva.

Reflexión y oración

La palabra de Dios nunca ha fallado ni fallará, y en Cristo esa palabra se volvió toda promesa cumplida para los que son suyos.

Padre, gracias porque tu palabra no falla. Como a Israel, no nos ha faltado ni una sola de tus buenas promesas, y las que todavía esperamos también las cumplirás, porque nunca has fallado. Ayúdanos a tomarte en serio por completo, tanto cuando prometes como cuando adviertes, y guárdanos de un corazón que se enfría y se va tras otras cosas. Enséñanos a amarte, que ahí está nuestro resguardo. Y gracias, sobre todo, porque en Cristo todas tus promesas son sí y amén, y el juicio que merecíamos lo llevó él en nuestro lugar. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 23, Hechos 3, Jeremías 12, Mateo 26

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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