El coqueteo de Gedeón con la corona no murió con él. Se lo heredó a un hijo. Ayer vimos a un libertador que quiso vivir como rey; hoy vemos a su hijo Abimélec, cuyo nombre significa «mi padre es rey», tomarse en serio esa herencia y llevarla hasta el fondo. Y lo que sigue no es una historia de liberación. Por primera vez en el libro no hay un enemigo de afuera oprimiendo a Israel. El desastre viene todo de adentro.
Entendiendo el pasaje
Abimélec no fue levantado por Dios. Se levantó a sí mismo. Fue a Siquem, apeló a la familia de su madre y se vendió como la mejor opción, y los hombres de Siquem le pusieron en las manos plata sacada del templo de su falso dios. Con ese dinero contrató a un grupo de vividores y con ellos asesinó a sus setenta hermanos sobre una misma piedra, como quien ofrece un sacrificio. Solo se salvó Jotam, el menor, que alcanzó a esconderse.
Y Jotam se subió al monte Gerizim, el monte desde donde Israel había oído siglos atrás las bendiciones de Dios, y les gritó una fábula. Los árboles salieron a buscar un rey, y los buenos, el olivo, la higuera, la vid, no quisieron dejar su fruto por mandar sobre los demás. Al final se lo pidieron a la zarza, un arbusto que no da fruto ni sombra y que solo sirve para arder. Esa zarza era Abimélec, y el fuego que ella prometía terminaría consumiendo tanto al rey como a quienes lo coronaron. Durante tres años pareció que la advertencia había quedado en el aire. Pero entonces el texto dice algo que lo cambia de lugar, que Dios mismo mandó la discordia entre Abimélec y Siquem. Ahí entendemos que Dios había estado gobernando todo desde el principio. Vino la traición, la guerra, Siquem arrasada y sembrada de sal, y la torre incendiada con su gente adentro, el mismo horror que Gedeón había hecho en Peniel, repetido por su hijo. Y al final, en Tebes, una mujer dejó caer una piedra de molino desde una torre y le partió el cráneo. Abimélec pidió que lo remataran para que no se dijera que lo mató una mujer, y el narrador se encarga de dejarlo escrito para siempre. El rey usurpador recibió en la cabeza la única corona que le tocaba.
Tres verdades bíblicas
1. Un pueblo termina con el líder que se parece a su corazón
Abimélec no cayó del cielo. Lo compró y lo coronó un pueblo idólatra, con el dinero de su propio ídolo. Ese detalle lo dice todo, porque los líderes vacíos florecen donde hay un pueblo que se deleita en oírlos. Pasa hoy con los que predican un evangelio de riquezas, que prosperan porque hay corazones ávidos que quieren justo eso, oír que Dios existe para hacerlos ricos. Antes de indignarnos con un mal líder, conviene una preguntarnos qué tanto hay de nosotros que se siente cómodo en ese mal liderazgo. Lo que aplaudimos en quien nos guía a veces puede decir más de nosotros que de él. Pídele a Dios un corazón que anhele la verdad, porque un corazón así no se deja seducir por la zarza.
2. Dios juzga, aunque tarde en verse
Durante buena parte del capítulo Dios no aparece. Abimélec mata, se corona y gobierna tres años, y el cielo parece callado. A cualquiera le habría rondado la duda de si esa sangre iba a quedar impune. Y entonces el texto rompe el silencio, Dios mismo mandó la discordia, y a partir de ahí cada pieza cae hasta cumplir la palabra de Jotam sin que falte una coma. Lo que un hombre siembra, eso cosecha, y a Dios nadie lo burla. Si hoy miras a tu alrededor y la maldad parece salirse con la suya, no confundas la paciencia de Dios con ausencia. Ninguna cuenta se le queda sin saldar, en esta vida o en la que viene. Y eso, más que asustarte, debería llevarte corriendo a Cristo mientras hay tiempo.
3. Cristo es el Rey verdadero que la zarza jamás podría ser
La fábula de Jotam dibuja al rey al revés, uno que no da fruto ni sombra y solo quema a quien se refugia en él. Y el contraste con el Rey verdadero salta a la vista. Los profetas soñaron con un rey que fuera como un escondite contra el viento, como sombra de peña grande en tierra reseca, como arroyos de agua para el sediento. Abimélec no tenía nada que ofrecer y aun así se hizo coronar; Cristo lo tenía todo y lo dejó para plantarse como árbol junto a corrientes y volverse sombra y abrigo de los que se acercan a Él. Ese es el Rey que no merecíamos, el que en lugar de quemarnos cargó Él mismo el fuego del juicio que nos tocaba. La zarza consume a los suyos; el Rey verdadero se dejó consumir por los suyos.
Reflexión y oración
El que sube al trono pisando la sangre de sus hermanos recibe, tarde o temprano, la corona que de verdad le corresponde.
Señor, gracias porque tú eres el Rey que da sombra en lugar de consumir, el que nunca se corrompe con el poder. Reconocemos que muchas veces nuestro corazón se deja seducir por líderes y promesas que se parecen demasiado a lo que ya queremos oír. Danos hambre de tu verdad. Y cuando veamos la maldad triunfar y nos gane la duda, recuérdanos que tú no dejas ninguna cuenta sin saldar y que tu paciencia es una puerta abierta para arrepentirnos. Gracias porque en Cristo cargaste el juicio que era nuestro. Reina sobre nosotros, Rey verdadero. En el nombre de Cristo, amén.
