Ayer cerramos con Abimélec, el rey y el juicio que un pueblo rebelde se había ganado. Hoy el capítulo abre con lo contrario, con pura gracia. Dios levanta a Tola y a Jair, dos jueces que nadie pidió y que le dieron a Israel casi medio siglo de paz. Pero la paz no cura el corazón, solo lo destapa. En cuanto pasó, el pueblo volvió a lo de siempre, y esta vez el relato nos hace mirar algo incómodo, la distancia que hay entre clamar y arrepentirse.
Entendiendo el pasaje
Después de Abimélec, Dios da un respiro largo. Tola juzga veintitrés años y Jair otros veintidós, casi cinco décadas sin opresión, y en ninguna parte dice el texto que Israel las pidiera. Fueron gracia, sin más. Pero apenas se acaba esa calma, los israelitas se entregan de golpe a los dioses de siete pueblos distintos, los baales, Astarot, los dioses de Aram, de Sidón, de Moab, de Amón y de Filistea, hasta abandonar por completo al Señor. La consecuencia llega puntual, dieciocho años de opresión de amonitas y filisteos, hasta que Israel se angustia y clama.
Y ahí el capítulo hace algo que no veíamos venir. Dios no manda de inmediato un libertador. Primero les recuerda todas las veces que ya los había rescatado, y luego les dice algo durísimo, «vayan y clamen a los dioses que han escogido; que ellos los libren en el tiempo de su aflicción». No lo dice por crueldad, lo dice para ponerles un espejo delante. Los está obligando a ver el absurdo de pedirle auxilio a Él mientras siguen sirviendo a otros. Y esta vez algo se rompe de verdad. Israel responde distinto. Quita los dioses extranjeros de en medio, se entrega a Dios pase lo que pase, y el relato cierra con una de las frases más tiernas del libro, que Dios no pudo soportar más la angustia de su pueblo. Recién entonces empieza a buscarse un libertador.
Tres verdades bíblicas
1. No todo clamor es arrepentimiento
Mira bien por qué Dios frenó la respuesta. El primer clamor de Israel sonaba bien, hasta reconocía el pecado con las palabras justas. Pero Dios veía lo que había debajo. No querían dejar a sus dioses, querían que se les quitara el dolor. Pretendían salir del apuro sin salir del pecado. Y ese es el engaño más viejo del corazón idólatra, tratar a Dios como un servicio de emergencia para que la vida vuelva a funcionar, sin entregarle el trono. A ti también te pasa más de lo que admites. Lloras por las consecuencias de algo y le pones el nombre de arrepentimiento, cuando en el fondo lo que quieres es que pare el castigo para seguir igual. Dios conoce la diferencia, aunque tú te la escondas.
2. El arrepentimiento verdadero suelta el ídolo y se echa en la misericordia
Ahora, en cuanto al segundo clamor. Israel dijo «hemos pecado, haz con nosotros como bien te parezca», y acto seguido hizo lo que faltaba, quitó los dioses extranjeros de en medio. Ahí está la señal que lo distingue todo. El arrepentimiento verdadero no clama para escapar del castigo, sino para soltar el pecado, y se pone en las manos de Dios sin condiciones. Israel dejó de negociar y se rindió. Y lo hermoso es lo que Dios hizo con esa rendición. No pudo soportar más la angustia de su pueblo. No los rescató porque de pronto se lo merecieran; los rescató porque su corazón se conmovió, movido por su pacto y no por lo que ellos hubieran ganado. La misericordia siempre corre por delante.
3. Dios salva por medio de un despreciado, y ahí asoma Cristo
El libertador que Dios levanta dice mucho de cómo trabaja Él. No fue un hombre respetable. Jefté era hijo de una prostituta, y sus propios hermanos lo habían echado de casa para que no tocara la herencia. Terminó viviendo lejos, como jefe de una banda de forajidos. Y a ese, al que despreciaron y expulsaron, es al que los ancianos de Galaad terminan rogándole que los gobierne cuando el enemigo aprieta. El desechado hecho cabeza. Si la historia te suena, es porque Dios la volvería a contar en grande. La piedra que los constructores desecharon vino a ser la principal del ángulo. También a Jesús lo despreciaron los suyos, lo sacaron fuera, lo trataron como a alguien sin lugar, y a ese mismo lo exaltó Dios como Libertador y Señor de su pueblo. El rechazo de los hombres nunca ha estorbado los planes de Dios, y muchas veces es justo por donde entran.
Reflexión y oración
El clamor que Dios escucha es el que suelta el ídolo con una mano mientras se aferra a su misericordia con la otra.
Señor, gracias porque tu misericordia siempre corre por delante de nuestros méritos. Reconocemos que muchas veces te hemos clamado solo para librarnos del dolor, sin querer soltar aquello que nos aparta de ti. Danos un arrepentimiento verdadero, del que suelta el ídolo y se pone en tus manos pase lo que pase. Y gracias porque no te dio vergüenza salvarnos por medio de un despreciado, porque tu Hijo, rechazado por los suyos, se hizo nuestro Libertador. Tú no pudiste soportar nuestra angustia, y viniste. En el nombre de Cristo, amén.
