Ayer dejamos a Jefté recién nombrado gobernante, el desechado hecho cabeza. Hoy lo vemos actuar, y el mismo capítulo nos muestra a dos hombres distintos metidos en uno solo. Primero, un diplomático hábil que hace todo por evitar la guerra. Después, un hombre que abre la boca sin pensar y arruina lo que más amaba. Se puede ser muy sabio en una parte de la vida y un desastre en otra, sobre todo en el terreno de cómo tratamos a Dios.
Entendiendo el pasaje
Antes de desenvainar una espada, Jefté manda mensajeros al rey de Amón para negociar. Y sus argumentos son buenos. Le recuerda que Israel nunca le robó esa tierra, que fue el Señor quien se la entregó al desalojar a los amorreos, y que llevan trescientos años habitándola sin que nadie reclamara. Cierra poniendo el pleito en manos del Juez de toda la tierra. Es un hombre que piensa, que mide, que busca la paz antes que la sangre. El rey de Amón no le hace caso y la guerra se vuelve inevitable, pero el retrato que llevamos de Jefté hasta aquí es el de alguien prudente.
Entonces el texto dice que el Espíritu del Señor vino sobre Jefté. Dios ya lo había equipado, la victoria ya estaba asegurada por pura gracia. Pero justo ahí, en lugar de descansar en eso, Jefté hace un voto que nadie le pidió. Le promete a Dios que, si vuelve vencedor, ofrecerá en holocausto a lo primero que salga de su casa a recibirlo. Ganó la batalla, sí, pero no la ganó por el voto, la ganó a pesar de él. Y cuando volvió a casa, la primera en salir a su encuentro, con panderos y danzas, fue su hija única. No hay forma de contar esto con suavidad. Jefté rasgó sus ropas, se aferró a su palabra y cumplió aquel voto espantoso. Una hija muerta por la promesa apresurada de un padre que no conocía bien al Dios al que servía.
Tres verdades bíblicas
1. Buscar la paz antes que la guerra es sabiduría
Detente en lo primero que hace Jefté. Teniendo con qué atacar, prefiere sentarse a negociar. Manda mensajeros, expone razones, apela a la historia y a la justicia de Dios, y solo pelea cuando ya no queda otra salida. A nosotros eso nos cuesta. Ante el primer roce con alguien, lo que se nos enciende es el deseo de tener la razón y de pelearla. Pero la Escritura nos manda que, en cuanto dependa de nosotros, estemos en paz con todos. Buscar primero la paz es uno de los gestos más maduros que existen, aunque a veces se sienta como rendirse. Antes de ir a la guerra con tu hermano, con tu pareja, con el que te ofendió, pregúntate si de verdad agotaste el camino de la paz o si solo tenías ganas de pelear.
2. A Dios no hay que sobornarlo
Aquí está lo que de verdad le falló a Jefté, y no fue la estrategia. El Espíritu de Dios ya había venido sobre él. La victoria ya era suya, regalada. Y aun así sintió que tenía que darle algo a Dios a cambio, como quien mete una moneda para que la máquina funcione. Ese voto no salió de la fe, salió de una idea torcida de Dios, la de un dios al que se le paga y se le negocia, igual que los ídolos de los pueblos vecinos. Jefté trató al Dios vivo como la gente de alrededor trataba a sus dioses de barro. Y la muerte de su hija fue el precio amargo de esa confusión. Piensa cuántas veces vivimos igual, creyendo que el favor de Dios se gana con lo que le ofrecemos, que si cumplimos cierto trato Él quedará obligado a bendecirnos. A eso se le puede poner ropa religiosa, pero por dentro sigue siendo superstición.
3. La gracia es lo contrario de la religión de Jefté
Lo que Jefté no entendió es justo lo que Cristo nos dejó ver. Jefté creía que a Dios había que arrancarle su favor a fuerza de sacrificios. El evangelio anuncia lo contrario, que el favor de Dios no se compra, sino que se recibe con las manos vacías. Jefté pensó que tenía que dar algo para tener a Dios de su lado, y le costó lo que más amaba. Nosotros lo recibimos gratis, porque el precio entero ya lo pagó Dios mismo al entregar a su Hijo. No queda nada que negociar con Él, porque en la cruz todo quedó saldado. Qué descanso encontrar, todavía en esta vida, al Dios de gracia que Jefté nunca llegó a conocer.
Reflexión y oración
El que cree que tiene que comprar a Dios termina pagando precios que Dios nunca le pidió.
Señor, gracias porque tu favor no está en venta, porque nos recibes con las manos vacías y nos das lo que jamás podríamos pagarte. Reconocemos que muchas veces te tratamos como Jefté, creyendo que si cumplimos cierto trato quedarás obligado con nosotros, y así vivimos con miedo en vez de descansar en tu gracia. Perdónanos. Enséñanos a confiar en el Dios que da gratis, y no en el dios que nos inventamos para poder negociar. Gracias porque en Cristo pagaste el único sacrificio que hacía falta. En el nombre de Cristo, amén.
