La espada vuelta contra el hermano

«…arriesgué mi vida y fui contra los amonitas, y el Señor los entregó en mi mano. ¿Por qué, pues, han subido hoy contra mí para pelear conmigo?» (Jueces 12:3, NBLA)

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La historia de Jefté termina hoy, y no termina bien. Ayer lo vimos hacer un voto que le costó a su hija; hoy lo veremos volver la espada contra sus propios hermanos. Y cuando su historia se apaga, el capítulo baja el telón con tres jueces de los que casi no sabremos nada. Dos escenas muy distintas, una a gritos y otra en silencio, que juntas nos dicen hacia dónde va cayendo Israel.

Entendiendo el pasaje

Apenas Jefté vence a los amonitas, los hombres de Efraín llegan furiosos a reclamarle por no haberlos llamado a la guerra. Es el mismo reclamo celoso que años atrás le habían hecho a Gedeón. Pero la escena termina distinta. Gedeón los había calmado con una respuesta suave y humilde; Jefté, en cambio, les responde con las armas. Reúne a su gente, pelea contra Efraín y toma los vados del Jordán para que ninguno escape. Ahí monta una prueba escalofriante. A cada fugitivo le hacen decir «shibolet», y como los de Efraín no pronunciaban bien ese sonido, la palabra los delataba y los mataban en el acto. Cuarenta y dos mil hombres de una misma nación, degollados por sus hermanos. Un comentarista sugiere que quizás el trauma de haber matado a su propia hija dejó a Jefté insensible para esta carnicería.

Jefté gobernó apenas seis años, menos que cualquier otro juez, y murió. Y por primera vez en el libro, después de una liberación, el texto no dice que la tierra reposara. Ese silencio no es casual. Luego vienen tres jueces menores, Ibzán, Elón y Abdón, de los que el narrador casi no cuenta nada, solo que gobernaron unos años, tuvieron hijos y murieron. Un comentarista hace notar algo. De Ibzán se subraya que tuvo treinta hijos y treinta hijas, y ese número tan abundante vuelve más honda la tragedia de Jefté, que por perseguir el poder perdió a la única hija que tenía.

Tres verdades bíblicas

1. La misma boca que sabe hacer la paz puede escoger la guerra

Lo desconcertante de Jefté es que sabía negociar. Con los amonitas agotó la diplomacia, expuso razones, buscó evitar la sangre. Pero cuando el que lo provoca es su propio hermano, ese mismo hombre saca la espada sin intentar nada. El agravio de Efraín era casi idéntico al que Gedeón había perdonado, y lo que había cambiado era el corazón de Jefté, ya endurecido por todo lo anterior. Y eso nos toca de cerca, porque muchas veces somos pacientes y diplomáticos con los de afuera y ásperos con los de casa. Guardamos nuestra peor versión para los que más cerca están. Pregúntate con quién se te acaba primero la paciencia, porque ahí suele verse el estado verdadero del corazón.

2. El pecado que toleras hoy te insensibiliza para el de mañana

Un comentarista apuntaba algo que da escalofrío, que la mano capaz de sacrificar a una hija ya estaba lista para degollar a sus hermanos. El pecado no se queda quieto. Cada vez que le abrimos la puerta a uno, el siguiente nos cuesta un poco menos, porque la conciencia se va acostumbrando, se va llenando de callo. Lo que hoy te horrorizaría, si lo consientes de a poco, mañana te va a parecer casi normal. Por eso no hay pecado tan pequeño que se pueda dejar suelto, ninguno se queda donde lo dejaste. Trátalo como lo que es, algo que crece, y córtalo mientras todavía te duele.

3. La paz callada de tres jueces olvidados apunta al Rey que sí da descanso

Fíjate en lo que el libro deja de decir. Después de Jefté ya no aparece la vieja frase de que la tierra descansó. Y los tres jueces que siguen no dejan más huella que sus nombres y unos años de calma. Es como si el relato se fuera quedando sin aliento, buscando un reposo que ninguno de estos hombres logra dar. Y esa es justamente el hambre que Jueces nos quiere dejar. Ninguno de estos libertadores nos da descanso verdadero, sino que apenas nos hace anhelarlo. Hasta que llega Aquel que un día se puso de pie y dijo «vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar». El reposo que la tierra de Israel perdía una y otra vez, Cristo lo ofrece para siempre y sin ciclos.

Reflexión y oración

El descanso que ningún juez pudo dejar en la tierra es el mismo que Cristo nos dejó para siempre.

Señor, gracias porque en Cristo nos diste el descanso que ningún libertador de este libro pudo dar. Reconocemos que muchas veces guardamos nuestra peor cara para los más cercanos, y que dejamos crecer pecados pequeños hasta que nos endurecen el corazón. Ablándanos, Señor. Enséñanos a buscar la paz con nuestros hermanos antes que la guerra, y a cortar el pecado mientras todavía nos duele. Y gracias porque tu reposo permanece, sin los altibajos del de Israel. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 12, Hechos 16, Jeremías 25, Marcos 11

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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