Hoy cae el telón sobre Sansón, y no de la manera que uno esperaría de un héroe. El hombre más fuerte del libro termina ciego, encadenado y moliendo grano como un esclavo. Y sin embargo, en ese fondo de humillación, Dios estaba preparando la victoria más grande de su vida. La historia de Sansón, que empezó con tanta promesa y se hundió en tanto fracaso, termina apuntando con una claridad sorprendente a la cruz.
Entendiendo el pasaje
Han pasado veinte años, y Sansón no ha cambiado. Reaparece en Gaza, en la casa de una prostituta, y cuando los filisteos lo rodean para atraparlo, se levanta a medianoche, arranca las puertas de la ciudad y se las lleva al hombro colina arriba. Sigue siendo fuerte, y sigue siendo necio. Después llega Dalila, contratada por los filisteos con una fortuna en plata para descubrir el secreto de su fuerza. Tres veces le pregunta, tres veces él la engaña, y tres veces ella lo entrega a los que esperan escondidos. Cualquiera habría visto la trampa. Sansón, cegado por su propio placer, no la vio. A la cuarta le entrega el secreto, ella lo duerme en su regazo, le rapan la cabeza, y cuando despierta pensando salir como siempre, ya es tarde. El texto dice lo más triste de toda su historia, que el Señor se había apartado de él, y él ni siquiera lo notó. Le sacan los ojos, los mismos que lo habían arrastrado toda la vida, y lo ponen a moler en la cárcel.
Pero el cabello vuelve a crecer. Los filisteos organizan una gran fiesta para agradecerle a su dios Dagón haber entregado a Sansón, y lo sacan para burlarse de él. Sansón pide que lo apoyen entre las columnas del templo, y por segunda vez en su vida clama a Dios, esta vez quebrantado, pidiéndole que se acuerde de él una vez más. Empuja las columnas, el templo se derrumba sobre los tres mil filisteos reunidos, y muere con ellos. En su muerte mató a más enemigos que en toda su vida.
Tres verdades bíblicas
1. El pecado que crees tener controlado te controla a ti
Sansón estaba convencido de que podía jugar con el fuego sin quemarse. Coqueteó con la lujuria en Timnat, y aquello, en vez de curarse, volvió más fuerte, hasta llevarlo a la casa de una prostituta y después a los brazos de Dalila. Salomón lo había advertido, que nadie abraza el fuego sin que le ardan las ropas. Fíjate en algo escalofriante. El pecado le nubló tanto el juicio que no fue capaz de ver una trampa que un niño habría notado. Antes de quedar ciego de los ojos, ya estaba ciego del alma. Así trabaja el pecado que consentimos, primero nos convence de que lo tenemos bajo control, y para cuando nos damos cuenta, el que manda es él. O lo enfrentas, o crece hasta gobernarte.
2. La religión de las apariencias, con el corazón lejos, es una trampa mortal
Aquí está la ceguera más honda de Sansón. Él creía que su fuerza estaba en el cabello, en la señal externa de su voto, cuando en realidad estaba en Dios obrando a través de él. Había roto su consagración mil veces, y aun así daba por hecho que el poder seguiría ahí en automático, como quien aprieta un botón. Por eso la frase «el Señor se había apartado de él» es tan terrible, porque él ni lo notó. Siguió sintiéndose fuerte cuando ya estaba vacío. Cuidado con vivir así, confiando en que mientras te veas y suenes como creyente todo está bien, aunque el corazón hace rato que se enfrió. Dios nunca se conformó con la apariencia. Lo que Él mira es el corazón, y ningún hábito religioso reemplaza una vida entregada de verdad.
3. En su muerte, el libertador logró lo que no pudo en vida
Mira lo que Dios hace con un hombre acabado. Ciego, humillado, servido como bufón para divertir a los que adoraban a Dagón, Sansón clama por última vez, ya sin nada que ofrecer más que su quebranto, y Dios lo escucha. Lo que parecía la fiesta del dios falso se volvió su funeral. En su peor momento de debilidad, Sansón derriba el templo entero y libra a Israel más que en todos sus años de fuerza. Y aquí el libro nos hace levantar la vista, porque esta escena huele a evangelio. Hubo otro Libertador humillado y burlado por sus enemigos, despojado de toda belleza, que en el momento de su mayor debilidad ganó la batalla más grande. Sansón murió aplastado y quedó sepultado; Cristo no se quedó bajo los escombros, sino que resucitó y vive para interceder por nosotros. Sansón libró a su pueblo de unos enemigos por un tiempo; Cristo nos libró de nuestro peor enemigo para siempre, clavando en la cruz la deuda que nos condenaba. El libertador que falla nos deja con hambre del Libertador perfecto, y su nombre es Jesús.
Reflexión y oración
Dios sabe sacar su victoria más grande del lugar donde a nosotros solo nos queda debilidad.
Señor, gracias porque tu fuerza se luce justo donde a nosotros se nos acaban las nuestras. Reconocemos que muchas veces jugamos con el pecado creyendo que lo controlamos, y que nos escondemos detrás de una apariencia de piedad mientras el corazón se enfría. Perdónanos. No permitas que confundamos vernos como tuyos con serlo de verdad. Y gracias, sobre todo, porque donde Sansón apenas alcanzó a dibujar una sombra, Cristo trajo la luz entera, venciendo a la muerte con su propia muerte y resucitando para no dejarnos nunca. En el nombre de Cristo, amén.
