El museo de la decadencia

«En esos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus propios ojos.» (Jueces 17:6, NBLA)

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Hay museos donde nadie entra a admirar nada. En Auschwitz no hay belleza que contemplar, solo el testimonio callado de más de un millón de vidas apagadas y de aquello que el hombre llega a hacer cuando pierde el rumbo. De un lugar así se sale en silencio. Hoy entramos a un museo parecido, porque los últimos cinco capítulos de Jueces son eso, una galería de cuadros a blanco y negro donde se exhibe lo que le ocurre a un pueblo que le da la espalda a la Palabra de Dios. Y sobre la puerta hay un letrero que vamos a leer cuatro veces antes de salir, «no había rey en Israel, cada uno hacía lo que bien le parecía».

Entendiendo el pasaje

Sansón murió, y con él se acabaron los jueces. Ya no hay libertadores que Dios levante, ni clamor del pueblo, ni enemigo de afuera que oprima. El relato cambia de cámara. Hasta aquí veníamos midiendo la caída en los líderes, uno peor que el anterior; de ahora en adelante el narrador nos va a mostrar al pueblo entero, sin filtro y sin ciclos que expliquen nada. Solo escenas. Y para que no perdamos de vista el marco, la frase del letrero se repite cuatro veces en estos capítulos como una campana que suena de fondo.

El primer cuadro es doméstico y por eso más inquietante. Un hombre de Efraín llamado Micaía le confiesa a su madre que le había robado una buena suma de plata y la devuelve. Ella, en lugar de corregirlo, consagra ese dinero al Señor y con él manda a fundir una imagen. Con plata robada se fabrica un dios. Micaía monta su casa de dioses, hace un efod y unos ídolos domésticos, y ordena sacerdote a uno de sus hijos, como si esas cosas se decidieran en familia. Al rato pasa por ahí un joven levita que anda buscando dónde vivir, y Micaía le hace una oferta, quédate conmigo, sé mi padre y mi sacerdote, y te doy diez piezas de plata al año, ropa y comida. El levita acepta. Y el cuadro se cierra con la frase más escalofriante del capítulo, cuando Micaía concluye que ahora sí el Señor lo va a prosperar, porque ya tiene un levita por sacerdote.

Tres verdades bíblicas

1. El hombre fue creado para adorar, y si no adora a Dios adorará lo que fabrique

Mira bien lo que hace Micaía, porque no es el retrato de un ateo. Es un hombre religioso hasta la médula, con templo, con imagen, con sacerdote y con vocabulario de fe. El problema de Israel nunca fue la falta de religión, sino la abundancia de religión inventada. Y ese es el instinto más viejo que llevamos dentro. Adán, apenas pecó, se cosió ropas para presentarse ante Dios a su manera. Caín armó su propio sistema de culto con lo que le pareció aceptable. Los de Babel levantaron su escalera para llegar al cielo por cuenta propia. Nadie deja de adorar; solo cambiamos el objeto. Por eso hoy sobran caminos hechos a medida, la meditación, la búsqueda de la verdad en uno mismo, la espiritualidad sin Dios que no incomode a nadie. Son síntomas de gente que sabe que necesita llegar al Creador, mientras ignora el único camino que el Creador dejó abierto.

2. Cuando la adoración se descuida, los líderes se venden

Detente en el levita, porque es un cuadro doloroso. Debía estar sirviendo en el lugar de adoración de Dios, y lo encontramos deambulando en busca de pan y de techo. Eso nos dice que la adoración al Dios verdadero estaba tan abandonada que ni siquiera sostenía a los que vivían de ella. Y en cuanto le ofrecen un sueldo, ropa y comida, acepta ser sacerdote de un ídolo casero. Vendió su llamado por un salario. Aquí hay un abismo que llama a otro abismo. Un pueblo se aparta de Dios cuando falta quien predique fielmente su Palabra, y un pueblo apartado de Dios produce líderes a quienes la Palabra les tiene sin cuidado. Ora por los que te enseñan, y pídele a Dios que nunca te contentes con un maestro que te diga lo que quieres oír a cambio de tu aplauso.

3. La religión hecha a nuestra medida siempre termina firmando con el nombre de Dios

Vuelve a esa última frase de Micaía y quédate un momento ahí. Tiene plata robada convertida en ídolo, un santuario montado en su casa, un sacerdote comprado con sueldo, todo lo que Dios había prohibido, y el hombre concluye con toda tranquilidad que el Señor lo va a prosperar. Eso es lo más grave del cuadro. Se inventó una religión y encima le puso el nombre del Dios verdadero. Y es el engaño que sigue funcionando, porque uno puede hablar de Dios, usar sus palabras, hasta creerse bendecido por Él, mientras el corazón sirve a lo que se fabricó con sus propias manos. Pregúntate hoy con honestidad si lo que llamas fe es lo que Dios pidió o lo que a ti te acomodó. Aquí el museo apenas empieza, la luz todavía alcanza, y ya se ve el hueco en el centro del cuadro. No hay rey. No hay voz que corrija. Cada uno hace lo que le parece.

Reflexión y oración

Cuando no hay rey en el trono, el corazón siempre pone algo en su lugar, y casi siempre le pone el nombre de Dios.

Señor, gracias porque no nos dejaste inventando caminos para llegar a Ti. Tú abriste uno y nos lo mostraste con claridad. Reconocemos que muchas veces nos hemos armado una fe a nuestra medida, cómoda, decorada con tu nombre, y hemos llamado bendición a lo que Tú nunca pediste. Perdónanos. Derriba lo que hemos fabricado con nuestras manos y enséñanos a adorarte como Tú eres. Gracias porque en Cristo tenemos al único camino al Padre y al único Sacerdote que jamás se vende. Que Él reine de verdad en nosotros. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 17, Hechos 21, Jeremías 30-31, Marcos 16

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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