Con el devocional de hoy cerramos el primer bloque de nuestra serie, El Profeta. En estos días vimos a Dios levantar a Samuel mientras caía la casa de Elí, y lo vimos demostrar en tierra filistea que Él no es trofeo de nadie. Hoy ese bloque se despide con su escena más luminosa, un pueblo arrepentido, una victoria del cielo y una piedra conmemorativa. Y en este mismo día el libro gira, porque a renglón seguido el pueblo pide lo que dará nombre al segundo bloque que empezamos mañana, El Rey Pedido. Pocas páginas de la Biblia ponen tan cerca lo mejor y lo peor del corazón humano.
Entendiendo el pasaje
El arca quedó en Quiriat-jearim, en casa de Abinadab, cuyo hijo Eleazar fue consagrado como custodio, señal de que la lección de Bet-semes quedó aprendida. Pasaron veinte años, e Israel se lamentaba tras el Señor. Entonces Samuel, ya adulto y líder reconocido, les puso la condición que convierte el duelo en arrepentimiento. Quiten de en medio los dioses ajenos y las astartés, y sirvan solo al Señor. El pueblo los quitó, se reunió en Mizpa, ayunó y confesó su pecado. Los filisteos, alarmados por la asamblea, subieron a atacar, y mientras Samuel ofrecía el holocausto, «el Señor tronó aquel día con gran estruendo contra los filisteos» (7:10) y los derrotó delante de Israel. Aquel día Samuel concentró los oficios delante del pueblo, trajo la palabra de Dios, ofreció sacrificio e intercedió clamando por Israel, y siguió juzgándolo todos sus días. Levita de nacimiento y profeta por llamado, oficiaba en una era en que Dios había desmontado el sacerdocio corrupto. Después tomó una piedra y la llamó Ebenezer, piedra de la ayuda. Algo curioso aquí es que Ebenezer era el nombre del campamento donde Israel perdió el arca y treinta mil hombres. Samuel plantó el memorial de la ayuda de Dios sobre la memoria del lugar de la vergüenza.
El capítulo 8 abre con el paso del tiempo. Samuel envejeció, nombró jueces a sus hijos, y sus hijos se desviaron tras la ganancia deshonesta. Los ancianos de Israel llegaron a Ramá con una petición preparada, danos un rey que nos juzgue «como todas las naciones». A Samuel le desagradó, y oró. La respuesta de Dios es el diagnóstico del capítulo entero, «no te han desechado a ti, sino que Me han desechado a Mí para que Yo no reine sobre ellos» (8:7). Dios manda concederles el rey, pero antes ordena advertirles lo que costará. El discurso de Samuel repite un verbo como campana, tomará. Tomará sus hijos para sus carros, sus hijas para sus cocinas, sus campos, sus diezmos, sus siervos. El pueblo escuchó la advertencia completa y respondió que no importaba, queremos un rey que salga delante de nosotros «y pelee nuestras batallas» (8:20). Las batallas que Dios acababa de pelear con truenos.
Tres verdades bíblicas
1. El arrepentimiento se demuestra soltando
Israel llevaba veinte años lamentándose, y los baales seguían en las casas. Samuel les enseñó que el lamento se vuelve arrepentimiento cuando se resuelven a soltar lo que los ata. Quiten los dioses ajenos, después hablamos de liberación. Hay tristezas por el pecado que nunca llegan a ser arrepentimiento porque no están dispuestas a deshacerse de nada. ¿Hay algo que llevas años lamentando sin soltar? El día que Israel botó sus ídolos, el cielo tronó a su favor. Más que lágrimas elocuentes, Dios espera manos vacías de los dioses que las ocupan.
2. Levanta piedras donde Dios te ayudó
Samuel pudo elegir cualquier nombre para ese lugar, y eligió renombrar la derrota. Donde Israel perdió el arca, ahora una piedra declara que el Señor ayuda. La memoria es una disciplina espiritual, porque la fe de mañana se alimenta de los auxilios recordados de ayer, y el olvido es el primer paso hacia la ingratitud. Marca los lugares donde Dios te socorrió. Escríbelos, cuéntalos en la mesa, vuelve a ellos cuando la fe flaquee. Y aprende del detalle del campo renombrado, pues Dios sabe plantar su piedra de ayuda exactamente sobre el sitio de tu peor vergüenza.
3. Al pueblo que desechó a su Rey, Dios respondió preparando un Rey mejor
Seamos honestos con el texto, pedir rey no era pecado en sí, Deuteronomio ya lo contemplaba. El veneno estaba en el motivo, un rey «como todas las naciones», visible, de carne, que peleara las batallas para no tener que depender del Rey invisible que las peleaba mejor. Por eso Dios lo llama por su nombre, me han desechado a Mí. Y sin embargo, mira la paciencia de Dios en este giro. El mediador humano envejecía y sus hijos se corrompían, el rey pedido defraudará, y Dios fue tejiendo desde aquí la respuesta definitiva, Uno que concentra los tres oficios sin relevo ni corrupción, Profeta que trae la palabra perfecta, Sacerdote que se ofrece a sí mismo, Rey que reina para siempre. Solo Cristo es la respuesta de Dios a la tragedia que vemos en este capítulo 8.
Reflexión y oración
La tragedia de Israel fue dejar de querer al Rey que ya tenía.
Señor, hasta aquí nos has ayudado. Cada uno de nosotros puede mirar atrás y encontrar campos de derrota donde Tú plantaste piedras de misericordia. Perdónanos por las veces que preferimos ayudas visibles a tu reinado invisible, y por los ídolos que lamentamos sin soltar. Gracias porque cuando te desechamos, Tú respondiste preparando al Rey mejor, tu Hijo, nuestro Profeta, Sacerdote y Rey. Reina sobre nosotros, hoy y siempre. En su nombre, amén.
