Hemos llegado al último capítulo del libro que abrimos hace casi un mes con una mujer estéril llorando en Silo. Ana recibió a su hijo y cantó la idea que ha gobernado cada historia de esta serie, el Señor empobrece y enriquece, humilla y también exalta, y los que contienden con el Señor serán quebrantados. Después vimos al profeta levantado en medio del silencio, al rey pedido según los ojos, al rey escogido según el corazón y al rey probado en el desierto. Hoy, en el monte Gilboa, el cántico de Ana firma su última estrofa. El título de este devocional viene del lamento con que David llorará esta noticia, las palabras que abren el próximo libro, cómo han caído los valientes.
Entendiendo el pasaje
El capítulo se mueve en cuatro tiempos que hablan entre sí. Primero la derrota, los filisteos aprietan, Israel huye por el monte Gilboa, y caen los tres hijos de Saúl, Jonatán entre ellos, el pacificador muriendo al lado del padre que le lanzó la lanza. Segundo, la muerte del rey. Herido de gravedad por los arqueros, Saúl le pide a su escudero que lo atraviese para no caer vivo en manos incircuncisas, el muchacho no se atreve, y el primer rey de Israel muere sobre su propia espada, con su casa entera en un solo día, tal como se le anunció en Endor. Tercero, la profanación. Al día siguiente los filisteos encuentran los cuerpos, decapitan a Saúl, envían sus armas como trofeo y las «buenas nuevas» a la casa de sus ídolos, y clavan su cuerpo en el muro de Bet-sán. Es el espejo oscuro del capítulo 5, esta vez la casa de Dagón celebra, aunque nosotros ya sabemos desde aquel capítulo quién gana esa guerra. Y cuarto, la gratitud. Los hombres de Jabes de Galaad oyen la noticia, caminan toda la noche, descuelgan los cuerpos del muro, les dan sepultura bajo el tamarisco y ayunan siete días. En el capítulo más oscuro de Israel, la última escena es una luz encendida por hombres agradecidos.
Tres verdades bíblicas
1. Lo que Ana cantó, Gilboa lo firmó
Este es el detalle artístico con que el autor enmarcó su libro entero. Una mujer sin poder cantó al comienzo que nadie contiende con el Señor y gana, que Él quiebra el arco de los fuertes y levanta del polvo al pobre. Y el final lo firma, el rey más alto de Israel, el que pidieron por estatura, termina despojado y clavado en un muro pagano, mientras el pastor que nadie contaba está a un capítulo del trono. El libro abre con un canto y cierra con su cumplimiento. Lee tu propia vida dentro de ese cántico y pregúntate con honestidad qué lado del revés estás cortejando, el orgullo que Él baja o la humildad que Él levanta. La tesis de Ana no ha caducado. Es Dios quien atiende al humilde, pero al altivo, lo mira de lejos.
2. La gratitud tiene memoria larga
El hilo que sembramos en el capítulo 11 cierra hoy su círculo. La primera obra de Saúl como rey fue cruzar el Jordán de madrugada para rescatar a Jabes de Galaad, y cuarenta años después, cuando su reinado terminó en ruina y su cuerpo colgaba de un muro, los hombres de Jabes fueron los únicos en todo Israel que arriesgaron la vida caminando de noche para honrarlo. La gratitud no se pone a hacer auditoría a la biografía de las personas ante honrarlas. Piensa en las personas que un día te tendieron la mano, el que te presentó el evangelio, o el que te ayudó en una crisis, y honra ese bien aunque sus historias hayan terminado mal para que en tu capítulo más oscuro también haya alguien con esa clase de memoria.
3. El trono vacío espera al Rey verdadero
El rey «como todas las naciones» murió como mueren los reyes de las naciones, y el libro cierra con Israel derrotado, sin rey, y con el ungido en el exilio. Primero de Samuel no termina, sino que se queda esperando. Esa espera empuja hacia David, y más allá de David, hacia el Ungido que Ana nombró primero cuando ningún trono existía. Y permíteme una evocación final, sin forzar el texto, hombres valientes descolgando al caer la tarde el cuerpo de un rey expuesto en un madero, para darle sepultura honrosa. Siglos después, otro puñado de valientes descolgó de un madero el cuerpo de otro Rey, pero esa historia no terminó en la tumba. El Rey que Dios levantó resucitó, y por eso el trono ya no está vacío. Mañana abrimos Segunda de Samuel con el lamento de David, y seguiremos contando cómo Dios cumple lo que Ana cantó.
Señor, Tú humillas y exaltas, y nadie que contienda contigo gana. Gracias por este libro que caminamos juntos durante casi un mes, por Ana y su cántico, por Samuel y su oído, por las advertencias de Saúl y por el desierto que formó a David. Danos corazones humildes que Tú puedas levantar y una gratitud con memoria larga. Y fija nuestros ojos en el Rey verdadero, el que pasó por la muerte y se levantó para reinar. Llévanos contigo al próximo libro. En el nombre de Cristo, amén.
