Hoy empieza el tercer tramo de la serie, la casa quebrada, y va a ser el más largo y el más difícil. En el bloque que cerramos ayer, Dios trajo su arca a la ciudad, hizo pacto con David y sentó a Mefiboset a la mesa. La casa quedó edificada. Lo que viene ahora, del capítulo 10 al 20, es esa misma casa quebrándose por dentro, y la cláusula del capítulo 7 que llamamos el mapa del libro empieza a cumplirse, cuando el hijo peque habrá vara, y la misericordia no se apartará. El capítulo de hoy parece un capítulo más de guerras. En realidad está armando el escenario, porque esta guerra contra Amón es la guerra durante la cual David va a tomar la peor decisión de su vida.
Entendiendo el pasaje
El capítulo tiene dos escenas. En la primera, David quiere mostrar jesed al nuevo rey de Amón, el mismo amor de pacto que ayer vimos con Mefiboset, esta vez como pésame por la muerte de su padre. Los consejeros de Hanún leen el gesto al revés, le aseguran que los embajadores son espías, y el rey joven les cree. Humilla a los mensajeros en la barba y en la ropa, que en ese mundo era escupirle la cara al que los envió, y con ese insulto compra una guerra que nadie necesitaba. En la segunda escena, Amón contrata ejércitos arameos y Joab queda atrapado entre dos frentes. Divide sus fuerzas con Abisai, pactan ayudarse el uno al otro, y antes de pelear Joab pronuncia la frase más luminosa que le vamos a escuchar en todo el libro. Esfuérzate por el pueblo y por las ciudades de nuestro Dios, y que el Señor haga lo que le parezca bien. Los arameos huyen, Amón se encierra en su ciudad, y la guerra queda abierta.
Tres verdades bíblicas
1. Tu bondad va a ser mal interpretada pero sigue siendo el camino
David ofreció consuelo y recibió una guerra. Así de torcido puede volver el bien que haces, y el texto no sugiere que David se equivocó al enviarlo. La sospecha ajena no gobierna tu bondad. Si dejas de hacer el bien porque alguien puede leerte mal, le entregaste el timón de tu obediencia al más desconfiado de tus vecinos. Pablo lo escribe con los pies en la tierra, no nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos si no desmayamos. Haz el bien que te toca, deja el malentendido en manos del Dios que sí conoce tus intenciones, y no te sorprendas cuando el pésame te salga caro. A Jesús también le leyeron demonios donde había misericordia.
2. Cuídate del consejero que siembra sospechas
Esta guerra entera nació de un susurro. Unos oficiales le interpretaron a Hanún las intenciones de David, y miles de hombres murieron por esa interpretación. Guarda este patrón, porque el libro lo va a repetir, un mal consejo cerca del poder desata tragedias, y nos volveremos a encontrar con consejeros así en esta serie. La aplicación va en dos direcciones. Examina qué voces te interpretan las intenciones de los demás, porque el que siempre te explica lo mal que otros piensan de ti está sembrando en tu campo. Y examina tu propia boca, porque interpretar motivos ajenos en negativo es una de las formas más comunes de incendiar una familia o una iglesia sin encender un solo fósforo.
3. Haz tu parte con valentía y deja el resultado con Dios
Joab pelea esta batalla sin profecía de victoria y sin el rey presente. Lo que tiene claro es su misión, pelear por el pueblo y por las ciudades de su Dios, y con eso le basta. Su frase junta las dos mitades de la vida de fe, esfuérzate y mostrémonos valientes, esa parte es nuestra, y que el Señor haga lo que le parezca bien, esa parte es de Él. Nosotros solemos negociar al revés, exigimos garantía del resultado antes de movernos. La fidelidad no funciona así. Tu parte es conocer tu misión y darlo todo en ella, criar a tus hijos en el Señor y servir donde fuiste puesto. El veredicto de cada batalla pertenece a Dios, y descansar en eso, en lugar de cargarlo, es lo que te permite pelear con valentía.
La obediencia es tuya, el resultado es de Dios.
Señor, gracias porque podemos hacer el bien sin garantías, sabiendo que tú conoces las intenciones que otros malinterpretan. Guárdanos de los que siembran sospechas y guarda nuestra boca de sembrarlas. Y enséñanos a pelear como Joab peleó este día, con todas las fuerzas en la misión y con el resultado descansando en tus manos. En el nombre de Cristo, amén.
