Hoy llegamos al capítulo que ningún admirador de David quisiera leer. Y fíjate que este no es Saúl. Este es el hombre conforme al corazón de Dios, el del pacto del capítulo 7, el que sentó a Mefiboset a su mesa hace dos días. Ese hombre está a punto de caer de manera estrepitosa, y el narrador no se guarda nada, precisamente para que nadie que esté coqueteando hoy con un pecado crea que a él no le va a pasar. Si le pasó a David, la pregunta ya no es si puede pasarte a ti. Es qué tan cerca del terrado estás parado.
Entendiendo el pasaje
El capítulo es empieza con una frase clave: en el tiempo cuando los reyes salen a la guerra, David se quedó en Jerusalén. Después la cadena, se levantó de la cama por la tarde, vio a una mujer que se bañaba, siguió mirando, mandó a preguntar, y cuando la respuesta le dio la salida («es Betsabé, la esposa de Urías», uno de sus treinta valientes), mandó a traerla y la tomó. El texto carga la responsabilidad sobre el rey y su poder, y así la dejamos. La segunda mitad es el encubrimiento que escala. Trae a Urías del frente para que duerma con su esposa y el soldado leal duerme en la puerta del palacio, lo emborracha y tampoco, y entonces escribe la carta que ordena su muerte y se la entrega al propio Urías para que la cargue. Cuando llega la noticia, David responde con la frase más fría del libro, la espada devora unas veces a uno y otras veces a otro. El narrador guarda silencio moral durante veintiséis versículos, y habla en el último, el que leímos como versículo base.
Tres verdades bíblicas
1. El momento más peligroso de tu vida es el descanso después de la victoria
A David no lo alcanzó el pecado en el desierto, perseguido y hambriento. Lo alcanzó en el terrado de su palacio, en la cima del éxito, ocioso y sin nadie que le pidiera cuentas. La autoconfianza del que ya ganó baja todas las guardias, y el puesto abandonado hace el resto, los reyes estaban en la guerra y él estaba en la cama a la hora en que se levantan las sombras. Hermano que me escuchas, revisa tu temporada. Si estás cómodo y sin misión clara, estás parado en el terrado. La congregación que ya no frecuentas y el hermano al que ya no le rindes cuentas son puestos vacíos, y cada puesto vacío es una puerta abierta. El diablo no pierde el tiempo atacando fortalezas ocupadas.
2. El pecado entra por los ojos y crece con cada paso que no detienes
Mira la cadena otra vez, vio, siguió mirando, preguntó, mandó, tomó. Ver no fue el pecado, quedarse mirando sí, y cada verbo siguiente costó más caro que el anterior. Dios es fiel y siempre da la salida junto con la tentación (1 Corintios 10:13), y David tuvo una salida en cada eslabón, hasta una con nombre y apellido, cuando le dijeron de quién era esposa. Las rechazó todas. Puede que tú estés parado en uno de esos verbos ahora mismo, la mirada que se repite o la conversación que ya empezaste a buscar. Todavía puedes parar, y mientras más temprano el eslabón, más barata la retirada. Job hizo pacto con sus ojos. Hazlo hoy, porque en el verbo siguiente será más difícil.
3. El corazón que encubre llama a un abismo con otro
El adulterio pidió engaño, el engaño pidió vino, el vino pidió sangre, y la sangre pidió más sangre, porque con Urías cayeron otros soldados que no debían nada. Esa es la matemática del encubrimiento. El pecado confesado a tiempo cuesta vergüenza, el pecado encubierto sale carísimo, y el que encubre sus pecados no prosperará (Proverbios 28:13). Fíjate hasta dónde llegó la frialdad, el dulce salmista de Israel despachando la muerte de su soldado leal con un refrán de cuartel. Eso hace el encubrimiento sostenido, empedernece la conciencia. Y cuando todo parecía enterrado, el versículo final abre la cortina. Puedes esconderlo del cónyuge, de la iglesia y del país entero, y queda un par de ojos delante de los cuales todo está desnudo. No puedes esconderte del Señor por muy bien que creas que te está saliendo el plan. Tarde o temprano, todo saldrá a la luz.
No olvides esto: si hoy estás practicando un pecado en el secreto o lo oculto, lo peor que te puede pasar es no ser descubierto, por que eso endurecerá más tu corazón y hará grande tu ruina. Arrepiéntete ahora, confiesa tus pecados y apártate. No juegues con Dios.
Señor, este capítulo nos duele porque nos reconocemos en él. Guárdanos del terrado, de la comodidad sin misión y de la mirada que se queda. Danos la humildad de tomar la salida que tú siempre pones, en el primer eslabón y no en el último. Y si alguno de nosotros está encubriendo hoy, alcánzalo con tu misericordia antes de que el abismo llame al abismo, porque delante de tus ojos ya está todo desnudo. En el nombre de Cristo, amén.
