El ungido para siempre

«Él engrandece las victorias de Su rey, y muestra misericordia a Su ungido, a David y a su descendencia para siempre» (2 Samuel 22:51, NBLA).

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En el corazón del epílogo, el libro deja de narrar y se pone a cantar. Este capítulo es un salmo, casi idéntico al Salmo 18, que David compuso «el día que el Señor lo libró de todos sus enemigos y de la mano de Saúl», la vida entera recogida en un solo canto. Y su último versículo va a cerrar un círculo que abrimos hace casi dos meses, cuando una mujer estéril cantó en Silo. Hoy la serie llega a la nota que venía buscando desde el primer día.

Entendiendo el pasaje

El salmo se mueve en tres alturas. Abajo está el hombre acorralado, las olas de la muerte, los lazos del Seol, y una confesión personal que amontona seis «mi» seguidos, mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi escudo, mi refugio, mi salvador. El Dios de este salmo es de David en primera persona, un Dios con historia compartida. Arriba está la teofanía, una de las más imponentes de la Biblia, la tierra tiembla, los cielos se inclinan, Dios cabalga sobre un querubín y desciende entre fuego y tinieblas. Y en la cima del canto, el versículo final, las victorias del rey y la misericordia al ungido, para siempre. Hay una frase en el medio del salmo que amerita una explicación. David canta “conforme a mi justicia me recompensó”, y después de haber leído el capítulo del terrado, eso suena imposible. Dos cosas para aclarar. Este canto es de la etapa temprana de David, compuesto años antes de su caída, cuando celebraba la liberación de manos de Saúl. Y además, en los salmos “mi justicia” no describe una vida sin pecado, describe la lealtad básica al pacto, David nunca cambió al Señor por otros dioses ni tomó el trono por su propia mano.

Tres verdades bíblicas

1. Antes de cerrar tu historia, cántala

Mira lo que hace David viejo. Toma la vida entera, las cuevas de Adulam, la lanza que pasó silbando junto a su cabeza, los exilios y las guerras, y la convierte en adoración con nombres concretos. Roca. Fortaleza. Libertador. Cada nombre de Dios en este salmo tiene detrás una historia que David podría contarte con fecha y lugar. Esa memoria agradecida se cultiva, y se cultiva nombrando momentos específicos. Haz tu propio inventario sobre la obra De Dios en tu vida, escríbelo, con fechas y nombres propios, la provisión que llegó o la puerta que Dios cerró a tiempo. La fe de tus años finales se alimenta de las misericordias que registraste en el camino. Donde la memoria no se cultiva, la queja crece siempre florece.

2. Dios mueve cielo y tierra por uno que clama

Fíjate en la desproporción de la teofanía, porque la desproporción es el mensaje. Tiembla la tierra, se conmueven los cimientos de los cielos, el Dios del trueno desciende cabalgando sobre un querubín, y todo ese despliegue cósmico tiene un objetivo diminuto, sacar a un hombre de las aguas caudalosas. Un solo hombre que clamó en su angustia. Y la razón que David encuentra es más desconcertante que el despliegue, me libró, porque se agradó de mí. Aprende a orar sabiendo eso. Tu clamor no es pequeño para Dios, y no existe crisis tuya que le quede lejos o le parezca menor. El universo entero pesa menos para Él que el hijo que lo invoca desde el fondo, y el que ora sabiendo eso ora distinto, con confianza y sin miedo de molestar.

3. El ungido para siempre

Ahora el círculo grande. El rollo de Samuel abrió con una mujer estéril cantando en Silo, cuando en Israel no había rey ninguno, y su canto terminó con una frase que en ese momento sonaba imposible, «Él dará fortaleza a Su rey y exaltará el poder de Su ungido» (1 Samuel 2:10). Es la primera vez que la palabra «ungido» suena así en la Escritura. Cincuenta y cinco capítulos después, un rey viejo cierra el mismo rollo cantando la respuesta, misericordia a Su ungido, a David y a su descendencia para siempre. Entre los dos cantos pasó todo lo que hemos leído durante dos meses, y la tesis de Ana quedó probada en un solo hombre, Dios exaltó al pastor humilde, humilló al rey arrogante y sostuvo su promesa por encima de ambos. Y fíjate que el canto final no termina en David. Termina en la descendencia, para siempre, y ahí la palabra «ungido» revela su nombre mayor, porque ungido en hebreo se dice Mesías. El canto de la estéril y el canto del rey apuntan juntos al mismo lugar, al Hijo de David cuyo reino no tiene fin, el que la promesa del capítulo 7 anunció y el ángel le confirmó a María. Cuando tú cantas hoy en tu congregación, te estás sumando a ese mismo coro que empezó en Silo.

La historia abrió con el canto de una estéril y cierra con el canto del rey, y los dos cantan al mismo Ungido.

Señor, tú eres nuestra roca, nuestra fortaleza y nuestro libertador, y cada nombre tuyo tiene historia en nuestra propia vida. Gracias porque mueves cielo y tierra por uno que clama, y porque la misericordia prometida al ungido llegó hasta nosotros en Jesús, el Mesías, tu Hijo. Enséñanos a cantar nuestra historia como David, con memoria agradecida, hasta el día en que nos sumemos al coro que no termina. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

2 Samuel 22, Gálatas 2, Ezequiel 29, Salmos 78:1-37

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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