Ayer concluimos el rollo de Samuel con un anciano que compra una era para levantar un altar, y con una casa que sigue en pie por pura fidelidad de Dios. David no era el Ungido que Ana cantó. Lo anticipó, y el libro nos dejó esperando al Rey. Hoy abrimos 1 Reyes, y conviene saber desde el principio dónde estamos parados. En nuestras Biblias aparecen como dos libros, pero 1 y 2 Reyes fueron escritos como una sola historia que continúa la de Samuel. Esa historia empieza con un templo que se levanta en Jerusalén y termina con ese mismo templo en ruinas y el pueblo camino a Babilonia. Entre un extremo y otro desfila una larga fila de reyes, y ninguno está a la altura de la promesa.
El libro tiene una vara para medirlos. El día que dedica el templo, Salomón le dice al pueblo «estén, pues, sus corazones enteramente dedicados al Señor nuestro Dios» (8:61). Esa frase es la tesis de las próximas tres semanas. Corazón es la palabra que vamos a seguir capítulo tras capítulo, y cada rey será evaluado con la misma pregunta, si anduvo con un corazón entero «como David su padre». Recorreremos el libro en cuatro tiempos. La casa heredada, del capítulo 1 al 5. La casa de Dios, del 6 al 10. El corazón dividido y el reino partido, del 11 al 16. Y el profeta del Dios vivo, Elías, del 17 al 22. Hoy empezamos el primero, y empieza con un hombre que se sienta en el trono antes de que nadie se lo dé.
Entendiendo el pasaje
El capítulo está armado como dos coronaciones que ocurren el mismo día, a poca distancia una de otra. Junto a la fuente de En-rogel, Adonías ofrece un banquete, invita a sus hermanos y a los hombres de Judá, y suma a su causa a Joab y al sacerdote Abiatar. A Natán, a Sadoc, a Benaías y a Salomón los deja fuera. Mientras tanto David está en su cuarto, tan viejo que no entra en calor, atendido por una joven sunamita llamada Abisag. El rey que venció a Goliat ya no se entera de lo que pasa en su propia casa. Adonías sale con carros y cincuenta hombres delante de él, igual que Absalón. La historia se repite en la misma familia.
La escena gira cuando Natán y Betsabé entran uno tras otro a recordarle al rey su palabra. El texto muestra la astucia de ambos sin disimularla. David despierta, jura por el Señor y ordena que Salomón monte su propia mula, la señal pública de la sucesión, y baje a Gihón para ser ungido. El ruido de esa fiesta llega hasta el banquete de Adonías, y los invitados se dispersan uno por uno.
Tres verdades bíblicas
1. El trono que uno se da a sí mismo no se sostiene
Adonías «se ensalzaba». Nadie lo nombró, ni Dios ni el rey, y aun así se sirvió el puesto. Esa misma tarde estaba agarrado a los cuernos del altar, rogando por su vida. La autopromoción busca la posición antes que el llamado. En la iglesia se ve en quien quiere el cargo sin haber cargado sillas, y en el trabajo, en quien calcula cada movimiento para quedarse con el lugar del compañero. Pablo lo dice en una línea en la lectura de hoy, «no nos hagamos vanagloriosos» (Gálatas 5:26). Adonías aprende en un solo día lo que Ana cantó, el Señor humilla y también exalta. Lo que te toca es servir donde estás y dejar que sea Dios quien levante.
2. Un padre que nunca corrige cría un hijo que no acepta un no
El narrador explica el capítulo entero con un dato. Su padre nunca lo había contrariado preguntándole por qué hacía lo que hacía (1:6). David venció filisteos y sometió naciones, pero en su casa no supo decir que no. Ya lo vimos con Amnón y con Absalón, y ahora pasa con el cuarto hijo. La corrección a tiempo es una forma de amor que protege al hijo de sí mismo. La complacencia le quita los límites y lo deja creyendo que todo lo que desea le pertenece. En la práctica, eso significa preguntarle a tu hijo por qué hizo lo que hizo, aunque la conversación incomode. La misma verdad alcanza a quien pastorea o dirige a otros. Mañana veremos a Adonías todavía sin aprender a recibir un no.
3. La promesa de Dios decide quién se sienta en el trono
Hay intrigas en el palacio y un rey que casi se entera tarde. Y en medio de todo eso Dios cumple lo que prometió. Cuando David por fin despierta, jura con una frase que resume su vida, «vive el Señor, que ha redimido mi vida de toda angustia» (1:29). Y al saber que Salomón ya reina, se inclina sobre su cama y bendice al Señor porque «ha concedido hoy que uno se siente en mi trono» (1:48). La promesa de 2 Samuel 7 acaba de cumplirse en su primera entrega. La promesa avanzó porque descansaba en Su fidelidad. Salomón es apenas el primero de la fila de reyes que este libro va a medir, y ninguno va a llenar la medida. Por eso leemos este libro con los ojos puestos más adelante, en el Rey que Dios le prometió a David.
Reflexión y oración
El trono que Dios promete llega por Su mano y a Su tiempo.
Señor, bendito seas porque Tus promesas no dependen de nosotros. Reconocemos que también nos gusta ensalzarnos y adelantarnos a lo que no nos has dado, y que muchas veces callamos cuando deberíamos corregir. Perdónanos. Enséñanos a servir donde nos pusiste y a esperar que seas Tú quien levante. Danos valor para corregir con amor a los que nos confiaste. Y mientras recorremos este libro, danos un corazón entero para Ti, porque en Cristo tenemos al Rey que nunca falló. En el nombre de Cristo, amén.
