Él establecerá

«Levantó la columna derecha y la llamó Jaquín, y levantó la columna izquierda y la llamó Boaz» (1 Reyes 7:21, NBLA)

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Ayer vimos levantarse la casa de Dios sobre el monte, piedra por piedra y en silencio, con una palabra de Dios en el centro de la obra. Hoy el capítulo 7 sigue con el templo, pero antes de amueblarlo hace una pausa que llama la atención. Nos lleva al otro lado del monte, a ver lo que Salomón construyó para sí mismo. Es un capítulo de medidas, bronce y oro, y entre tanto detalle hay dos columnas con nombre propio que todavía nos hablan.

Entendiendo el pasaje

Lo más llamativo del capítulo es cómo está armado. El capítulo 6 construye la casa de Dios, y la segunda mitad del 7 la llena de muebles y utensilios. En medio de las dos partes, el narrador pone los edificios del rey. La casa de Salomón tomó trece años. La Casa del Bosque del Líbano, llamada así por sus filas de columnas de cedro, era más grande que el templo. Estaba también el pórtico del trono, donde el rey juzgaba, y una casa para la hija de Faraón (7:8), la esposa que apareció en el capítulo 3.

Después entra en escena Hiram, un artesano experto en bronce. Funde dos columnas enormes para la entrada, un gran depósito de agua sobre doce bueyes al que llamaban el mar, y diez basas con ruedas para los lavatorios. Luego vienen los objetos de oro del santuario. Y el capítulo cierra con un gesto de hijo, Salomón lleva al templo la plata y el oro que David había consagrado (7:51). El sueño del padre queda terminado.

Tres verdades bíblicas

1. Nuestra propia casa tiende a crecer más que la casa de Dios

El narrador pone dos cifras una cerca de la otra. Siete años para el templo (6:38). Trece años para la casa del rey (7:1). No las comenta, y conviene ser justos con él. Varios de esos edificios eran de gobierno, y en uno de ellos el rey impartía justicia. Aun así, la comparación queda ahí, y pesa. Lo propio se expande sin que nadie lo empuje. Empezamos con buena intención a cuidar la casa de Dios, y de a poco el trabajo, la casa y los planes personales van ocupando más horas y más dinero. Nadie lo decide de un día para otro. En la práctica, el calendario y el presupuesto cuentan dónde está el corazón con más honestidad que nuestras palabras. Mira tu semana y tus gastos con calma, y pregúntate qué casa está creciendo más.

2. Dios edifica Su casa con los dones de manos comunes

Hiram era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí y de un padre de Tiro, un hombre de origen mezclado y de oficio humilde. El texto dice que estaba lleno de sabiduría, de inteligencia y de pericia para trabajar el bronce (7:14). Son las mismas palabras que Éxodo usa para Bezaleel, el artesano que Dios llenó de Su Espíritu para construir el tabernáculo (Éxodo 31:3). La casa de Dios también se levantó con fundición y moldes de barro en la llanura del Jordán. Dios valora el oficio. En la iglesia, el que arregla el sonido o el que lleva las cuentas está sirviendo a la casa de Dios con un don que Él le dio. Y el que sabe hacer algo con las manos no tiene por qué sentirse de segunda frente al que predica. Todos los dones vienen del mismo Dios y sirven a la misma casa.

3. La firmeza de la casa está en el Dios que la establece

Hiram levantó las dos columnas en la entrada del templo, y les pusieron nombre. Jaquín quiere decir «Él establecerá». Boaz se entiende como «en Él hay fuerza». Cada israelita que subía a adorar pasaba entre dos columnas de bronce que confesaban de dónde venía la firmeza de esa casa. Y aquí hay algo que duele. El final de este mismo rollo cuenta que los babilonios quebraron esas columnas y se llevaron el bronce a Babilonia (2 Reyes 25:13). Las columnas cayeron. Lo que confesaban sus nombres siguió en pie, porque la firmeza nunca estuvo en el bronce, sino en Dios. La seguridad de una iglesia o de una familia tampoco descansa en sus edificios ni en su presupuesto. Esas cosas sirven, y algún día se quiebran. Lo que sostiene a un pueblo es el Dios que lo establece, y Él permanece cuando las columnas caen.

Las columnas se quiebran, y el Dios que establece Su casa permanece.

Señor, gracias por los dones que repartes en Tu pueblo y por las manos que sirven en Tu casa. Perdónanos cuando nuestra propia casa crece más que nuestro amor por la Tuya, y cuando ponemos nuestra seguridad en lo que se puede quebrar. Enséñanos a dedicarte nuestro tiempo y nuestros recursos con alegría. Gracias porque Tú estableces a Tu pueblo, y porque en Cristo tenemos un fundamento que nadie puede derribar. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

1 Reyes 7, Efesios 4, Ezequiel 37, Salmos 87-88

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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