¿Morará Dios sobre la tierra?

«Pero, ¿morará verdaderamente Dios sobre la tierra? Pues los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, ¡cuánto menos esta casa que yo he edificado!» (1 Reyes 8:27, NBLA)

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El sábado dejamos una pregunta en el aire, y hoy la hace el mismo Salomón. La obra se había terminado once meses antes, pero el rey esperó. Quería reunir a todo Israel en el mes séptimo, durante la fiesta de los Tabernáculos, la fiesta en que el pueblo recordaba los años en que vivió en tiendas por el desierto. Ese día la tienda le cede el lugar a la casa. Estamos en la cumbre de este libro, y en uno de los capítulos más altos de toda la historia de Israel.

Entendiendo el pasaje

El capítulo tiene dos escenas narrativas que envuelven tres discursos del rey. Abre con la procesión del arca hasta el Lugar Santísimo. El narrador anota que dentro del arca solo estaban las dos tablas que Moisés puso allí en Horeb (8:9), de modo que la palabra de Dios quedó en el centro de la casa. Entonces la nube llena el templo.

Después habla Salomón. Se dirige al pueblo para decir que Dios cumplió lo que le prometió a David. Luego eleva la gran oración de la dedicación, con las manos extendidas al cielo, y pide por siete situaciones que el pueblo iba a vivir, desde la sequía y la derrota en la guerra hasta el destierro en tierra enemiga. El estribillo se repite una y otra vez, oye desde los cielos y perdona. Al final bendice al pueblo y lo exhorta. El capítulo cierra con catorce días de fiesta y un pueblo que vuelve a sus casas con el corazón alegre (8:66).

Tres verdades bíblicas

1. La gloria de Dios llena la casa cuando Él decide venir

Los sacerdotes ponen el arca en su lugar y salen. En ese momento la nube llena la casa, y los sacerdotes no pueden quedarse a ministrar, porque la gloria del Señor lo ocupa todo (8:10-11). Es la misma escena del final de Éxodo, cuando la nube cubrió el tabernáculo y ni Moisés pudo entrar (Éxodo 40:34-35). Salomón puso siete años de obra y toneladas de oro. La presencia la puso Dios. Ningún culto ni ningún edificio produce la presencia de Dios. Él la concede porque quiere habitar con Su pueblo. Saber esto nos libra de dos errores. Uno es pensar que la adoración funciona por el ambiente que logramos con la música y las luces. El otro es acostumbrarnos a lo santo y llegar a la reunión de la iglesia con ligereza. El Dios que se acerca es el mismo Dios ante el cual los sacerdotes tuvieron que salir.

2. Dios pide un corazón entero y Él mismo lo inclina hacia Sí

La oración de Salomón es realista. Dice sin rodeos que «no hay hombre que no peque» (8:46), y pide que, cuando el pueblo caiga y aun cuando termine desterrado, Dios lo oiga si se vuelve a Él «con todo su corazón» (8:48). Al terminar, el rey bendice al pueblo y pide que el Señor «incline nuestro corazón hacia Él» (8:58). Solo después lo exhorta con la frase que es la tesis de esta serie, «estén, pues, sus corazones enteramente dedicados al Señor nuestro Dios» (8:61). Fíjate en el orden. El corazón entero primero se le pide a Dios, y luego se le exige al pueblo. Esa frase va a ser la vara con la que este libro mida a cada rey, empezando por el que la pronunció. En la práctica, un corazón entero se cuida con confesión diaria y oración honesta. Cuando notes que tus afectos se dividen, lo primero es pedirle a Dios que incline tu corazón hacia Él, y después obedecer con lo que Él te da.

3. El Dios que no cabe en los cielos vino a habitar entre nosotros

En medio de la fiesta, Salomón se detiene y hace la pregunta más honda del capítulo. ¿Morará verdaderamente Dios sobre la tierra? Él mismo sabe que ni los cielos de los cielos lo pueden contener, y que esta casa le queda pequeña. El templo era una sombra. Siglos después, Juan escribió la respuesta. «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria» (Juan 1:14). La palabra que Juan usa para habitar es la de la tienda, la misma de la fiesta que Israel celebraba en este capítulo. La gloria que los sacerdotes no pudieron resistir en la nube se dejó ver en el rostro de Jesús. Él mismo habló del templo de Su cuerpo (Juan 2:21). Y la historia que empezó en un huerto termina en una ciudad sin templo, porque el Señor y el Cordero son su templo (Apocalipsis 21:22). Por eso hoy el lugar donde Dios oye y perdona tiene nombre. Cuando caigas o cuando estés lejos sin saber cómo volver, vuelve a Cristo. En Él, Dios habita con nosotros.

Reflexión y oración

El Dios que los cielos no pueden contener levantó Su tienda entre nosotros en Cristo.

Bendito sea nuestro Dios, que cumple Sus promesas y quiere habitar con Su pueblo. Señor, Tú no cabes en los cielos, y aun así te acercaste a nosotros en Tu Hijo. Gracias porque en Cristo vimos Tu gloria, llena de gracia y de verdad. Reconocemos que no hay quien no peque, y que nuestro corazón se divide con facilidad. Inclina nuestro corazón hacia Ti, para que andemos en Tus caminos y Tu nombre sea conocido por los que todavía están lejos. Oye desde los cielos y perdona. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

1 Reyes 8, Efesios 5, Ezequiel 38, Salmos 89

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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