El cristiano y la libertad de conciencia

Vivimos en un mundo cada vez más relativista; la diversidad de opiniones y el surgimiento de nuevos sistemas de pensamiento han hecho que tener conceptos cada vez más subjetivos sea lo normal.

Tener diversidad de opiniones no es malo en sí, de hecho, es una gran ventaja en ciertas situaciones que así lo permiten (no incluyo valores morales objetivos). Por ejemplo, tener diversidad de opinión en cuanto a un tema científico o filosófico permite la retroalimentación y, por supuesto, ampliar el conocimiento. Sin embargo, este subjetivismo debe ser administrado con cuidado cuando lo trasladamos al contexto de la iglesia.

Es precisamente en el marco de la «diversidad» que la proclama de la libertad de conciencia se levanta como la espada de defensa y ataque dentro de la iglesia.

Frecuentemente escucho a hermanos decir –Si la Biblia no dice nada sobre tal tema, entonces usa tu conciencia; si ella no te redarguye, entonces no es pecado—

Parece que reducir los debates al campo de la conciencia es la mejor forma de evitarlos; y aunque admito que en ocasiones este principio es totalmente válido, me he encontrado con la realidad de personas que yerran en cuanto a la forma en que usan su conciencia para juzgar algo como bueno o malo, ya sea porque no tienen en cuenta la conciencia de otros o porque su conducta no es más que un serio problema de pecado en el corazón.

Quiero poner un ejemplo antes de entrar en detalles al respecto: un hombre puede estar en lo correcto al afirmar que ir o no a la playa es un asunto de conciencia en el sentido en que la Biblia no legisla específicamente al respecto, pero si este hombre lucha en su interior con la lujuria, el uso de su libre conciencia no es más que un pretexto para alimentar su pecado viendo mujeres desnudas.

Así pues, la libertad de conciencia no debe ser usada de manera indiscriminada, ni tampoco debe usarse sin tener en cuenta nuestra propia naturaleza caída y también la de otros.

¿Qué es la conciencia?

La conciencia es definida normalmente como el conocimiento interno de lo bueno y lo malo; y/o la capacidad de juzgar sobre ello[i]. Podríamos decir que la conciencia funciona como una especie de tribunal interno que delibera sobre nuestras acciones; la conciencia usa la información que tiene sobre la bondad o la maldad que algo produce para indicarnos acerca de una decisión o la consecuencia de ella.

Dios nos ha diseñado de tal manera que aún en nuestro estado natural más elemental, nuestra conciencia está informada acerca de las cosas buenas y malas, incluso si no hemos sido informados externamente al respecto, y la razón es que Dios ha escrito esa información en nosotros (Rom 2:15).

Un hombre puede no conocer la ley al respecto de «no matar», incluso puede no aceptar la ley, pero aun así su conciencia le informa que ha hecho mal (Rom 2:16); otra cosa es cuando este hombre ha matado tanto que ya no siente acusación alguna, su conciencia ya no cumple su función porque se ha cauterizado, pero de eso hablaremos más adelante.

Así pues, la conciencia es una herramienta dada por Dios a los hombres con el fin de controlar o refrenar sus acciones. Ese es el espacio en el cual Dios actúa en su Gracia común para refrenar el mal de la humanidad caída, pero también para regular las acciones pecaminosas en un creyente.

Una conciencia informada

Hemos hecho un intento por definir la conciencia en el párrafo anterior y la manera en que es usada por Dios para nuestro bien, sin embargo, en este punto es importante señalar que la conciencia, por ser propia de cada individuo, varía en su funcionalidad de acuerdo al grado de información que ésta posea.

Por ejemplo, la conciencia de un creyente maduro, que conoce las leyes y estatutos de Dios, es más informada que la de un creyente recién convertido, por lo que de seguro, en el creyente maduro, su conciencia aprobará o desaprobará cosas o situaciones que el creyente inmaduro aún no.

Esto es importante cuando vamos a apelar a la libertad de conciencia. Es cierto —tal como dijimos al principio— que hay algunas cosas que no están claras en la Escritura o que no se mencionan como buena o como mala y es válido que recurramos al testimonio de nuestra conciencia para determinar si lo aprobamos o no, sin embargo, debemos ser conscientes que necesitamos información suficiente al respecto, me refiero a que debemos estar seguros de haber evaluado diligentemente la situación como para determinar qué, en efecto, no hay luz en la Escritura al respecto del asunto.

Un creyente puede decir que la Biblia no dice nada al respecto de no fumar, pero de seguro, si su conciencia está informada, él sabrá que la Biblia nos manda a cuidar el templo del Espíritu Santo, que es nuestro cuerpo; su conciencia también debe estar informada al respecto del carácter moral de tal situación, que fumar está asociado a prácticas que generalmente no glorifican a Dios. Por tanto, no es suficiente solo con usar su libertad de conciencia, sino asegurarse de que ella esté correctamente informada al respecto.

Una conciencia débil

El capítulo 14 de Romanos es una obra maestra en cuanto al tema de la libertad de conciencia. Pablo atiende a una situación de la cual había sido informado seguramente; una disputa entre hermanos dentro de la iglesia local porque algunos hermanos (gentiles) creían que no había problema en comer carne, mientras que otro grupo (judíos) creían que eso no podía ser permitido sino comer solo vegetales (Rom 14:2).

Pablo está frente a algo sobre lo cual no había una legislación clara aún, al menos en el contexto del Nuevo Testamento; sin embargo, aunque el Apóstol reconocía que no era problema comer carne (1 Cor 8:4), Él no interpuso lo que su conciencia aprobaba por encima de aquello que los hermanos débiles desaprobaban; más bien mandó a que por medio de la tolerancia [recibirse unos a otros] los hermanos fuertes en sus conciencias, no fueran tropiezo a los débiles, ni los déb

iles juzgaran a los fuertes.

Mi punto es, en armonía con el tema de este post, que no podemos usar nuestra libertad de conciencia de manera indiscriminada, no sin antes contemplar a cuántas personas puedo estar afectando, no sea que me haga siendo tropiezo a la causa de Cristo y otro hermano peque por mi causa.

Y así, por tu conocimiento, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano. (1 Cor 8:11-13).

Una conciencia insegura

¿Tienes tú fe? Tenla para ti mismo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el que duda sobre lo que come, se condena a sí mismo, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado. (Rom 14:22-23).

En el capítulo 14 de Romanos, Pablo no sólo habla de cuidar la débil conciencia de los hermanos, sino de cuidar nuestra propia conciencia. Hemos visto además que nuestra conciencia cumple una función vital en nuestro andar y el desarrollo nuestro como creyentes, preservar esa funcionalidad es también vital para nosotros.

Cuando hemos informado nuestra conciencia con la Palabra de Dios o con prácticas piadosas personales[ii], éstas se convierten en una regla interna; y aunque violar esa regla no sea pecaminoso en sí mismo en algunos casos, si nosotros la aprobamos de manera abrupta, o en medio de dudas la quebrantamos; entonces si incurrimos en pecado.

Por ejemplo, he ido a la playa en varias ocasiones, y a veces me encuentro con hermanos que no tienen problema en estar sin su ropa, yo no acostumbro a ello por un asunto de práctica moral personal; sin embargo, si yo un día decido de manera abrupta y en medio de la duda [sin fe] quitarme la ropa, cometo pecado, no porque no tener ropa en la playa lo sea por sí mismo —aunque confieso que no estoy seguro— sino porque he quebrantado mi propia regla de conciencia.

Esto viene a ser peligroso porque luego que alguien quebranta su propia regla de conciencia, y lo hace de nuevo, y otra vez, la conciencia gradualmente va perdiendo su función hasta que se cauteriza. De modo que si voy a usar de libre conciencia, no debo estar dudando al respecto y estar seguro también, que no estoy quebrantando alguna regla interna de la que he estado plenamente convencido.

Una conciencia cauterizada

Una conciencia cauterizada (1 Tim 4:2), es una conciencia que por causa del pecado deliberado ha perdido su función; ya no sirve como alerta o como tribunal interno y, por tanto, no es confiable su juicio.

Una persona puede estar amando tanto su pecado, que aunque diga que él no se condena en lo que aprueba, lo que evidencia es un serio problema del corazón que ya no necesita de corregir la conciencia sino de un arrepentimiento genuino.

Una conciencia cauterizada usa la «libertad» como pretexto para pecar.

Una mala conciencia

De la manera en que la conciencia es informada por Dios para el bien, también la naturaleza pecaminosa, y el enemigo de nuestras almas, informa la conciencia para el mal, este es el peor grado de conciencia que pueda tener una persona y se trata de réprobos, hombres sin temor, amantes del mal e hijos de ira, sus conciencias siempre guían a la maldad, son ellos mismos condenados en sus propias acciones.

Hemos visto las serias implicaciones que tiene no usar de manera correcta nuestra libertad de conciencia. Debemos someternos a Dios y evaluar todas nuestras intenciones, no sea que nos encontremos usando mal nuestra libertad, haciendo daño al cuerpo de Cristo y deshonrando al Creador.

Dios conoce todos nuestros pensamientos, quiera él que podamos decir como el salmista: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. (Sal 139: 23-24)

Que Dios nos conceda glorificar su Nombre, amando a nuestros hermanos, y preservando con temor y reverencia el testimonio de nuestra conciencia. Amén


[i] Definición de la RAE: f. Conocimiento interior del bien y del mal. f. Conocimiento reflexivo de las cosas.

[ii] Llámese práctica piadosa personal a una costumbre practicada por años que no es necesariamente expresa en las Escrituras pero sí deducida, pero que se reconoce como no esencial y personal.

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Jacobis Aldana

Está casado con Keila y es padre de Santiago y Jacobo. Jacobis sirve en el ministerio pastoral desde 2010. Es licenciado en Teología del Seminario Teológico de Miami (MINTS) y actualmente candidato a Maestría en Divinidades en Midwestern Baptist Theological Seminary. Ha servido como director editorial en Soldados de Jesucristo y es miembro fundador de la Red de iglesias Bíblicas del Caribe Colombiano y también trabaja como maestro-directivo de la fundación de Estudios Bíblicos Alfa y Omega.