Hagamos memoria de dónde venimos, para no perder el mapa. Llevamos varios días en el segundo gran sermón de Moisés, el que gira en torno a una palabra, escucha. Empezó con el Shemá, amar a un solo Dios con todo el corazón, y de ahí Moisés ha venido bajando ese amor a la vida concreta. La semana pasada vimos que ser de Dios se nota en la mesa y en el bolsillo. Hoy el capítulo 15 agarra esa idea y la lleva más lejos. El amor a Dios que cantamos el domingo se prueba en cómo tratamos al pobre el lunes.
Entendiendo el pasaje
Israel tenía un calendario que ningún otro pueblo conocía. Cada siete años llegaba el año de la remisión, y en ese año se cancelaban las deudas entre hermanos israelitas y se dejaba libres a los que habían caído en servidumbre por necesidad. La meta de Dios era que no hubiera pobres permanentes en su pueblo, que nadie quedara atrapado para siempre en una deuda. Pero Moisés conocía el corazón humano y se adelantó a su trampa. Alguien podría calcular con frialdad y negarse a prestarle al necesitado cuando el año de remisión estuviera cerca, pensando que iba a perder ese dinero. Y Dios lo confronta de frente, no endurezcas tu corazón ni cierres tu mano, presta con generosidad, y da sin que te duela el alma al hacerlo. Al esclavo que liberaba, el israelita no lo echaba con las manos vacías, lo abastecía de ovejas, grano y vino para que pudiera empezar de nuevo. Y todo esto descansaba sobre una sola memoria, acuérdate de que tú fuiste esclavo en Egipto y el Señor te rescató. Das porque a ti te dieron primero.
Tres verdades bíblicas
1. La fe que conoce a Dios afloja la mano.
El corazón cerrado y la mano cerrada siempre andan juntos, así lo dice el versículo 7. No es casualidad que Moisés los mencione en la misma frase, porque lo que pasa en el bolsillo es un reporte fiel de lo que pasa en el alma. Tú que me escuchas hoy, la generosidad es uno de los termómetros más honestos de la fe. El que aprieta el puño ante el necesitado revela un corazón que todavía no entendió de qué se trata la gracia, porque quien de verdad ha recibido de Dios no puede quedarse con todo apretado contra el pecho. Una fe que no afloja la mano es una fe que aún no llegó al corazón.
2. A Dios no le basta que des, le importa cómo das.
Mira la exigencia tan fina del versículo 10. Darás, dice Moisés, y que no se entristezca tu corazón cuando le des. Dios no se conforma con el acto de dar, también pide la actitud. Se puede dar con el ceño fruncido, calculando lo que uno pierde, soltando la moneda como quien se arranca un diente. Pero ese regalo nace muerto. Hermano, Dios ama al que da con alegría, al que abre la mano contento porque entiende que está reflejando lo que Dios hizo con él. Si das de mala gana, revisa el corazón antes que la billetera, porque la tristeza al dar delata que todavía crees que ese dinero era más tuyo que de Dios.
3. Liberas a otros porque Dios te liberó primero.
Aquí está la raíz de todo el capítulo, y mira qué hermosa. Cada vez que Moisés pide generosidad, la ancla en lo mismo, acuérdate de que fuiste esclavo y el Señor te sacó con mano fuerte. El perdón de deudas y la liberación del esclavo eran un eco de lo que Dios había hecho con ellos en Egipto. Y eso apunta directo a nosotros. Cristo canceló en la cruz una deuda que jamás habríamos podido pagar, una deuda de pecado que nos tenía esclavizados. Pero no se quedó en perdonarnos, hizo como el amo de este capítulo que libera al siervo y lo abastece para la vida nueva. Cristo nos perdonó y además nos dio su Espíritu, su familia, su herencia, todo lo necesario para vivir libres. El que ha sido perdonado así, perdona. El que fue liberado de esa manera, abre la mano. No damos para ganar nada, damos porque ya lo recibimos todo.
Reflexión y oración
La mano abierta no es un esfuerzo que arrancamos a la fuerza, brota sola en quien recuerda la deuda enorme que le fue perdonada.
Padre, gracias porque cancelaste en Cristo una deuda que nunca habríamos podido pagar, y porque no solo nos perdonaste, sino que nos abasteciste de todo para vivir libres. Perdónanos el puño cerrado, el cálculo frío frente al que sufre, la tristeza con que a veces damos. Danos un corazón que afloje la mano con alegría, recordando siempre que fuimos esclavos y Tú nos rescataste. Que nuestra adoración del domingo se note en nuestra generosidad del lunes. En el nombre de Cristo, amén.
