Apartados para Dios

«Entonces Moisés tomó el aceite de la unción y ungió el tabernáculo y todas las cosas que había en él, y las consagró.» (Levítico 8:10, NBLA)

Compartir:

Hoy entramos en una nueva sección de Levítico. Ya sabemos cómo se acerca un pueblo pecador a un Dios santo, eso lo aprendimos con los sacrificios. Pero ahora surge la pregunta que sigue de manera natural. ¿Quién ofrece esos sacrificios? ¿Quién entra al lugar santo en nombre del pueblo? ¿Quién media entre Dios y los suyos? Levítico 8 responde con una escena solemne y cargada de significado, la consagración de Aarón y sus hijos como sacerdotes del Señor.

Entendiendo el pasaje

Moisés reunió a toda la congregación a la entrada de la tienda de reunión. Lo que estaba a punto de suceder no era un acto privado ni una ceremonia íntima. Todo Israel debía ver cómo Dios apartaba a los que iban a servirle. El proceso fue detallado y largo. Moisés lavó a Aarón con agua, le puso la túnica, el manto, el efod, el pectoral con las piedras, el turbante con la placa de oro que decía «Santo al Señor». Después tomó el aceite de la unción y ungió el tabernáculo, el altar y todos sus utensilios. Y entonces ungió a Aarón.

Pero la consagración no terminó ahí. Hubo tres sacrificios. Un novillo como ofrenda por el pecado, un carnero como holocausto y otro carnero llamado «el carnero de la consagración». De este último, Moisés tomó sangre y la puso en el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho. Después hizo lo mismo con sus hijos. Cada paso tenía un propósito. Nada era decorativo y es realmente asombrosa toda esta ceremonia.

Tres verdades bíblicas

  1. Nadie se consagra a sí mismo — Fíjate en algo que el texto repite una y otra vez. Moisés lavó a Aarón. Moisés le puso las vestiduras. Moisés lo ungió. Moisés ofreció los sacrificios. Aarón no hizo nada por sí mismo en toda la ceremonia. Se dejó lavar, se dejó vestir, se dejó ungir. El llamado al servicio de Dios no nace de la ambición personal ni de la decisión propia. Viene de Dios. El autor de Hebreos lo dice con claridad cuando escribe que nadie toma para sí este honor, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Ese principio sigue vigente. Los que servimos a Dios en cualquier capacidad no estamos ahí porque lo decidimos nosotros. Estamos ahí porque Dios nos puso. Y eso debería guardarnos de dos tentaciones. La primera es la arrogancia de creernos indispensables. La segunda es la de usar el servicio como plataforma personal. Aarón no se autoproclamó sacerdote. Fue llamado, lavado, vestido y ungido por otro. Todo vino de afuera, de arriba.
  2. Cada elemento de la consagración enseña algo sobre el servicio a Dios — El lavamiento con agua habla de purificación. Antes de servir a Dios hay que ser limpiado. Las vestiduras hablan de una identidad nueva. Aarón dejó de ser un hombre cualquiera y fue revestido con ropas que representaban su función ante Dios y ante el pueblo. El aceite habla de la unción del Espíritu, sin la cual ningún servicio tiene poder. Y la sangre en la oreja, el pulgar y el pie tiene un simbolismo que vale la pena pensar. La oreja consagrada significa que lo que el sacerdote escucha le pertenece a Dios. El pulgar consagrado significa que lo que hace con sus manos le pertenece a Dios. El pie consagrado significa que a donde camina le pertenece a Dios. Todo el sacerdote quedaba apartado para el Señor. Eso es consagración. No es un momento emocional ni un evento especial. Es la entrega de cada área de la vida al señorío de Dios. Me gusta esto porque creo que necesitamos recuperar mucho de la solemnidad en la adoración y el servicio a Dios. A veces sen el ánimo de ser muy abiertos y modernos trivializamos las cosas y demos lugar una informalidad peligrosa.
  3. Cristo es el sacerdote que no necesitó ser purificado para servir — Aarón tuvo que pasar por un proceso extenso antes de poder acercarse a Dios en nombre del pueblo. Fue lavado porque estaba impuro. Necesitó sacrificios por su propio pecado antes de poder ofrecer sacrificios por otros. Fue ungido porque por sí mismo no tenía la autoridad para ministrar. Todo eso revela una limitación. Aarón era un mediador imperfecto que necesitaba mediación él mismo. Pero Hebreos nos presenta a Cristo como un sumo sacerdote de otro orden. Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores. Él no necesitó ser lavado porque ya era puro. No necesitó sacrificio por su pecado porque no tenía pecado. No necesitó que otro lo vistiera porque su gloria era propia. Lo que Aarón recibió como ritual, Cristo lo era por naturaleza. Y por eso su sacerdocio es permanente, no como el de Aarón que terminó con la muerte.

Reflexión y oración

Levítico 8 nos muestra que servir a Dios es un privilegio que viene con una seriedad enorme. Dios escoge a quién llama, Dios prepara a quién envía, y Dios espera que los que le sirven lo hagan con todo consagrado, lo que oyen, lo que hacen y a donde van. Aarón fue un sacerdote imperfecto que señalaba hacia uno perfecto. En Cristo tenemos al mediador que no necesita mediación, al sacerdote que no necesita purificación, al que intercede por nosotros con una autoridad que no tiene fecha de vencimiento.

Padre, gracias por llamarnos a servirte. Recuérdanos que ese llamado viene de ti, no de nosotros. Consagra nuestros oídos para escucharte, nuestras manos para obedecerte y nuestros pies para caminar en tu voluntad. Gracias por Cristo, nuestro sumo sacerdote perfecto, que intercede por nosotros hoy y siempre. Amén.

Lecturas del plan

Levítico 8, Salmos 9, Proverbios 23, 1 Tesalonicenses 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

Escúchanos en

Disponible en todas las plataformas

WhatsApp

Canal diario

YouTube

Video devocional

Spotify

Podcast de audio