Babel: el fin de una rebelión y el inicio de una promesa

«Y dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, y hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra”.» (Génesis 11:4, NBLA)

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Hemos llegado al final de la primera gran sección de Génesis. Durante estos diez días hemos recorrido la historia de los orígenes: la creación, la caída, las dos simientes, el diluvio, el nuevo comienzo que terminó con el mismo viejo problema. Hoy cerramos este ciclo con un episodio que resume todo lo que hemos visto y, al mismo tiempo, abre la puerta a lo que viene.

Babel es la rebelión del jardín del Edén a gran escala. En el Edén, una pareja quiso ser como Dios. En Babel, toda una civilización se une para decir: «Hagámonos un nombre famoso» y «edifiquemos una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo». El pecado siempre ha querido lo mismo desde el principio: autonomía, igualarse a Dios, rechazar su señorío.

Entendiendo el pasaje

Para entender Babel, necesitamos mirar brevemente Génesis 10. Allí aparece un personaje que el texto describe como «poderoso en la tierra» y «vigoroso cazador delante del Señor»: Nimrod. De él dice la Escritura que el comienzo de su reino fue Babel. Nimrod es uno de esos «hombres de renombre» que mencionamos cuando estudiamos Génesis 6, hombres grandes y poderosos que llenaron la tierra de violencia y se opusieron a Dios. Él lidera esta rebelión colectiva.

¿Cuál era el plan? Construir una ciudad y una torre que llegara hasta el cielo. Hacerse un nombre. Y nota el motivo que dan: «para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra». Esto es exactamente lo opuesto al mandato que Dios había dado. Desde el principio, el plan de Dios fue que los seres humanos llenaran la tierra, que se extendieran y multiplicaran su imagen por todo el mundo. Babel fue la anti-misión: juntarse en lugar de dispersarse, hacerse un nombre propio en lugar de glorificar el nombre de Dios, construir un reino humano en lugar de extender el reino de Dios.

La respuesta del Señor es contundente. Él desciende, confunde las lenguas y los dispersa sobre la faz de toda la tierra. Lo que el hombre unió en rebelión, Dios lo esparce en juicio. El nombre de la ciudad, Babel, significa «confusión». Es el monumento permanente al fracaso de todo intento humano de alcanzar el cielo por sus propios medios.

Pero el capítulo no termina ahí. Después de la dispersión, el texto nos presenta la genealogía de Sem. ¿Recuerdas a Sem? Uno de los hijos de Noé, el que junto con Jafet cubrió la desnudez de su padre. De su línea, nos dice Génesis 11, nace Taré. Y de Taré nace un hombre llamado Abram. La historia de toda la humanidad que hemos visto en los capítulos 1-11 ahora se va a enfocar en un solo hombre y su familia. Dios responde a la rebelión de Babel eligiendo a alguien de quien saldrá la simiente prometida desde Génesis 3.

Tres verdades bíblicas

1. El pecado siempre busca lo mismo: ser igual a Dios — Desde la serpiente diciéndole a Eva «serán como Dios» hasta los constructores de Babel diciendo «hagámonos un nombre», el patrón se repite una y otra vez. El corazón del pecado es la autonomía, querer ser nuestros propios dioses, definir nuestro propio destino. Cada vez que rechazamos la voluntad de Dios para imponer la nuestra, estamos repitiendo Babel en pequeña escala.

2. Dios dispersa lo que el hombre une en rebelión, pero unirá lo que el pecado dispersó — En Babel, Dios confundió las lenguas y esparció a las naciones. Pero siglos después, en Pentecostés, el Espíritu Santo descendió y personas de toda lengua y nación escucharon el evangelio en su propio idioma. Lo que Babel dividió, Cristo lo está reuniendo. Un pueblo de toda tribu, lengua y nación que no se hace un nombre para sí mismo, sino que glorifica el nombre del Señor.

3. De la confusión de Babel surge la línea que llegará hasta Cristo — El capítulo termina con una genealogía que parece aburrida, pero es la más importante de la Biblia hasta este punto. De Sem a Abram. De Abram vendrá Isaac, de Isaac Jacob, de Jacob las doce tribus, de Judá el rey David, y de David el Mesías. La simiente prometida en Génesis 3 no se ha olvidado. Dios está tejiendo su plan de redención en medio del caos humano.

Reflexión y oración

Génesis 1-11 nos ha mostrado un patrón que se repite: Dios crea y bendice, el hombre se rebela, las consecuencias vienen, pero Dios preserva una línea de esperanza. Creación, caída, juicio, gracia. Una y otra vez. Ahora la historia dará un giro. A partir de mañana comenzaremos la segunda gran sección de Génesis: la historia de Abraham y su familia. La pregunta que quedó flotando desde el capítulo 3 sigue vigente: ¿quién será la simiente que aplaste la cabeza de la serpiente? La respuesta comenzará a tomar forma en los capítulos que vienen.

Señor, reconocemos que en nuestro corazón sigue habiendo un Babel. Queremos hacernos un nombre, construir nuestros propios reinos, alcanzar el cielo por nuestros propios medios. Perdónanos. Gracias porque en medio de nuestra confusión, tú sigues tejiendo tu plan de redención. Gracias por la línea de Sem, por Abraham, por la simiente que llegó hasta Cristo. Ayúdanos a vivir no para nuestro nombre, sino para el tuyo. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 11, Mateo 10, Esdras 10, Hechos 10

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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