Con todo el corazón

«Si tus hijos guardan su camino, andando delante de Mí con verdad, con todo su corazón y con toda su alma, no te faltará hombre sobre el trono de Israel» (1 Reyes 2:4, NBLA)

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Ayer vimos a Salomón montado en la mula de su padre, ungido en Gihón, y a Adonías agarrado a los cuernos del altar. Hoy el trono ya tiene dueño, y el capítulo cuenta cómo se asegura. Es un capítulo incómodo. Empieza con las últimas palabras de un hombre de Dios y sigue con cuatro nombres que salen de escena, tres de ellos por la espada. Y en medio de todo eso aparece por primera vez en el libro la palabra que vamos a seguir estas tres semanas, corazón.

Entendiendo el pasaje

El capítulo se mueve en dos tiempos. El primero es la despedida de David, con la misma forma que las de Jacob, Moisés y Josué. Un anciano convoca al que sigue, le deja un encargo y muere. Las palabras suenan a Deuteronomio, «esfuérzate, pues, y sé hombre», guarda lo que el Señor te encomendó y anda en Sus caminos. Pero en el mismo aliento David deja una lista de cuentas por cobrar. Joab no debe bajar en paz a la tumba, y Simei tampoco. Solo Barzilai recibe una palabra de gratitud, y sus hijos un lugar en la mesa del rey.

El segundo tiempo son cuatro cuadros breves. Adonías pide a Abisag y pierde la vida. Abiatar pierde el sacerdocio, y el narrador anota que así se cumplió la palabra del Señor «acerca de la casa de Elí en Silo» (2:27), una sentencia que escuchamos en 1 Samuel 2, varias generaciones atrás. Joab muere junto al altar. Simei rompe su palabra y muere también. El capítulo abre diciendo que el reino de Salomón «se afianzó en gran manera» (2:12) y cierra repitiendo que quedó afianzado en sus manos (2:46). Lo que ocurre entre esas dos frases es la manera en que se afianzó. El texto lo reporta con honestidad, incluido el pretexto con que Salomón atrapa a Simei, y no lo aplaude. Esos métodos quedan lejos de lo que Dios nos ha mostrado en Cristo.

Tres verdades bíblicas

1. La promesa de Dios pide un corazón entero en cada generación

El trono estaba prometido a la casa de David, y aun así David le recuerda a su hijo que la promesa viene atada a una condición, «si tus hijos guardan su camino». Salomón no hereda la fe de su padre como hereda la corona. Tiene que andar delante de Dios por su cuenta, y lo mismo pasa en cada casa. Un comentarista decía que un pueblo siempre está a una generación de perder la verdad. En la práctica, lo mejor que un padre deja a sus hijos es el encargo de caminar con el Señor, dicho en voz alta y respaldado con la vida. Los hijos oyen lo que decimos y miran lo que hacemos, y a la larga creen más lo segundo. Este libro va a probar esa condición rey tras rey, y la pregunta sobre cada uno va a ser la misma, qué hizo con su corazón.

2. Lo que no resolvemos a tiempo lo heredan nuestros hijos

David supo durante décadas quién era Joab. Lo dijo en voz alta el día que Joab mató a Abner, «estos hijos de Sarvia son más duros que yo» (2 Samuel 3:39), y dejó el asunto ahí. Joab mató después a Amasa, y tampoco pasó nada. Lo que el padre no enfrentó en toda su vida se lo pasa a un hijo recién sentado en el trono. Aquí se cobra la impunidad que el final de 2 Samuel dejó pendiente, y se cobra tarde y por mano ajena. El encargo deja ver el costo de aplazar lo que había que resolver, y ese costo lo paga otro. Los conflictos que evitamos en la familia o en la iglesia no desaparecen con el tiempo. Pasan a manos de los que vienen detrás, y casi siempre llegan más grandes. Confrontar con amor y poner en orden lo torcido mientras nos toca a nosotros es una manera de cuidar a los que se nos han confiado.

3. El altar no protege al que no se arrepiente

Cuando Joab oye lo que ha pasado con Adonías, corre a la tienda del Señor y se agarra de los cuernos del altar, igual que Adonías días antes. Pero la ley ya había dicho que al que mata a su prójimo con alevosía se le quita aun del altar (Éxodo 21:14). Joab quería la protección de Dios sin soltar la sangre de Abner y de Amasa. Es un escondite viejo. Hay quienes se refugian en la iglesia o en la costumbre religiosa mientras se niegan a dejar un pecado que conocen bien. El altar no cubre eso. Ezequiel, en la lectura de hoy, muestra la otra cara de la misma verdad, cuando el Señor dice que no se complace «en la muerte del impío, sino en que el impío se aparte de su camino y viva» (Ezequiel 33:11). El refugio que Dios abre recibe al que llega arrepentido, y ese refugio sigue abierto esta mañana.

Reflexión y oración

El corazón que Dios pide se entrega de nuevo en cada generación.

Padre, gracias porque Tu palabra se cumple aunque pasen generaciones, y porque Tu promesa a David no se quebró en manos de hombres imperfectos. Reconocemos que muchas veces aplazamos lo que debimos enfrentar, y que a veces buscamos refugio en lo religioso sin soltar lo que nos pides dejar. Danos un corazón entero para Ti, y ayúdanos a dejar a nuestros hijos un encargo que nuestra vida respalde. Gracias porque en Cristo el refugio está abierto para el que se vuelve a Ti. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

1 Reyes 2, Gálatas 6, Ezequiel 33, Salmos 81-82

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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