Ayer vimos que Dios se toma en serio incluso los pecados que cometemos sin darnos cuenta. Hoy Levítico da un paso más y nos muestra algo que a veces preferimos no pensar. Hay pecados que no solo ofenden a Dios, también dejan una deuda con alguien. Y Dios no acepta que resolvamos la cuenta con él si dejamos pendiente la cuenta con el prójimo.
Entendiendo el pasaje
Levítico 5 presenta la ofrenda por la culpa, y tiene un enfoque diferente al capítulo anterior. Aquí los casos son concretos. Alguien que fue testigo de algo y no habló cuando debía. Alguien que tocó algo impuro y no se purificó. Alguien que hizo un juramento impulsivo y no lo cumplió. Fíjate que no son crímenes grandes. Son faltas que ocurren en la vida cotidiana, el tipo de cosas que nosotros minimizaríamos con un «no es para tanto».
Pero lo que hace que este capítulo sea distinto es lo que aparece al final. Cuando el pecado ha causado un daño concreto a otra persona, el sacrificio solo no basta. El oferente tenía que restituir lo que había tomado o dañado, y además añadir una quinta parte del valor. Es decir, devolver lo que debía más un veinte por ciento. Primero reparas el daño, después traes tu ofrenda. Dios deja claro que la reconciliación con él no es un atajo para evitar la responsabilidad con el prójimo.
Tres verdades bíblicas
- El pecado siempre tiene un costo, aunque no lo veamos de inmediato — Es fácil pensar que mientras nadie se entere, el pecado no hizo daño. Pero Levítico 5 presenta situaciones donde las faltas parecen menores y aun así generan culpa ante Dios. El testigo que calló cuando debía hablar. El juramento que se hizo a la ligera y nunca se cumplió. Nosotros tendemos a clasificar los pecados por tamaño, y los que parecen pequeños los dejamos pasar. Pero Dios ve lo que nosotros no vemos. Ese comentario que no hiciste cuando alguien necesitaba que hablaras, esa promesa que olvidaste cumplir, ese descuido que afectó a otro sin que te dieras cuenta, todo eso tiene un peso. Y lo tiene porque Dios valora tanto a las personas que incluso las faltas que nosotros consideramos insignificantes le importan.
- Dios no acepta adoración sin reparación — Esta es una de las enseñanzas más confrontadoras de Levítico. Si tu pecado le hizo daño a alguien, no puedes simplemente traer un sacrificio y seguir adelante. Primero tienes que ir, devolver lo que tomaste, reparar lo que dañaste y añadir algo más encima. Jesús enseñó exactamente lo mismo siglos después cuando dijo que si estás por presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, dejes la ofrenda y vayas primero a reconciliarte. Eso no es un invento del Nuevo Testamento, ya estaba en Levítico 5. Dios siempre ha operado así. La relación vertical con él y la relación horizontal con los demás no se pueden separar. Y cuando intentamos resolver una sin atender la otra, Dios nos detiene.
- Dios ajusta el camino de regreso a la capacidad de cada persona — Hay un detalle en este capítulo que es fácil pasar por alto pero que dice mucho sobre el carácter de Dios. Si alguien no podía traer una cordera como ofrenda, podía traer dos tórtolas o dos pichones. Y si ni siquiera eso podía costear, Dios aceptaba una ofrenda de harina. El camino de regreso a Dios no estaba reservado para los que tenían recursos. El más pobre de Israel podía acercarse con lo poco que tenía y ser restaurado. Dios no ponía la reconciliación fuera del alcance de nadie. Eso nos habla de un Dios que quiere que todos tengan acceso a él. Y en Cristo vemos eso llevado a su máxima expresión, porque el sacrificio que nos reconcilia con Dios no nos costó nada a nosotros. Él pagó todo.
Reflexión y oración
Levítico 5 nos confronta con dos preguntas que vale la pena hacernos hoy. La primera es si hay alguien a quien le debemos algo, una disculpa, una restitución, una palabra que no dijimos cuando debíamos. La segunda es si hemos intentado arreglar las cuentas con Dios sin arreglarlas con las personas a las que hemos afectado. Dios nos recibe siempre, pero nos pide que vayamos con las manos limpias, o al menos con la disposición de limpiarlas.
Padre, gracias porque no ignoras el daño que nuestro pecado causa a otros. Gracias porque nos enseñas que la adoración verdadera incluye reparar lo que hemos roto. Danos la valentía de ir a quienes les debemos algo, y la humildad de reconocer que nuestras faltas, aunque nos parezcan pequeñas, tienen un peso ante ti. Gracias porque en Cristo el camino de regreso siempre está abierto. Amén.
