Ayer presenciamos uno de los momentos más emotivos de toda la Escritura: José revelándose a sus hermanos, el perdón que fluyó en lugar de la venganza, las lágrimas que se escucharon por toda la casa de Faraón. Ahora la historia da un giro decisivo. José envía a sus hermanos de regreso a Canaán con un mensaje para su padre: «Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; desciende a mí, no te detengas». Jacob, el anciano que había llorado a su hijo por más de veinte años pensando que estaba muerto, recibe la noticia de que José vive. Y ahora toda la familia debe bajar a Egipto. Es un momento de transición enorme en la historia bíblica, y necesitamos detenernos a ver lo que está sucediendo.
Entendiendo el pasaje
Jacob emprende el viaje hacia Egipto, pero se detiene en Beerseba para ofrecer sacrificios al Dios de su padre Isaac. Y esa noche, Dios le habla en visión. Le dice: «No temas bajar a Egipto, porque allí te haré una gran nación». Esas palabras debieron resonar profundamente en Jacob. Su abuelo Abraham había bajado a Egipto durante una hambruna y las cosas no salieron bien. Su padre Isaac había recibido una instrucción explícita de no bajar a Egipto cuando hubo hambre en sus días. ¿Por qué ahora sí? Porque Dios estaba cumpliendo su propósito. La diferencia no es que Dios cambiara de opinión; es que cada generación tiene un rol específico en el plan mayor. Abraham recibió la promesa. Isaac la sostuvo. Jacob la multiplica. Y ahora Egipto, el lugar que antes no era parte del plan, se convierte en el escenario donde Dios formará a su pueblo.
El capítulo incluye una lista de nombres. Setenta personas bajan a Egipto. Puede parecer un detalle menor, incluso aburrido para algunos, pero es extraordinario si recuerdas de dónde viene esta familia. Abraham y Sara eran estériles. Un solo hijo, Isaac. De Isaac, dos hijos. De Jacob, doce. Y ahora setenta. La promesa de «te haré una gran nación» se está cumpliendo delante de nuestros ojos, paso a paso. Y para los israelitas que escuchaban este relato por primera vez, recién liberados de Egipto, esto lo explicaba todo. De esos setenta habían salido ellos, millones ahora. Así fue como llegamos a Egipto. Así empezó la historia que terminó en nuestra liberación.
Tres verdades bíblicas
- Dios dirige los pasos de cada generación según su propósito — Abraham no debía bajar a Egipto porque no era parte del plan para él. Isaac tampoco. Pero Jacob sí, porque ahora Dios está moviendo las piezas para cumplir lo que prometió. Cada generación tiene un rol específico. Abraham recibió la promesa. Isaac la preservó en tiempos difíciles. Jacob la ve multiplicarse en hijos y nietos. Y esos setenta que bajan a Egipto se convertirán en la nación que Dios liberará con mano poderosa siglos después. Dios no improvisa. Cada instrucción que da, cada puerta que abre o cierra, responde a un propósito que él ya tiene claro desde el principio. Tú también tienes un lugar en ese plan. Lo que Dios te está pidiendo hoy responde a algo más grande que quizás no puedes ver todavía.
- Las promesas de Dios se cumplen progresivamente — Setenta personas. Puede parecer un número pequeño si lo comparas con las naciones de la tierra. Pero es enorme si recuerdas el punto de partida. Una pareja anciana y estéril que no tenía hijos. Una promesa que parecía imposible. Y generación tras generación, Dios fue cumpliendo. No de golpe, sino paso a paso. Si hoy miras tu vida y solo ves semillas pequeñas, no te desesperes. Así trabaja Dios. Lo que parece insignificante hoy puede ser el comienzo de algo que verán las generaciones que vienen después de ti. Tu fidelidad en lo pequeño es parte de un plan que trasciende tu vida.
- Cada nombre en la lista es parte del plan mayor — Las genealogías pueden parecer la parte aburrida de la Biblia, pero cada nombre representa una persona real en la historia de la redención. Rubén, Simeón, Leví, Judá… de Judá vendrá David, y de David vendrá el Mesías. Este capítulo es el puente entre Génesis y Éxodo. Explica cómo Israel llegó a Egipto y prepara el escenario para todo lo que viene: la esclavitud, las plagas, la Pascua, la liberación, el desierto, la ley, la tierra prometida. Todo comienza aquí, con setenta personas bajando a Egipto porque Dios le dijo a un anciano: «No temas bajar».
Reflexión y oración
Jacob tenía miedo. Egipto era territorio desconocido. Pero Dios le dijo: «Yo descenderé contigo». Esa es la promesa que sostuvo a Jacob, y es la promesa que nos sostiene a nosotros. No importa a dónde te lleve el plan de Dios, él va contigo. De setenta personas salió una nación. De una promesa a un hombre estéril salió el pueblo de Dios. Y de ese pueblo vino el Salvador del mundo. Nunca subestimes lo que Dios puede hacer con lo poco que tienes.
Señor, gracias porque tú diriges nuestros pasos. Gracias porque tus promesas se cumplen, aunque sea paso a paso, generación tras generación. Ayúdanos a confiar cuando no entendemos, a obedecer cuando tenemos miedo, y a recordar que tú desciendes con nosotros a cualquier lugar donde nos lleves. En el nombre de Jesús, amén.

