De la risa al llanto

«Sara murió en Quiriat Arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán. Abraham fue a hacer duelo por Sara y a llorar por ella». (Génesis 23:2, NBLA)

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Acabamos de ver a Abraham en la cima de su fe. El cuchillo en la mano, Isaac atado sobre el altar, creyendo que Dios resucitaría a su hijo si era necesario. El carnero apareció, la promesa fue reafirmada, y Abraham descendió del monte Moriah habiendo visto la provisión de Dios de una manera que pocos han experimentado. Pensábamos que ese sería el momento más difícil de su vida.

Pero ahora viene otro tipo de prueba. No hay voz del cielo esta vez. No hay ángel que detenga la mano de la muerte. No hay carnero en el zarzal. Solo el silencio de una tienda donde Sara ya no respira. Y Abraham, el hombre de fe, el amigo de Dios, se sienta junto al cuerpo de su esposa y llora.

Entendiendo el pasaje

Sara tenía ciento veintisiete años cuando murió. Había caminado con Abraham desde Ur de los caldeos. Estuvo con él cuando dejaron todo por obedecer un llamado que no entendían. Estuvo con él en Egipto cuando el miedo los hizo mentir. Estuvo con él en los años largos de espera por el hijo prometido. Rió de incredulidad y después rió de gozo cuando Isaac nació. Fue su compañera en cada promesa, en cada tropiezo, en cada victoria. Ahora Abraham debe despedirla.

El texto no romantiza el momento. Simplemente dice que Abraham «vino a hacer duelo por Sara y a llorarla». Este es el hombre que creyó contra toda esperanza. El que obedeció lo imposible. Y aquí está, llorando. La Biblia no esconde el dolor de sus héroes. No presenta una fe que anestesia el sufrimiento. Presenta una fe que llora, pero no sin esperanza. Es lo bello de este pasaje, un juego de palabras que no puede ser coincidencia, la mujer de fe y de risa, es el motivo del dolor de un hombre de fe que llora.

Lo que sigue puede parecer extraño para nosotros: una larga negociación con los heteos para comprar un terreno donde enterrar a Sara. Abraham insiste en pagar el precio completo. Cuatrocientos siclos de plata. No quiere que le regalen nada. ¿Por qué tanto detalle en un capítulo de luto?

Recuerda quiénes escuchaban esta historia. Israel, a punto de entrar a Canaán, necesitaba saber que esa tierra les pertenecía. Y aquí estaba la prueba: Abraham compró la cueva de Macpela. Pagó por ella. Hubo testigos. Hubo transacción legal. La primera porción de la tierra prometida que Abraham poseyó fue una tumba. Pero era suya. Y era un ancla para la fe de sus descendientes.

Hay algo profundamente conmovedor en esto. Dios le había prometido a Abraham toda la tierra de Canaán. Toda. Y lo único que llegó a poseer en vida fue un sepulcro. La promesa seguía siendo promesa. La fe seguía esperando. Abraham murió sin ver el cumplimiento completo, pero dejó a Sara enterrada en tierra propia, como señal de que lo prometido un día llegaría.

Tres verdades bíblicas

1. La fe no nos exime del dolor, pero nos sostiene en él — Abraham lloró. El hombre que creyó en la resurrección, que obedeció cuando Dios le pidió lo imposible, que caminó con Dios por décadas, se sentó junto al cuerpo de Sara y derramó lágrimas. La fe no es inmunidad al sufrimiento. No es una coraza que nos hace insensibles. Es compañía en medio del valle de sombra. Si hoy cargas un luto, no tienes que fingir fortaleza. No tienes que aparentar que no duele. Puedes llorar. Abraham lo hizo. Y siguió siendo el hombre de fe.

2. A veces la promesa de Dios avanza una tumba a la vez — Toda la tierra de Canaán. Esa era la promesa. Lo primero que Abraham poseyó fue un sepulcro. Una cueva comprada para enterrar a su esposa. No es lo que esperaríamos. La fe a veces avanza así: no en conquistas gloriosas, sino en pequeños pasos que parecen derrotas. Abraham no vio el cumplimiento completo. Pero la cueva de Macpela era algo tangible, una semilla plantada en la tierra prometida que decía: esto apenas comienza. A veces nuestras tumbas son los primeros ladrillos del edificio que Dios está construyendo.

3. El legado de fe se construye tanto en lo ordinario como en lo extraordinario — Sara no subió al monte Moriah. No escuchó la voz del ángel. Su nombre no está asociado a un momento dramático de obediencia radical. Pero caminó junto a Abraham durante toda su vida. Creyó con él, dudó con él, esperó con él, envejeció con él. Hebreos la menciona entre los héroes de la fe: «Por la fe también Sara recibió fuerza para concebir». Su fe no fue menos real por ser menos visible. A veces el legado más grande no se construye en las cimas de los montes, sino en la fidelidad cotidiana de caminar juntos un día a la vez.

Reflexión y oración

Génesis 23 no tiene teofanías ni promesas renovadas. Solo tiene un hombre llorando a su esposa y comprando una tumba. Pero hay algo sagrado en este capítulo. Nos recuerda que la fe no elimina el dolor; lo atraviesa. Nos muestra que las promesas de Dios a veces se cumplen en porciones pequeñas que parecen insignificantes. Y nos invita a honrar a los que caminaron a nuestro lado en la fe, aunque su legado no tenga la espectacularidad de un monte Moriah. Sara fue fiel. Abraham la lloró. Y la enterró en tierra prometida. De ella se dijo que su vestido era el del incorruptible ornato de un espíritu afable delante De Dios y que ha venido hacer madre de las que hacen el bien y no tienen miedo de nada que pueda aterrorízarlas (1 3:4-6).

Señor, gracias porque no esperas que nuestra fe nos haga inmunes al dolor. Gracias porque podemos llorar delante de ti sin perder nuestra confianza en tus promesas. Hoy recordamos a los que han caminado a nuestro lado en la fe y ya no están. Gracias por ellos. Gracias por su legado, visible o invisible. Ayúdanos a seguir caminando, un paso a la vez, confiando en que tus promesas se cumplirán aunque nosotros no las veamos completas. En el nombre de Jesús. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 23, Mateo 22, Nehemías 12, Hechos 22

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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