El capítulo de hoy nos entrega su tesis en el primer versículo. La guerra que empezó en el capítulo pasado entre las dos casas fue larga, David se iba fortaleciendo y la casa de Saúl se iba debilitando. Todo lo que sigue existe para mostrar cómo pasó eso, y la sorpresa es que David casi no mueve un dedo. La casa del norte se cae sola, por dentro. Y la casa que sube también deja ver sus primeras grietas.
Entendiendo el pasaje
El capítulo cuelga tres cuadros de esa tesis inicial. El primero es la lista de los hijos que le nacieron a David en Hebrón, seis hijos de seis mujeres distintas. El narrador la presenta como señal de bendición, y lo era, pero la reporta sin aprobarla. David seguía la costumbre de los reyes paganos de sellar alianzas tomando esposas, como Maaca, la hija del rey de Gesur. Y fíjate quiénes encabezan la lista, Amnón y Absalón. Los dos nombres que van a quebrar esta casa en la segunda mitad del libro nacen justo aquí, en el capítulo del fortalecimiento. La grieta viene incluida en la bendición.
El segundo cuadro explica por qué se debilitaba el norte. Su derrota final llegó sin batalla, por pura descomposición interna. Is-boset acusa a Abner por causa de Rizpa, la concubina de Saúl, y Abner responde con furia, rompe con su rey y le ofrece a David el reino entero. Como parte del pacto, Mical es arrancada de su segundo marido, que la sigue llorando por el camino. Ella no tenía nada que ver con esta guerra y la política la trata como una pieza más. El tercer cuadro es la sangre en la puerta de Hebrón. Joab cobra la muerte de Asael, tal como venía anunciada desde ayer, y mata a Abner en plena paz. David se declara inocente, llora a Abner delante de todos y el pueblo le cree. Lo que no hace es castigar a Joab, y con esa deuda pendiente cierra el capítulo.
Tres verdades bíblicas
1. Cuando te confrontan por tu pecado, tu reacción te delata
Mira cómo responde Abner cuando Is-boset lo confronta. No se detiene un segundo a preguntarse si el reclamo es justo. Se enfurece, se hace la víctima con aquello de si acaso es una cabeza de perro, enumera los favores que ha hecho y termina volteándose contra el que lo confrontó. Ese es el patrón del corazón que no quiere arrepentirse. La ira sube primero que la pregunta porque le cuesta la confrontación. La próxima vez que tu esposa, un amigo o un pastor te señale un pecado, presta atención a lo primero que se te mueve por dentro. Si lo primero que aparece es la lista de tus méritos y los defectos del que te habla, ahí tienes el diagnóstico. La pregunta que debes hacerte es ¿Será cierto lo que me está diciendo? El que se examina antes de defenderse todavía tiene el corazón blando.
2. La venganza guardada cobra intereses
Ayer vimos morir a Asael en la persecución de Gabaón. Joab guardó esa muerte durante años y la cobró el día en que ya no había guerra que la disfrazara. Llamó a Abner aparte, como para hablar en privado, y lo mató en la puerta. El rencor es así. Se guarda callado y se va cotizando con los años. Y cuando por fin se cobra, salpica a gente que no debía nada. El crimen de Joab puso en riesgo la paz de la nación entera y manchó el arranque del reinado de David. Pablo escribe que no nos venguemos nosotros mismos, porque la venganza le pertenece al Señor y Él pagará. ¿Hay una cuenta que llevas guardada, un nombre que todavía te sube la presión cuando lo escuchas? Esa deuda no la puedes cobrar tú sin salpicar a tu familia, a tu iglesia o a tu trabajo. Entrégale la cuenta al único juez que cobra sin injusticia.
3. Confesar la debilidad es de personas conforme al corazón de Dios
El capítulo cierra con una frase que ningún asesor de icomunicaciones le habría permitido a un rey. Yo hoy estoy débil, aunque ungido rey. David acaba de comprobar que no puede controlar ni a su propio general, y en lugar de aparentar fuerza lo dice en voz alta y le deja el pago a Dios. Esa confesión no lo excusaba de hacer justicia, y el texto deja esa deuda a la vista. Pero su honestidad sí nos marca el camino. El creyente que sabe decir «no puedo con esto» delante de Dios es el que puede sostener la carga que Dios le dio, porque deja de cargarla solo. Moisés se sintió torpe de palabra y Jeremías se vio demasiado joven, y a cada uno Dios le dio lo que le faltaba. El plan de lectura pone hoy a nuestro lado el Salmo 51, si no lo has leído, corre allá, la confesión más desnuda de David. El hombre conforme al corazón de Dios también se quiebra, y sabe delante de quién quebrarse.
El rey que confiesa su debilidad es más fuerte que el general que la esconde.
Señor, gracias porque tu palabra no nos esconde las grietas de tus siervos, y porque en ellas nos enseñas a caminar contigo. Danos un corazón que se deje confrontar sin defenderse. Líbranos de las cuentas guardadas que envenenan a los que amamos, y enséñanos a confesarte nuestra debilidad antes que a disimularla, porque tu poder se perfecciona en los débiles que se refugian en ti. En el nombre de Cristo, amén.
