Hay proyectos que se detienen por falta de recursos. Se planifica, se diseña, se entusiasma a la gente, pero cuando llega el momento de ejecutar, el dinero no alcanza, los voluntarios no aparecen y todo queda en buenas intenciones. Lo que ocurre en Éxodo 36 es exactamente lo contrario. El pueblo trajo tanto que hubo que pedirles que pararan. Los encargados de la obra le dijeron a Moisés que la gente estaba trayendo más de lo necesario, y Moisés tuvo que enviar una orden por todo el campamento para que dejaran de traer ofrendas. El material era abundante y más que suficiente.
Entendiendo el pasaje
Éxodo 36 marca el inicio de la construcción del tabernáculo. Bezalel y Aholiab, junto con todos los que Dios había dotado de habilidad, comienzan a trabajar con los materiales que el pueblo ha traído. Pero antes de que veamos la primera cortina tejida o el primer tablón cortado, el texto se detiene en un dato que no debemos pasar por alto. Moisés tuvo que frenar la generosidad del pueblo. Eso no se ve todos los días, ni en la Biblia ni fuera de ella.
A partir de ahí, el capítulo describe cómo los artesanos comenzaron a fabricar las cortinas interiores del tabernáculo, las cubiertas de pelo de cabra y pieles que iban encima, los tablones de madera de acacia revestidos de oro y el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. Todo conforme a las instrucciones que Dios había dado a Moisés en el monte. Lo que antes eran planos ahora se convierte en realidad bajo las manos de hombres y mujeres que trabajaban movidos por la gratitud.
Tres verdades bíblicas
- Cuando Dios mueve el corazón, los recursos sobran — El problema nunca fue de capacidad económica. Israel era un pueblo de exesclavos en el desierto. No tenían industria ni comercio establecido. Lo que tenían era lo que habían sacado de Egipto y lo que habían intercambiado en el camino. Y aun así, sobró. La diferencia la hizo la disposición del corazón. Dios no necesita pueblos ricos para hacer su obra, necesita corazones dispuestos. Cuando la gratitud por el perdón recibido es genuina, la generosidad fluye sin que nadie tenga que presionar. Pablo vio esto mismo en las iglesias de Macedonia, que en medio de una gran pobreza sobreabundaron en generosidad. La clave nunca ha sido cuánto tenemos sino cuánto entendemos lo que Dios ha hecho por nosotros.
- Dios involucra manos humanas en su obra — Bezalel y Aholiab no trabajaban solos. El versículo 2 dice que Moisés llamó a todo aquel en cuyo corazón Dios había puesto sabiduría y a todo aquel cuyo corazón lo impulsaba a venir a la obra. Había expertos y había aprendices. Unos enseñaban y otros eran enseñados. Nadie quedaba fuera si tenía disposición. Dios podía haber construido el tabernáculo con su dedo, pero eligió hacerlo a través de su pueblo. Y hay algo hermoso en eso, porque al involucrar sus manos en la obra, el pueblo estaba experimentando el gozo de servir. Durante todo este periodo de construcción no se registran quejas ni murmuraciones. El pueblo estaba demasiado ocupado construyendo como para quejarse.
- La obediencia fiel reproduce el diseño de Dios sin modificarlo — Las cortinas midieron exactamente lo que Dios indicó. Los tablones llevaron las mismas dimensiones. Los lazos, los broches, las bases de plata, todo siguió el patrón original. Los artesanos no improvisaron ni añadieron su toque personal. Obedecieron. Y eso nos enseña algo sobre cómo Dios espera que le sirvamos. Él no nos pide creatividad para reinventar su voluntad sino fidelidad para ejecutarla. En nuestra vida de fe, la tentación siempre es ajustar el diseño de Dios a nuestras preferencias, suavizar lo que nos incomoda, modificar lo que nos parece demasiado exigente. Pero la bendición viene cuando hacemos las cosas como él las ordenó, no como nosotros las habríamos diseñado.
Reflexión y oración
El tabernáculo comenzó a tomar forma en el desierto gracias a manos agradecidas que obedecieron con fidelidad. No eran manos perfectas ni profesionales. Eran manos de exesclavos que habían sido perdonados y que ahora tenían el privilegio de construir la casa donde Dios vendría a habitar con ellos. Ese mismo privilegio es el nuestro hoy.
Padre, gracias porque nos das el privilegio de participar en tu obra con lo que tenemos y con lo que sabemos. Que nunca menospreciemos lo que tú has puesto en nuestras manos. Ayúdanos a servir con fidelidad, sin modificar tu diseño ni improvisar nuestros propios caminos. Amén.
