Toda historia tiene un final. Algunos son felices, otros dramáticos, otros melancólicos. Y hay otros que nos dejan con la sensación de que todavía queda algo más por vivir. El final de Éxodo es de esos. Cuarenta capítulos que comenzaron con un pueblo esclavo llorando en Egipto terminan con la gloria de Dios descendiendo sobre una tienda en el desierto. Es el final de un libro, pero no el final de la historia. Es un punto y seguido, no un punto final. Y es, sin duda, el momento más glorioso de todo lo que hemos recorrido juntos en estos cuarenta días.
Entendiendo el pasaje
El primer día del primer mes del segundo año después de la salida de Egipto, Moisés levantó el tabernáculo. Él mismo se encargó de colocar cada pieza en su lugar, las bases, los tablones, las cortinas, el arca, la mesa, el candelabro, los altares, la fuente. Todo exactamente como el Señor lo había mandado. Y cuando terminó, algo sucedió de inmediato. La nube que había acompañado a Israel desde la salida de Egipto descendió y cubrió la tienda de reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo. Fue tan intensa que ni siquiera Moisés pudo entrar. La casa que el pueblo había construido con sus manos, con su oro, con su plata, con sus telas, ya no estaba vacía. Dios estaba en casa.
Tres verdades bíblicas
- Todo el libro de Éxodo conduce a este momento — Cuarenta capítulos, un solo destino. «Deja salir a mi pueblo» fue el grito que comenzó todo en los capítulos 1 al 15, cuando Dios rescató a Israel de la esclavitud con mano poderosa. «Que mi pueblo me conozca» fue el propósito del desierto en los capítulos 16 al 24, donde Dios formó a su pueblo con pruebas, provisión y la entrega de la ley. «Que mi pueblo me adore» fue la meta de los capítulos 25 al 40, donde Dios diseñó una casa para venir a habitar con ellos. Rescate, formación, habitación. Tres movimientos que desembocan en este instante, la gloria llenando el tabernáculo. Todo lo vivido, las plagas, el mar, el maná, la ley, el becerro de oro, el perdón, la reconstrucción del pacto, el trabajo de Bezalel, todo era preparación para que Dios viniera a estar con los suyos.
- La presencia de Dios con su pueblo no es un evento aislado, es el latido de toda la Biblia — Lo que ocurre en Éxodo 40 es un eslabón en una cadena que atraviesa toda la Escritura. En el Edén, Dios se paseaba en medio del huerto con el hombre. El pecado rompió esa comunión. Pero Dios no se resignó. Llamó a una familia, la convirtió en nación, le dio leyes y construyó un tabernáculo donde su presencia habitara. Más tarde, la gloria llenó el templo de Salomón. Después, por causa del pecado, esa gloria se fue. El profeta Hageo prometió que vendría una gloria mayor. Y vino. Nació de una virgen, y lo llamaron Emmanuel, Dios con nosotros. Los apóstoles vieron esa gloria, era como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad. Cristo ascendió, pero nos dejó su presencia por medio del Espíritu. Y un día, en la Nueva Jerusalén, se oirá una voz que diga: «he aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos». La historia de la Biblia entera es la de un Dios que desea vivir con su pueblo.
- La presencia de Dios nos da seguridad, santidad y dirección — La nube sobre el tabernáculo cumplía tres propósitos. Confirmaba que Dios estaba en casa, lo que le daba confianza al pueblo en medio del desierto. Pero seguía siendo inaccesible, ni siquiera Moisés podía entrar cuando la gloria llenaba la tienda, lo que recordaba la santidad de Dios. Y guiaba cada jornada, porque cuando la nube se levantaba, el pueblo marchaba, y cuando se detenía, acampaban. Seguridad, santidad y dirección. Esos mismos propósitos son los que el Espíritu de Dios cumple hoy en nosotros. En Cristo tenemos la certeza de que Dios está con nosotros. Su Palabra nos llama a vivir en santidad. Y su Espíritu nos guía en cada paso hacia nuestro destino final.
Reflexión y oración
La historia de Éxodo es nuestra historia. Fuimos esclavos del pecado, llamados a libertad por la gracia de Dios, formados en el camino por su Palabra y su disciplina, y ahora vivimos con su presencia habitando en nosotros por medio del Espíritu. Lo que Israel experimentó como una nube sobre una tienda en el desierto, nosotros lo vivimos en Cristo de manera mucho más plena. Y aun así, lo mejor está por venir. Un día estaremos en casa con él para siempre, sin velo, sin nube, cara a cara.
Hasta aquí nos ha ayudado el Señor.
Padre, gracias por este recorrido por tu Palabra. Gracias porque desde el Edén hasta la eternidad tu deseo ha sido habitar con nosotros. Gracias porque en Cristo esa promesa se hizo carne y por tu Espíritu hoy vives en nosotros. Guárdanos, santifícanos y guíanos hasta el día en que te veamos cara a cara. Amén.
