El Dios que llama y la fe que responde

«Y el Señor dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré”.» (Génesis 12:1, NBLA)

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Hoy comenzamos una nueva sección en nuestro recorrido por Génesis. Los primeros once capítulos nos contaron la historia de Dios y toda la humanidad: la creación, la caída, el diluvio, Babel. A partir de ahora, la cámara se acerca y se enfoca en un solo hombre y su familia. De la historia universal pasamos a la historia particular. Y esta transición no es casual. Dios está a punto de hacer algo que cambiará el curso de la redención.

Para el pueblo de Israel, que escuchaba este relato después de cuatrocientos años de esclavitud en Egipto, esta sección era vital. Necesitaban saber quiénes eran y de dónde venían. Generaciones enteras habían nacido y muerto como esclavos, sin tierra propia, sin identidad clara. Génesis 12 les decía: ustedes no son un accidente de la historia. Son descendientes de un hombre que Dios llamó, a quien hizo promesas específicas, y esas promesas siguen vigentes.

Entendiendo el pasaje

«Y el Señor dijo a Abram». Cada vez que aparece esta frase en la Biblia, debemos prestar atención. Dios habla, y cuando él habla, todo cambia. Abram era descendiente de Sem, de esa línea piadosa que rastreamos en Génesis 5 y 11. Vivía en Ur de los caldeos, una ciudad en la región de Mesopotamia. ¿Te suena familiar esa zona? Es la misma región donde se edificó la torre de Babel, donde la humanidad se rebeló diciendo «hagámonos un nombre». Ahora Dios saca a un hombre de ese lugar para hacer de él una nación que llevará el nombre del Señor, no el suyo propio.

La encomienda del Señor para Abram era dejar su tierra, sus parientes, la casa de su padre, e ir a un lugar que no conocía. El autor de Hebreos lo resume así: «Por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció saliendo hacia un lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber adónde iba». Eso es fe. No ver el destino pero confiar en quien te llama.

El plan de Dios sigue siendo el mismo: llenar la tierra de un pueblo que refleje su gloria. Pero ahora hay un elemento nuevo. Ya no se trata solo de obediencia externa; se trata de fe. De confianza en promesas que no se ven pero que son seguras porque Dios las respalda.

Abram llega a Canaán y Dios le dice: «A tu descendencia daré esta tierra». Pero mira lo que sucede después. Hay hambre en la tierra, y Abram, en lugar de confiar, baja a Egipto. Allí, por miedo, hace pasar a Sarai por su hermana y cae en un enredo que requiere la intervención directa de Dios para resolverse. Es como si Abram ya tuviera la promesa de la tierra, pero aún no tuviera la madurez de fe para habitarla.

Curiosamente, la audiencia original de este relato estaba en la situación inversa. Israel era ya el pueblo, pero no tenía la tierra. Abram tenía acceso a la tierra, pero aún no era el pueblo. Muchos años tendrían que pasar para que ambas cosas coincidieran. Y hay algo que podemos aprender de esto.

Tres verdades bíblicas

1. Dios llama de en medio de la rebelión para formar un pueblo que lleve su nombre — Abram no salió de un lugar neutral. Salió de la región de Babel, de una cultura que había intentado hacerse un nombre sin Dios. El Señor lo sacó de ahí para formar una nación diferente, una que no buscara su propia gloria sino la de su Creador. De la misma manera, Cristo nos llama a salir del sistema de este mundo para ser parte de un pueblo que vive para su nombre.

2. La fe es confiar en lo que Dios dice aunque no veamos el cumplimiento — Abram salió sin saber adónde iba. Solo tenía una promesa de parte deDios sobre su destino. Eso bastó. La fe bíblica no es un salto irracional al vacío sino una confianza razonable en un Dios que ha demostrado ser fiel y que no solo cumple lo que promete sino que usa todo lo que sucede en el recorrido para contribuir al propósito final. Quizás hoy hay circunstancias que parecen no encajar con las grandes promesas De Dios para sus hijos, pero confía. Dios no desperdicia nada, Él será fiel en llevarnos al final y en guardarnos en el camino. De nuevo, tu solo confía y descansa.

3. El cumplimiento de las promesas de Dios tiene su propio tiempo — Abram tuvo la promesa de la tierra pero no el pueblo. Israel tuvo el pueblo pero no la tierra. Ambas cosas eventualmente coincidieron, pero no de inmediato. Dios no trabaja según nuestro calendario. Sus promesas son seguras, pero su cumplimiento puede tomar tiempo. La fe madura aprende a esperar sin dudar, a confiar sin impacientarse.

Reflexión y oración

Génesis 12 marca un punto de inflexión. De aquí en adelante, la historia de la redención se canaliza a través de una familia específica. Abraham, Isaac, Jacob, las doce tribus, y eventualmente, el Mesías. La simiente prometida en Génesis 3 comienza a tomar forma concreta. Mañana veremos cómo Dios sigue trabajando en la vida de Abram, refinando su fe y preparándolo para lo que viene. Por ahora, quédate con esto: el mismo Dios que llamó a Abram te ha llamado a ti. La pregunta es si responderás con la misma fe.

Señor, gracias porque nos llamas de en medio del caos de este mundo para ser parte de tu pueblo. Danos fe como la de Abraham, que salió sin saber adónde iba pero confiando en ti. Ayúdanos a esperar el cumplimiento de tus promesas sin impacientarnos, sabiendo que tu tiempo es perfecto. Que nuestras vidas no busquen hacernos un nombre, sino glorificar el tuyo. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 12, Mateo 11, Nehemías 1, Hechos 11

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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