El gran día

«Porque en este día se hará expiación por ustedes para purificarlos; serán limpios de todos sus pecados delante del Señor.» (Levítico 16:30, NBLA)

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Llegamos al corazón de Levítico. Si hay un capítulo que resume todo lo que hemos venido estudiando, es este. Los rabinos judíos lo llamaban simplemente «el día», sin adjetivos, porque no había otro día como este en todo el calendario del pueblo de Dios. Era el día en que se resolvía el problema más grande de Israel, y es el día que mejor ilustra el evangelio de Cristo en todo el Antiguo Testamento. Ayer cerramos con una pregunta que se había venido acumulando. ¿Cómo se limpia el tabernáculo de toda la contaminación acumulada? Hoy Dios responde.

Entendiendo el pasaje

El Día de la Expiación era único. Una vez al año, y solo una vez al año, el sumo sacerdote podía entrar al lugar santísimo, donde se encontraba el arca del pacto con el propiciatorio encima. Ningún otro día del año alguien podía entrar ahí. El riesgo era enorme. Por eso el capítulo comienza recordando la muerte de Nadab y Abiú. La presencia de Dios no es algo con lo que se juega.

Pero lo que hace extraordinario a este capítulo es el ritual de los dos machos cabríos. El sumo sacerdote traía dos animales idénticos y echaba suertes sobre ellos. Uno quedaba destinado al sacrificio. El otro sería enviado al desierto. El primero era degollado y su sangre llevada al lugar santísimo para rociarla sobre el propiciatorio. El segundo recibía otra función. Aarón ponía ambas manos sobre su cabeza, confesaba sobre él todos los pecados de Israel, y luego un hombre designado se lo llevaba lejos, al desierto, para que se perdiera con los pecados del pueblo a cuestas.

Tres verdades bíblicas

  1. El día que resolvía lo que ningún otro día podía resolver — Durante todo el año, el pueblo traía sus sacrificios. Pero a pesar de todos esos sacrificios, siempre quedaba algo sin resolver. Pecados inadvertidos que nadie identificó, impurezas acumuladas, contaminaciones que llegaron hasta el tabernáculo mismo. Por eso Dios estableció este día. Un día al año, una limpieza total, una expiación que cubría todo lo que los sacrificios diarios no habían alcanzado a cubrir. Piensa en lo que eso significaba para el israelita piadoso. Sabía que durante el año había fallado en formas que ni siquiera conocía. Sabía que había áreas donde su propia conciencia no alcanzaba a ver. Pero al llegar el Día de la Expiación, tenía la certeza de que Dios había provisto una limpieza que iba más allá de lo que él mismo podía identificar. Es una imagen hermosa de la gracia. Dios conoce lo que nosotros no conocemos sobre nosotros mismos, y aun así provee cobertura.
  2. Dos machos cabríos, una sola obra que prefigura a Cristo — Este es el centro de todo. Dos animales idénticos para mostrar dos aspectos complementarios de lo que el pecado requiere. El primero moría y derramaba su sangre, porque sin derramamiento de sangre no hay perdón. Su sangre era llevada al lugar más santo y rociada sobre el propiciatorio. El segundo no moría, pero cargaba simbólicamente todos los pecados del pueblo sobre su cabeza y era llevado fuera del campamento, al desierto, donde se perdía para siempre. Uno pagaba el precio, el otro llevaba lejos la culpa. Dos animales porque un solo animal no podía mostrar todo lo que se necesitaba. Pero cuando llegó Cristo, en una sola persona cumplió las dos funciones. Él fue el que derramó su sangre como el primer macho cabrío, la sangre que no se limitó a cubrir los pecados sino que los borró. Y él fue también el que llevó nuestros pecados fuera del campamento, como el segundo. Hebreos lo dice con una claridad que estremece, «Jesús, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, padeció fuera de la puerta». Cristo es las dos aves de Levítico 14 y son los dos machos cabríos de Levítico 16 al mismo tiempo. Es el que murió y el que llevó la culpa. Nunca necesitamos dos sacrificios porque en él están los dos.
  3. Lo que Aarón cubría cada año, Cristo borró de una vez — El Día de la Expiación tenía que repetirse año tras año. Aarón entraba, rociaba la sangre, confesaba los pecados, enviaba al macho cabrío al desierto, y al año siguiente todo se repetía. El autor de Hebreos se detiene en este punto porque le parece revelador. La repetición misma era evidencia de que el sistema no resolvía el problema de fondo. Solo lo cubría. Los sacrificios de animales no pueden quitar el pecado, solo lo encubren temporalmente. Pero cuando Cristo vino, entró al verdadero lugar santísimo una sola vez, no con sangre de toros y machos cabríos sino con su propia sangre, y obtuvo redención eterna. Una sola vez y para siempre. El gran día ocurrió hace dos mil años en una cruz, y desde entonces los que están en Cristo tienen acceso libre al Padre, sin velo de por medio.

Reflexión y oración

Levítico 16 es el capítulo que mejor nos prepara para entender la cruz. Cada detalle del Día de la Expiación apunta a lo que Cristo hizo por nosotros. La sangre, el propiciatorio, la confesión sobre la cabeza, el traslado fuera del campamento. Todo es la misma historia contada con distintos elementos. Dios proveyendo una limpieza que nosotros no podíamos conseguir. Y lo más hermoso es que esa limpieza es total. No cubre solo lo que conocemos, cubre también lo que no conocemos. Y no es temporal. Es permanente.

Padre, gracias por el gran día. Gracias porque en Cristo tenemos lo que Aarón solo podía anticipar. Él es nuestro sumo sacerdote, la sangre derramada y el que llevó nuestros pecados fuera del campamento. Danos corazones que descansen en lo que ya hiciste. Amén.

Lecturas del plan

Levítico 16, Salmos 19, Proverbios 30, 1 Timoteo 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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