El de hoy es uno de los capítulos más usados para acusar al Dios de la Biblia. Hay quien lo lee y dice «este es el Dios genocida del Antiguo Testamento», y cierra el libro convencido de que la fe cristiana descansa sobre un monstruo. Vamos a mirar este capítulo de frente, sin esconder lo que dice y sin racionalizar lo que es duro. Porque la respuesta a esa acusación no está en suavizar la historia, está en entender qué es el juicio bíblico y por qué se ejecuta. Y al final del camino, si miras bien, en este capítulo no hay un Dios genocida, hay un Dios santo.
Entendiendo el pasaje
Israel ataca a Madián por orden del Señor. Es la consecuencia diferida del desastre de Baal-peor, donde mujeres madianitas, siguiendo el consejo de Balaam, sedujeron al pueblo de Dios al adulterio y a la idolatría. Aquella seducción mató a 24.000 israelitas, juzgados por el propio Dios. Ahora, antes de morir, Moisés recibe la orden de ejecutar la justicia sobre los que orquestaron la trampa. Doce mil hombres salen, mil de cada tribu, con Finees como sacerdote de la guerra. Vencen, matan a los reyes madianitas y, entre ellos, también a Balaam, que terminó sus días con los que aconsejó. El capítulo continúa con la purificación de los soldados y el reparto detallado del botín entre los combatientes, el pueblo y los siervos del Señor.
Pero no podemos saltarnos lo más duro. Moisés se enoja con sus soldados porque dejaron vivas a las mujeres madianitas, las mismas que habían seducido a Israel, y ordena ejecutar a todas las que no eran vírgenes y a los niños varones. Es una página que sacude. Conviene mirarla con honestidad y dejar que el texto hable, sin maquillarlo y sin convertirlo en otra cosa.
Tres verdades bíblicas
1. Esto no fue una guerra de conquista, fue la respuesta a una agresión espiritual
Quien empezó no fue Israel. Madián atacó primero, y atacó donde más duele, en el alma de un pueblo. Lo hicieron con armas mucho más sucias que las espadas, usaron mujeres, religión y placer para arrastrar a Israel a romper su pacto con Dios. El saldo del ataque madianita fue de veinticuatro mil muertos en el campamento de Israel. Cuando alguien grita «genocidio» sin leer el contexto, ignora que aquí había víctimas, y eran del pueblo de Dios. Madián no es la víctima inocente de la historia; Madián es el agresor que se vistió de seductora porque sabía que la espada no podía contra un pueblo bendecido.
2. Dios aplicó la misma medida a su propio pueblo antes de aplicarla a Madián
Aquí se cae la acusación de doble estándar. ¿Quién mató primero a los veinticuatro mil de Baal-peor? El propio Dios, juzgando a los suyos. El juicio del Señor empezó en su propia casa, antes de tocar la casa de los enemigos. La misma santidad que cayó sobre Madián cayó antes sobre Israel. Y eso cambia toda la historia. El Dios bíblico no se comporta como un dios tribal que cuida a los suyos y odia a los demás. Es un Juez santo que no perdona el pecado en ningún bando, ni siquiera cuando el bando es el suyo. Acusarlo de favoritismo es no haber leído la página anterior.
3. El juicio bíblico es advertido, esperado y descriptivo, no caprichoso ni prescriptivo
Génesis 15 dijo que la maldad de los pueblos cananeos tenía que «llegar a su colmo» antes de ser juzgada. Dios esperó siglos. Su carácter no es el de un Dios impulsivo que destruye en arrebatos; es el de un Dios paciente que da tiempo, advierte, y solo al final ejecuta lo que llevaba mucho anunciado. Y hay algo más importante todavía, este texto no manda hacer lo mismo hoy. Es descripción de un juicio teocrático único en un momento histórico irrepetible, no es instrucción para creyentes. Ningún cristiano puede usar este capítulo para justificar violencia contra nadie. Pablo, citando a Moisés, lo zanja para nosotros, «mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor». A nosotros nunca nos tocó ejecutar juicio; siempre nos toca dejarlo en las manos del único que puede juzgar con justicia.
Reflexión y oración
Acusar a Dios de injusto por juzgar el pecado es no haber entendido qué es el pecado. Y aquí está lo asombroso del evangelio, el mismo Dios que juzga sin parcialidad decidió cargar Él mismo el juicio que merecíamos. La justicia que cayó sobre Madián por su crimen, cayó sobre Cristo por nuestros crímenes. El Juez se sentó en el banquillo del acusado en lugar nuestro. Si la cruz no nos parece increíble es porque no hemos entendido lo serio que es el pecado para Dios.
Padre nuestro, gracias por ser un Dios santo que no maquilla el mal ni nos engaña fingiendo que el pecado no importa. Gracias porque tu justicia es firme y tu paciencia también. Gracias, sobre todo, porque en lugar de descargar sobre nosotros el juicio que sí merecíamos, lo cargaste tú mismo en tu Hijo. Líbranos de la arrogancia de juzgarte cuando lo que necesitamos es ser juzgados y perdonados por ti. Y enséñanos a dejar la venganza en tus manos, porque tú eres el único Juez justo. En el nombre de Cristo, en quien tu justicia y tu misericordia se besaron, amén.
