Ayer dejamos a Sansón envuelto en promesa, un nacimiento anunciado por un ángel, un niño apartado para Dios desde el vientre. Hoy esa promesa se resquebraja de golpe. Lo primero que hace el gran libertador consagrado es enamorarse a primera vista de una mujer filistea, justo del pueblo que fue enviado a combatir. Y en medio de todo, algo desconcierta, el Espíritu del Señor sigue viniendo sobre él con poder. Ese contraste, entre un hombre sin carácter y un Dios que lo usa igual, es el corazón del capítulo de hoy.
Entendiendo el pasaje
Sansón baja a Timnat, ve a una mujer filistea y vuelve exigiéndoles a sus padres que se la consigan por esposa. «Esa me gusta» es toda su razón. Sus padres saben que Dios había prohibido esos matrimonios. No era un asunto de raza, porque cualquier extranjero podía entrar al pacto de Dios. El problema era otro, que quien no conoce al Señor termina arrastrando al que sí lo conoce. Pero Sansón se deja llevar por los ojos y nadie lo frena. Camino a la boda, un león le sale al paso y él lo despedaza con las manos, y el texto dice que fue el Espíritu del Señor quien vino sobre él para eso. Más tarde vuelve, encuentra miel en el cuerpo del animal y come de ella, y hasta les convida a sus padres sin decirles de dónde salió.
En la fiesta de bodas, Sansón lanza un acertijo para presumir y apuesta con treinta invitados filisteos. Cuando no logran resolverlo, presionan a su prometida, y ella llora días enteros delante de él hasta sacarle la respuesta. Sansón cede a esa presión, pierde la apuesta, y para poder pagarla el Espíritu del Señor viene otra vez sobre él y mata a treinta hombres en otra ciudad para quitarles sus ropas. Termina yéndose furioso a casa de sus padres, y la mujer por la que armó todo este lío queda para otro. Un desastre de principio a fin. Y en medio del desastre, el poder de Dios.
Tres verdades bíblicas
1. Los dones no son lo mismo que el carácter
Aquí aparece la pregunta que incomoda. Cómo es posible que el Espíritu de Dios venga con tanto poder sobre un hombre así, tan lejos de la obediencia. La respuesta nos la aclara el resto de la Biblia. Los dones y el poder para servir no son una medalla al carácter. Dios puede darle a alguien una capacidad enorme, y esa persona seguir siendo inmadura y desobediente. Pablo se lo tuvo que decir a los corintios, que estaban llenos de dones y a la vez llenos de divisiones, pleitos y pecados vergonzosos. Por eso es tan peligroso medir la vida espiritual por lo que alguien logra hacer. Puedes predicar, enseñar, servir con talento, y que todo eso sea un regalo de Dios, mientras tu carácter va por otro camino. El don impresiona rápido; el carácter se construye despacio y en lo secreto.
2. Sansón despreció justo lo que lo hacía distinto
Recuerda lo que hacía especial a Sansón. Estaba consagrado a Dios desde el vientre, apartado con un voto que incluía no tocar cuerpos muertos y no probar vino. Y mira lo que hace en un solo capítulo. Toca el cadáver del león y come de él, se sienta en una fiesta de bebidas, y persigue en matrimonio a la enemiga que había venido a combatir. Trató como un trapo lo mismo que lo señalaba como hombre de Dios. Y eso nos interpela más de lo que quisiéramos. A los que Dios ha apartado para sí también nos ronda la tentación de tomar a la ligera nuestra consagración, de ir soltando de a poco lo que nos distingue, hasta parecernos en todo a aquello de lo que Dios nos había separado. Lo que Dios apartó, no lo trates como cualquier cosa.
3. Cristo es el Consagrado que nunca falló
Y justo aquí, en el fracaso de Sansón, el libro nos hace levantar la vista. Hubo otro Consagrado, apartado para el Padre desde antes de nacer, sobre quien también descansó el Espíritu sin medida. Pero ese no rompió su consagración ni una sola vez. Donde Sansón corrió tras lo prohibido, Cristo, tentado en todo igual que nosotros, no cedió jamás. Donde Sansón usó su fuerza para vengar su orgullo, Cristo usó todo su poder para salvar a los que lo odiaban. Sansón despreció aquello que lo hacía distinto; Cristo no guardó nada para sí, sino que lo entregó todo por nosotros. El libertador que falla nos deja con hambre del Libertador que nunca falló.
Reflexión y oración
El poder para hacer grandes cosas nunca ha sido prueba de un corazón que de verdad le pertenece a Dios.
Señor, gracias porque tu fidelidad no depende de lo fieles que seamos nosotros, y llevas adelante tus planes aun con instrumentos tan quebrados como Sansón, o como nosotros. Reconocemos que muchas veces confundimos lo que sabemos hacer con lo que somos, y cuidamos la imagen mientras descuidamos el corazón. Guárdanos de tratar a la ligera lo que tú apartaste para ti. Haz crecer en nosotros no solo dones, también el fruto de un corazón entregado. Y gracias por Cristo, el Consagrado perfecto que nunca te falló, en quien hallamos todo lo que Sansón nunca fue. En el nombre de Cristo, amén.
